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martes, 30 de julio de 2013

Eva y el Paraíso

Un relato de como unas tribus del desierto de Marruecos, ven el pecado original.








Estaba Eva paseando por el Edén, cuando se le acercó la serpiente. "Come de esta manzana", le dijo.

Eva muy bien instruida por Dios, se negó.

"Come de esta manzana", insistió la serpiente, "necesitas ser más hermosa para tu hombre".

"No lo necesito" respondió Eva, "porqué el no tiene otra mujer aparte de mí."

La serpiente se rio: "Claro que la tiene".

Y como Eva no le creía, la llevó hata lo alto de una colina, donde había un pozo. "Esta dentro de esta caverna; Adán la ha escondido allí".Eva se asomó y vio, reflejada en el agua del pozo, a una bella mujer. Entonces comió de la manzana que le ofrecía la serpiente. 


Según las mismas tribus de Marruecos, vuelve al Paraíso todo aquel que se reconoce en el reflejo del pozo, y no tiene miedo de si mismo.




lunes, 29 de julio de 2013

La Nebulosa del Caballo


Estudié en el Ricardo Palma de Surquillo. Los días miércoles a eso de las 4 de la tarde, no teníamos clases con ningún maestro. El auxiliar nos llevaba al tercer piso que era donde estaba la biblioteca de la escuela.


No se si estaba bien equipada, pero tenía un libro que siempre gustaba leer: ASTRONOMíA de la serie LIFE. Me fascinaba ver los cromos e ilustraciones. Leía también las explicaciones. En un instante estaba yo viajando por el universo. Aprendía palabras nuevas como: Vía Láctea, Años Luz, Universos Islas. Una imagen, invariablemente captaba mi atención: La Nebulosa del Caballo.


Miraba la cabeza de caballo colgada allá entre las estrellas. Posaba mis dedos suavemente sobre el satinado papel. Soñaba despierto, como si estuviera en medio del Cosmos mirando la portentosa creación del polvo espacial que impactado por la luz de las galaxias, producía una maravillosa imagen.


Hoy ya mayor, siento que este espacial caballo, a pesar de no tener cuerno, de seguro conoce al equino azul. Si al Unicornio amigo de Silvio Rodríguez. El uno viaja hacia el infinito, rodeado de Nubes Magallanes, de Galaxias de Andrómeda, de Quasares y Agujeros Negros. El otro revive cada vez que Silvio canta, aunque hay quienes aseguran que el tan querido Azul Unicornio, galopa tranquilo entre unas montañas allá en El Salvador.


El telescopio espacial Hubble quien viaja hasta el infinito, nos permite el disfrute de esta maravilla:






El video arriba citado, no tiene sonido. Les sugiero escucharlo con la música de fondo de la canción: The Wrestler de Bruce Springsteen: 







Saludos amigos

viernes, 26 de julio de 2013

La Confesión








En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D'Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D'Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

(FIN)

martes, 23 de julio de 2013

La ubicuidad de las manzanas









"La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de la gravedad."

(Latinoamérica fantástica, Augusto Uribe, ed., 1985, 194)

jueves, 18 de julio de 2013

En un bus


Iba yo en un bus, muy lleno. Sube una pareja joven, con un cochecito. Ella se sienta y su esposo, le da al niño. El bebé estira los brazos y sonrie. Era la manifestación de la vida, la gráfica de una esperanza. Al costado mío, dos tipos conversaban. Yo les escuché todo el trayecto. El tono de sus voces era alto, aunque no quisiera, les escuchaba. Hablaban de la pareja de uno de ellos. El casado decía: "Ya no puedo más. Nunca hablamos. Esto lo aguanto, solo hasta diciembre. Que diferencia con Lucía. ella siempre tenía tiempo para mi, me preguntaba como me fue en el día y me servía una sopa caliente". Yo me dije: ¿Qué habrá ocurrido, para que él y Lucía, se hayan distanciado?. Los amores, en veces, no duran para siempre. Mientras los escuchaba, yo de reojo volteaba a la izquierda. En uno de los asientos estaba una chica, quizás unos 30 años. Miraba las calles a través de la ventana. Apretaba una bolsa negra que tenía sobre sus piernas. No hablaba, pero su semblante se mostraba con mucha tristeza. De pronto en una de las veces de mi reojo, vi que unas lágrimas humedecían sus mejillas. Dios mío me dije, ¿qué penas estará afrontando?. Así que Chachi, en un espacio tan pequeño, como puede ser un bus, tenía la esperanza, el desencanto y la tristeza. Estoy convencido que Dios también viajaba en el bus, Él no deja solas a sus criaturas, así me lo enseñaron de niño, y así es.

Saludos.


lunes, 15 de julio de 2013

Saúl y Franz


Imagen del Blog: 20minutos.es





Eran dos niños, que vivían en una misma vecindad en la ciudad de Berlín. Ambos eran alemanes. Uno de ellos Saúl, era judío. El otro Franz, católico. El padre de Saúl, regaló a su hijo un Teddy Bear, un peluche. Los dos amiguitos tarde a tarde organizaban aventuras con el muñeco. Llegó la fatalidad. La guerra estalló. Saúl y su familia fueron perseguidos. El niño judío dio su oso, en encargo a Franz, para que se lo cuide.

La guerra estaba por terminar. Berlín fue bombardeada. El oso, terminó entre escombros. Un soldado afro-norteamericano, se encontró el Teddy, lo cogió y se lo puso dentro de la camisa. Pensaba en su hija allá lejos en los Estados Unidos. Avanzó, pero una bala lo derribó. Era el proyectil de un francotirador.  

Ya en el hospital, los médicos atendían al soldado. Este volvió en sí. Los doctores le dijeron: El osito debajo de su camisa atrapó la bala. Eso lo salvó.

El muñeco estaba destrozado. El  soldado lo remendó y ya vuelto a casa, se lo entregó a su hija. Pasaron los años. La niña se hizo mujer. Su infancia había sido muy dura: padres ausentes. El oso le recordaba una niñez que no le era grata, así que aventó el oso por la ventana de su apartamento. Pasó un anticuario, vio al osito y lo recogió. Lo embelleció y lo agregó a los muñecos que en su tienda tenía en exhibición.

Un día, pasó por la tienda Franz, era un inmigrante alemán de avanzada edad. Vio al osito y recordó su niñez, de cuando jugaba con el amiguito de barrio. Compró el Teddy, fue a casa y se puso a buscar en unos archivos información sobre su amigo Saúl. Logró encontrar un dato. Saúl vivía aun y residía en Berlín. Franz le llamó y le invitó a que le visitara.

Hoy los dos amigos, ya viejos en edad, pero jóvenes en amistad, siguen creando aventuras con aquel muñeco, el juguete que, cuando eran  niños, les acompañó.
       (FIN)

sábado, 13 de julio de 2013

El Nacimiento de la Isla Boriken





Había una vez una punta de roca que viví en el fondo del Mar de las Antillas. Allí había estado siempre, desde el principio del mundo, medio enterrada en la arena y apuntando hacia arriba, en dirección a la superficie del mar. A lo largo de su milenaria existencia, un gran anhelo la había distinguido de las otras: quería crecer hasta el cielo.

Todos los que por allí vivían sabían de la extraña esperanza que alberga aquella antigua punta de roca. Pero todas las criaturas del fondo del mar opinaban que el deseo de la roca era un sueño inalcanzable. Pasaba por allí el pulpo, por ejemplo, y le decía: -Eso es imposible. Pasaba por allí la fina barracuda y le decía: -Eso es imposible, Pasaban las medusas como lánguidos pañuelos y le decían: -Eso es imposible.

La punta de roca no se resignaba. Con mineral determinación, persistía en su esperanza de salir a esta otra dimensión que nosotros llamamos aire.

Un día muy especial las cosas sucedieron de otro modo. Se hallaba la punta de roca meditando como siempre, cuando de pronto, un pequeñísimo cangrejo ermitaño se acomodó en un resquicio de su regazo de piedra para cambiarse de casa. El caparacho que hasta entonces le había servido de hogar ambulante ya le quedaba muy chico y no le dejaba crecer. así que, con una mezcla de alegría y de tristeza en el corazón, abandonó su caparazón para buscarse uno mejor. En lo que buscaba y encontraba, se quedó desnudo en medio del mar, expuesto a todos los peligros.

Este cangrejito no era como los otros cangrejos ermitaños. Le gustaban las fiestas, el baile, el vacilón. Al verse desnudo, se sintió tan libre de cuerpo y liviano de corazón que en lugar de seguir buscando un nuevo refugio se puso a bailar una plenita.

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

En eso estaba el cangrejito cuando apareció por allí un mero cabritilla. Al verlo tan desnudito y apetitoso, en seguida puso a funcionar su boca de aspiradora para tragárselo entero. En ese momento, un incontenible torrente empezó a arrastra al cangrejito desnudo hacia la bocaza abierta del comelón. -¡Socorro! ¡Auxilio, que me comen! -se puso a gritar el cangrejito, mientras hacía inútiles esfuerzos por resistir la correntada.

Al ver lo que sucedía, la punta de roca se apiadó del pequeño cangrejo indefenso y le brindó una de sus salientes rocosas para que se agarrara bien fuerte con sus palancas. Y así se aguantó el chiquitín hasta que el mero glotón, cansado de chupar agua inútilmente, fue a buscarse el almuerzo en otro lado.

Pasado el susto, el cangrejito ermitaño buscó rápidamente una morada de caracol y con su nueva casa a cuestas, volvió donde la punta de roca que lo había salvado de ser comido -¿Qué puedo hacer por tu felicidad, punta de roca? -le preguntó agradecido. Ella no le contestó, claro, porque las rocas no hablan. Pero el cangrejito sabía cuál era el secreto anhelo de su roca amiga y, emocionado, le dijo: -Por salvarme del mero comelón, yo voy a ayudar a realizar tu deseo. Luego filosófico, el cangrejito agregó: -Nada es imposible en esta vida.






Esta era la primera vez en los muchos siglos de su existencia que alguien le decía a la punta de roca que su sueño era posible.

De inmediato, fiel a su promesa, el cangrejito ermitaño puso manos a la obra. Caminando de costalete, a la manera de los cangrejos, se puso a bailar rascando con sus patitas el fondo del mar -que es la barriga del Mundo. Se imaginaba que si conseguía provocarle cosquillas, a lo mejor se le zafaba una risotada y las cosas podían cambiar. Y así se la pasó de ahí en adelante el cangrejito, rasca que te rasca y baila que te baila al ritmo aquel de:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Con el correr de los años, el cangrejito se convirtió en cangrejo y luego en cangrejote. En el transcurso de su vida conoció a muchas hembras de su especie y tuvo con ellas muchísimos hijos; y a todos los enseñó a bailar para provocarle cosquillas con sus patitas a la barriga del Mundo.

Cuando llegó el fin de sus días y se retiró a descansar para siempre en el caparazón de un gran carrucho rosado, ya eran incontables los cangrejos de su sangre que rascaban y bailaban en el fondo del arenoso mar.

Pasados varios siglos -que para la antiquísima punta de roca eran como minutos para nosotros -los descendientes de los hijos de los hijos de aquél que se salvó de ser comido por un mero cabritilla, formaron una nueva raza de crustáceos: los cangrejos cosquilleros. Estos debido a su continuo movimiento, habían desarrollado unas magníficas patas y palancas y conocían exactamente cuánta urgencia, cuánta suavidad y cuánto abandono había que poner en el baile para provocar la risa del Mundo.

Pronto aquella región del Mar de las Antillas quedó completamente transformada. Hasta donde alcanzaba la vista y más allá, pululaban los cangrejos cosquilleros -rasca que te rasca y baila que te baila. Por allí pasaban navegando las criaturas marinas y todas se asombraban.

Pero lo más curioso fue que todos se fueron contagiando con la piquiña irresistible de aquel sabroso ritmo antillano de los cangrejos cosquilleros. En poco tiempo  todo el mundo submarino estaba prendido en el baile. La morena ondulaba, el mero se sofocaba, la mantarraya aplaudía, el balajú brincoteaba. Rojos de placer, los camarones se frotaban las antenas. Los ostiones roqueros tocaban los timbales y, con voz de señora gorda, cantó la ballena azul. Con desenfado meneaba su rabo la langosta y un carey centenario la ligaba con disimulo. Los carruchos sonaban como maracas:

trocotró, trocotróc, trocotroc
Y el pez sierra raspaba el güiro en los corales:
chiiiiii -quichiiii -iquichiiii -iquichi

En fin que allí se armó tremendo fiestón y al rato toda la cuenca del Mar Caribe palpitaba y se sacudía con un ritmo sabrosón:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Y todas aquellas criaturas de mar, que por miles de años habían repetido que era imposible que la punta de roca marina se convirtiera en montaña, presintieron mientras bailaban que algo extraordinario estaba por suceder en el Mundo.

Y por cierto, en un brevísimo instante sucedió lo que había estado acumulándose por siglos. El mundo ya no pudo resistir la intolerable cosquilla de tantas y tantas patas, palancas, aletas y tentáculos trabajándole la barriga. Y así fue como reventó en un terremoto de carcajadas que cambiaron por completo la faz de la tierra y del mar. La cara del Mundo se partió de risa y de un lado quedó África y del otro lado América, separados por una inmensa grieta sonriente que se fue llenando de agua hasta formar el atlántico Sur.

El Mundo se sintió feliz. Se le alteró el curso de los ríos, se le resquebrajaron los continentes, se inundaron los desiertos y se derritió el hielo de los polos. Pero nada le importaba.

menéalo, menéalo

Y así fue que en un breve instante, todo quedó patas arriba. Tanto se meneó y remeneó el Mundo que de su barriga encrespada de sabrosura brotaron como veintiocho chorros de lava incandescente, que hicieron nacer otras tantas islas en el Mar de las Antillas, para celebrar su alegría.

La punta de roca de nuestro cuento se sintió crecer y crecer, empujada hacia arriba por una fuerza que venía desde el centro de fuego de la tierra: Convertida en montaña, surgió de la profundidad submarina, envuelta en una inmensa nube de vapor de agua que oscureció la luz del sol en pleno día. El mar bramaba como todos los truenos del cielo juntos.

Así nació la isla de Borikén, la menor de las Antillas Mayores que hoy conocemos como Puerto Rico, con su cumbre de piedra submarina. Desde aquella altura, la punta de roca vio el horizonte sin fin, los continentes lejanos, la bola de fuego del sol, los pájaros del cielo y las nubes que navegan en el aire.

¿Y los cangrejitos cosquilleros? ¿Qué fue de ellos en medio de aquel cataclismo universal? Pues, para que todos lo sepan, los cangrejitos subieron a la superficie, agarrados fuertemente de la punta de la roca. Con el tiempo aprendieron a respirar en el aire y a vivir en cuevas. Y hoy son los sabrosos jueyes de tierra que todos los días le hacen cosquillas a las barrigas de los puertorriqueños.

GLOSARIO

Bajalú; pez comestible, delgado y largo.
Barracuda; pez de aletas espinosas.
Carrucho; tipo de molusco comestible.
Güiro; instrumento musical hecho con una higuera.
Jueyes; cangrejos.
Mantarraya; pez comestible de la familia del tiburón.
Morena; pez comestible de cuerpo cilíndrico.
Palometa; pez comestible de aletas espinosas.

EL NACIMIENTO DE LA ISLA BORIKEN, es el un cuento del autor Kalman Barsy argentino radicado en Puerto Rico. Las ilustraciones son de Elba Luz Lugo.


La fuente de este relato es el libr: Como surgieron los seres y las cosas. Coedidción Latinoamericana. Año 1986, páginas 39 a 48.

jueves, 11 de julio de 2013

La historia de Iasá





En la tribu de los Cashinahuas vivía una joven tan hermosa que todos los que la veían se enamoraban de ella. Pero Iasá amaba solamente a Tupá, el hijo del dios supremo Tupán. 

El demonio Anhangá, enamorado también de Iasá, sentía una terrible envidia de Tupá y decidió robarle la novia. Para lograr su maligno propósito, se apareció un día ante la madre de Iasá y le dijo:

--Si tú impides la boda de Iasá y Tupá y haces que tu hija se case conmigo, yo te daré caza y pesca abundantes durante toda tu vida.

La ambiciosa madre pensó que si obedecía a Anhangá no tendría que preocuparse más por conseguir alimento. De inmediato le prohibió a Iasá volver a ver a Tupá y decidió fijar la fecha del matrimonio de su hija con Anhangá.

Al conocer la decisión de su madre Iasá se sintió desesperar. Sabía que al casarse con Anhangá tendría que ir a vivir al infierno, en el centro de la tierra, y que jamás volvería a ver el cielo, donde vivía su amado Tupá junto a su padre, el dios supremo Tupán. En medio de su tristeza, quiso ver a Tupá por última vez, aunque solo fuera de lejos, y así se lo pidió a Anhangá.

El demonio decidió complacer a Iasá pero le impuso una condición:

--Te harás una herida en un brazo para que las gotas de tu sangre marquen el camino que te lleva al cielo, así podré seguirte.

Conforme a lo prometido, el día señalado para la boda, Iasá partió a visitar a Tupá por última vez. Se había cortado el brazo y a medida que avanzaba, las gotas de sangre iban formando un arco rojo en el cielo.

Tupá era muy poderoso, ordenó al sol, al cielo y al mar que acompañaran a Iasá en su camino y que para confundir a Anhangá dibujaran tres arcos más, al lado de la franja roja. El sol Guaricí trazó un arco amarillo, el cielo Iuaca, dibujó un arco azul claro, y el mar, Pará formó un arco azul oscuro.

Pero Iasá no logró llegar al cielo, ni ver a Tupá, debilitándose cada vez más, fue cayendo lentamente hacia la tierra. Su sangre se mezcló primero con la franja amarilla de Guarací y se formó un arco anaranjado y, después al mezclarse con el arco azul de Iuaca, dibujó otro arco de color violeta.

Al caer sobre la tierra, Iasá murió en una playa, bañada por el agua del mar y por los rayos del sol. No se casó con Anhangá, ni se fue al infierno...

De su cuerpo subió un arco verde, formado por la mezcla del azul de Pará con el amarillo de Guarací, y se convirtió en el séptimo arco que seguía la trayectoria de los otros seis.

Así se formó el primer arco iris y ésta es la historia de por qué tiene siete colores y aparece siempre en el cielo en forma de arco. 





GLOSARIO:

Cashinahuas, Indígenas del grupo Pano, habitantes de las regiones norte y noroeste de Brasil, que se destacan entre las otras tribus por su literaura oral. Los Cashunahuas habitan también en territorio del Perú, sobre el río Curanja, en el departamento de Ucayali.


"La Historia de Iasá", es una leyenda indígena. La presente versión, es una adaptación literaria de la autora Suely Mendes Brazaó. La ilustración corresponde a Roberta Masciarelli.

El relato figura en la Coedición Latinoamericana COMO SURGIERON LOS SERES Y LAS COSAS, año 1986. Páginas 11 a la 16.

miércoles, 10 de julio de 2013

Amigos


Dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.

El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

"Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:

"Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".

Intrigado, el amigo preguntó:

-¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

(FIN)

(Cuento Anónimo del Mundo Árabe) 

martes, 9 de julio de 2013

El muro desmoronado


Anónimo chino





Había una vez un hombre rico en el Reino de Sung. Después de un aguacero el muro de su casa empezó a desmoronarse.

-Si no reparas ese muro -le dijo su hijo- por ahí puede entrar un ladrón.

Un viejo vecino le hizo la misma advertencia.

Aquella misma noche le robaron una gran suma de dinero al hombre rico, quien elogió la inteligencia de su hijo, pero desconfió de su viejo vecino.

(FIN)

lunes, 8 de julio de 2013

Cucarachas




Hola amigos, hoy una entrada con el tema de un relato en historieta. Se trata de: ccarachas, cuyo autor es: Sandra Suazo. Pueden verse sus otros trabajos, Aquí.

La historia en viñetas:





Saludos amigos

domingo, 7 de julio de 2013

El Bagrecico



Hola amigos de Narracentro. Hoy comentando sobre un comic de hechura nacional cuyo autor es Jhonny Becerra Becerra, quien ha publicado una versión ilustrada del cuento: El Bagrecico del autor Francisco Izquierdo Ríos.




En mi opinión es la versión ilustrada de mejor factura que he podido leer a la fecha.

Aquí una versión (no la textual) del relato: El Bagrecico.


En medio de la selva en un riachuelo de aguas claritas y rodeado de muchas piedrecillas, vivía una comunidad de peces bagres, de aquellos de piel un poco naranja y que poseen grandes barbas. Un viejo bagre, relataba a los peces niños, que el conocía el mar. Contaba su historia y todos con mucha atención le escuchaban.

Un día, un bagrecico se acercó al narrador y le dijo: "Abuelo, yo quiero conocer el mar". El anciano contestó: "Cuando yo tenía tu edad, fue cuando inicié mi travesía hacia el mar". Así que una noche, a la luz de la luna, el viejo bagre, daba lecciones y consejos el pequeño aventurero. Casi ya al amanecer se despidieron. Se dieron un abrazo. El bagre mirándolo a los ojos le dijo: "Tienes que volver".

El bagrecico se deslizó río abajo, hasta llegar a un punto donde se unía con un río más grande. Este tenía una mayor corriente y el recorrido estaba plagado de muchas curvas, como si fueran mil vueltas. Luego entró al cauce de otro río aun mayor. Este tenía unas fuertes corrientes y caídas de agua. Apareció una catarata, el bagrecico dudaba en seguir. Tardó unos segundos, luego se lanzo a las aguas que abundaban en espumas, y sentía que caía de una gran altura. Ya abajo, su cuerpecito pasó muy cerca de una filuda roca. El río se volvió manso. El nadar fue ya más placentero. La corriente llevaba suavemente al amigo. De pronto, vio una aldea. Eran las casas donde vivían los humanos. Recordó lo que abuelo le dijo: "Cuidado con lo que comes". Cerca ya del pueblo, había un pequeño muelle y sobre el muchas personas provistas de redes y cañas de pescar. El bagrecico vio un apetitosa lombriz. A la carrera se abalanzó para devorarla, pero instantes antes de tocar la presa, se dio cuenta que había un pequeño hilo que subía a la superficie, y de allí, a la sonrisa de un pescador, esperando que el animalito pique y muerda el anzuelo.

Siguió avanzando el bagrecico y el río se juntaba con otro aun mucho mayor. Este tenía ya aguas muy turbias. Se asustó, pero nuevamente  el deseo de conocer al mar lo impulsaron a continuar. Aquí en el río pudo ver manatíes y bufeos, también anguilas eléctricas y otros peces mayores. Luego de unos tres días de viaje por este río de aguas turbias, vio que se juntaba con una río inmenso, tan ancho que no se podían ver las orillas. Recordó que el abuelo le dijo que en este río vería casas flotantes inmensas y peces paiche de más de 6 metros de largo. Que mejor viajara de noche, a la luz de la luna.

Una tarde de lluvia, mientras el bagrecico nadaba y nadaba, observó que un gigantesco pez zúngaro le seguía. Aquel era fuerte y veloz. Nuestro amigo sentia que ya era alcanzado, Las fuerzas no le daban para mas. De pronto vio una pequeña cuevita oculta por una cañada y allí se metió. El zúngaro pasó de largo, luego regresó buscando a su presa, pero al final desistió. Avanzaban los días y noches, nuestro amigo seguía su viaje. Una mañana, decidió sacar su cabeza del agua y disfrutó de un amanecer.

Luego de varias semanas de nadar y nadar, una noche escuchó un fuerte murmullo. La luna estaba en todo su esplendor. El ruido se volvió ensordecedor, había llegado al mar. Logró su sueño. El mar le bañaba con su espumosa y salina agua. El bagrecico nadaba de espaldas y también saltaba fuera del agua. Había llegado al mar.

Inició el camino de retorno. Tuvo que nadar contra la corriente, desde el inmenso río y luego en el río de aguas turbias, para después llegar al cauce de las mil vueltas. Una mañana, reconoció que estaba ya en el riachuelo de aguas claritas. Había llegado a casa. Pero no reconocía a nadie. a el le habían crecido unas barbas muy largas. Entonces comenzó a nadar en zig zag y a comentar a los peces niños, que el conocía el mar. Los bagreccos le escuchaban, y así, uno se acercó y le dijo: "Abuelo, yo quiero conocer el mar", nuestro amigo le responde: "Cuando yo tenía tu edad, partí a conocer el mar".
(FIN)

Amigos, en más de una ocasión, me he sentido como El Bagrecico, que debe andar o nadar aún a contracorriente, para lograr su objetivo.

Saludos.


Soy Narrador. Para funciones y presentaciones, contactarme al fono 996583864, o escribir a: ctorres1000@yahoo.es

jueves, 4 de julio de 2013

La Odisea de Seydi Burciaga

Por Chacho D’Acevedo

Seydi trabajó toda la noche soportando un fuerte dolor de espalda que le impedía concentrarse. Recibió la lista de entrega de los contenedores y supervisó la descarga. No ocurrió nada fuera de lo normal a pesar de la torrencial lluvia que cayó durante su turno. Siempre se pone peor cuando llueve, pensó, mientras tomaba una dosis doble de calmantes. Tenía ese intenso dolor en la espalda por cuatro días, los mismos que venía lloviendo casi sin parar en Atlanta. Las noticias dijeron que llovería por dos días más y que a partir de entonces los canales y riachuelos se iban a desbordar causando inundaciones. 

Al marcar las 4.30 am., se sentó a preparar su informe final en el que no indicaría problema alguno, luego se alistaría para ir a casa. Se despidió de Aaron, el supervisor del nuevo turno, éste le sugirió que mejor se quedara un rato en la cafetería hasta que pasara un poco la tormenta; «no amainará hasta el fin del mundo», bromeó ella, y le dijo que quería ir a descansar, a ver si el terrible dolor le calmaba un poco. 

Seydi subió a su minivan y como de costumbre llamó a casa para despertar a su marido en una rutina que servía a este último de despertador para empezar su día: alistarse para ir a la oficina, preparar las loncheras de los niños y, cuando ella llegaba, tener listo el desayuno. Él regresaba a casa por la tarde, alrededor de las cuatro y media, luego, entre los dos, hacían las compras diarias; ayudaban a sus dos hijos con las tareas escolares y completaban cualquier otro quehacer doméstico, hasta que llegaba la hora en que Seydi se preparaba para volver al trabajo. Como supervisora, y por antigüedad, había logrado un horario de lunes a viernes, al igual que Pedro, su marido. Los fines de semanas lo dedicaban a la familia y a su parroquia. Mientras manejaba notó que el dolor había menguado un poco. 

Iba muy despacio pues la lluvia le impedía ver más allá de unos cuantos metros y aún no llegaba la luz del día. De manera repentina un movimiento brusco le hizo perder el control del auto, éste pareció elevarse mientras el motor se aceleraba violentamente para luego apagarse; «estoy flotando» ─pensó─. Se dio cuenta que estaba siendo arrastrada por una corriente de agua turbia y espesa, miró por la ventana y notó que llegaba a media altura del auto. Esperó un momento. Miró nuevamente y supo que se estaba hundiendo. El vehículo empezó a dar vueltas a manera de trompo y la sensación le dio náusea, trató de calmarse. Sintió humedad en los pies; las luces aún funcionaban, prendió el foco interior y vio que poco a poco el agua penetraba por la parte baja. Sentía golpes en la carrocería, uno de ellos le causó un inmenso temor por lo estridente; rápidamente entró más agua en la parte delantera y el auto lentamente se inclinó en esa dirección. Seydi se apresuró, tomó el celular y se arrastró a la parte trasera, llamó al número de emergencias. El pánico se apoderaba de ella mientras explicaba a la operadora que dentro de su auto estaba siendo arrastrada por una corriente de agua muy violenta. Una voz firme trató de tranquilizarla indicándole que la ayuda estaba en camino. Desde la parte trasera podía ver los alrededores: la lluvia había escampado un poco; reconoció su vecindario. En el centro de emergencias habían identificado el área donde se originó la llamada. La operadora preguntó a Seydi si le podía describir las construcciones. Hay un edificio amarillo ─le dijo─, la voz le preguntó queriendo saber más; Seydi pudo reconocer la parte trasera de la escuela primaria en la que estudia su hijo mayor. Desesperada pidió que por favor la salvaran, tenía miedo de ahogarse. «No te vas a ahogar», le repetía la voz, «ya sabemos exactamente dónde estás, trata de abrir la puerta y sal inmediatamente», le insistió la voz; Seydi le contestó que no podía abrirla porque el agua le impedía. «Abre las ventanas y deja entrar el agua y luego sales por una de ellas», le dijo la voz. Lo intentó, pero las ventanas eléctricas no respondían; «puedo intentar romper los vidrios», dijo Seydi, «sí», le contestó la voz, «si puedes hacerlo, hazlo ahora mismo y escapa por ahí». Seydi le dijo que había mucha corriente, que se iba a ahogar; «no te ahogarás», le repetía la voz, «te vamos a rescatar»; «no me dejen ahogar, me voy a ahogar», «no te ahogarás, te salvaremos». Seydi se calmó y empezó a golpear fuertemente los vidrios pero no lograba romperlos. Repentinamente un golpe seco le hizo voltear la mirada hacia la parte delantera y vio que un grueso tronco había penetrado en el auto haciendo casi añicos el parabrisas. El agua entraba como un torrente por un boquerón; la minivan rápidamente empezó a hundirse. Una vez más rogó a la operadora que no la dejen ahogarse y le dijo, desesperadamente, que el auto se estaba hundiendo; la operadora le reafirmó que no se ahogaría. El agua llegó a su espacio y ella soltó el celular y aguantó la respiración. Lucharía valerosamente para llegar a la parte delantera del auto y escapar por el hueco que había hecho el tronco. No podía. Golpeada y zarandeada como estaba por los movimientos violentos del auto como un juguete en la torrentosa corriente. La sensación de asfixia llegó casi inmediatamente, tragó un poco de agua y quedó aún más desubicada, sintió que sus pulmones reventaban, aun así logró palpar el boquerón de la ventana delantera, pero nuevamente un movimiento brusco le lanzó al fondo del auto. Sintió un golpe muy fuerte en la cabeza seguido de un sonido seco que pareció originarse en su cuerpo. 

De pronto se sintió calmada. Pensó en sus hijos y en su esposo;

ojalá que me esperen, iba a llegar muy tarde con este atraso. Se dio cuenta que el agua estaba en calma. Un inmenso pez se puso al lado suyo y le dijo que le siguiera, que él le enseñaría el camino donde iba a estar a salvo. Seydi empezó a bucear junto al pez; le preguntó si era de los que habían sido encargados para rescatarla, «sí…» le contestó el pez mientras nadaban juntos. Bucearon casi media hora hasta que llegaron a una orilla, el pez le dijo que ella debía esperar ahí, él no podía salir pues debía continuar su camino para ayudar a otros. Seydi se sentó tranquila. Escuchó voces a lo lejos y vio que un grupo de rescatistas estaban inspeccionando su auto que había quedado atrapado entre unos troncos. Trató de llamarlos pero no la escuchaban. Observó que sacaban un cuerpo del automóvil. Se sorprendió, pues ella estuvo sola; reconoció su ropa cuando unas potentes linternas alumbraron a la persona… también creyó reconocerse. 





Saludos amigos.

miércoles, 3 de julio de 2013

La Botija




 
Fuente: Wikipedia, con licencia Creative Commons


JOSE Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuerpo tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.

Petrona Pulunto era la nana de aquella boca;
-¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!

José Pashaca pujaba, y a la mucho encojía la pata.

-¿Qué quiere mamá?
-¡Qués necesario que tioficies en algo ya tás indio entero!
-¡Aguén!...

Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste bostezando.

Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.

-¡Que feyo este baboso!--llegó diciendo. Se carcajeaba--;meramente el tuerto Cande!...
Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena.

Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
-Estas cositas son obra denantes, de los aguelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.

José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.

-¿Cómo es eso, ño Bashuto?

Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.

-Cuestiones de la suerte, hombré. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.
-¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
-¡Comolois!

Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales “él bía presenciado con estos ojos”. Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.

Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar –por lo menos sin darse cuenta—y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Piojo de las lomas caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso es así. Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. El no trabajaba. El buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen “¡plocosh!” cuando la reja de las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan el cielo.

Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaco se peleaba las lomas. El patrón que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo puesto a dar aviso en el corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. “Es el hombre de jierro”, decían: “ende que le entró asaber qué se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca…”

Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.

Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arara, por no tener  tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos, que daban gusto.

--¡Onde te metés, babosada!—pensaba el indio sin darse por vencido--: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.

Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.

Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura, se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, “voltiando a ver al indio embruecado y resollando el viento oscuro. 

José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. “Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho”. 

Una noche, haciendo juerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la Cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir líadas en un suspiro estas palabras:

--¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!... 

Autor: Salvador Salazar Arrué, más conocido por su seudónimo Salarrué 

 
Imagen de la página: A punta de soga


GLOSARIO

Nana: Madre
Cuenterete: Un objeto sin importancia. Cosa indefinible.
Cipote: Niño, muchacho.
Caite: Sandalia de cuero crudo
Huaca (guaca): Tesoro enterrado en un cántaro o botija.
Majonchos: Especie de plátanos de forma prismática más bien que cilíndrica.
Botijas: Cántaro de barro alargada, fuera de uso en esta época, utilizado por las generaciones pasadas para ocultar tesoros bajo tierra o en los muros de las casas.
Bambas: monedas grandes, de plata u oro.
Puya: pinchar.
Chachado: Contiguo, pegado, gemelo.
Embruecar: embrocar.
Ingrimo: Completamente solo.
Matocho: Matojo, matorral.


Saludos amigos