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martes, 27 de marzo de 2018

La verdadera desdicha






Como se acercase la Pascua, Jesús dijo a sus discípulos:

-Calzaos vuestras sandalias de becerro, vestíos vuestras túnicas de lino, atad en vuestro báculo una ampolleta de aceite, porque esta noche buscaremos en tierra de Galilea una verdadera desdicha.

-Señor, como dices se hará -le respondieron.

Y el Rabí desapareció en el valle profundo. A lo lejos, sobre el cielo casi negro, los montes mostraban aún sus crestas, mientras al lado opuesto no se veía sino la negrura impenetrable de las quebradas y de las arboledas de sicomoros. Y al débil resplandor de una hoguera, en torno de la cual calentábanse los discípulos, veíanse unas casitas blancas como lienzo puesto a secar...

Hubo un gran silencio. La rojiza llamarada prestaba resplandores fantásticos a los rostros venerables, daba de lleno en la abultada frente de Pedro surcada por dos arugas profundas; de los demás se veían fragmentos de túnicas, pliegues profundos ennegrecidos aún por la noche; cabezas agobiadas dejando caer la barba de plata sobre el pecho; frentes sostenidas por fuertes manos; extremos de báculos interrogando el vacío. Se oía el aleteo de las águilas "¿Una desgracia?" exclamó Pedro. Desde que El está con nosotros, ¿cuál ha sido la que sus augustas manos no hyan hecho desaparecer? ¿Qué fiebre no ha extinguido? ¿Qué humor no ha extirpado? ¿Qué lengua torpe no ha facilitado? ¿Qué pierna paralítica no ha movido? ¿Qué cadaver no ha animado? ¿Qué extinta pupila no ha abierto a la luz?... Acaso hay desde el mar hasta la Siria, desde Cafarnaum, hasta Tophel una sola alma que no haya acudido a su divino poder. Que no se haya conmovido ante su mansedumbre. Que no guarde en su interior un recuerdo imborrable del Rabí. Y ahora, de qué desdicha nos habla.

Calló. Sus ojos profundos indagaban el espacio negro en derredor; pasóse ambas manos por la barba, y de pronto dijo; levantándose:

-Vamos.

Los demás discípulos le imitaron apoyándose en sus báculos. Pusiéronse en marcha hacia el pueblo. Salía en ese momento una media luna delgada como el gajo de una fruta. A su difumada luz caminaron los apóstoles agobiados y lentos, mientras la arboleda de sicomoros salía de la negrura y a lo lejos veíanse más claramente los Montes del Carmelo, sobre cuyas crestas aleteaban las águilas.

Partieron. Iba en medio Jesús envuelto en su túnica azul, de blanca apariencia entre el claro de la luna que bañaba tenuamente la aridez del paisaje. Sus cabellos le batían la espalda y penetraban entre los pliegues de su vestidura. Tenía los brazos caídos delante del cuerpo y las manos enlazadas en esa actitud del que espera algo triste. Por debajo, a ras del suelo, se vía asomar y desparecer el extremo de su pie. Rodeábanle los discípulos vestidos de blanco como los escenios y allí en la noche entre las pedregosas laderas que orillasn el Mar Muerto, tenían el aspecto de aparecidos. Pedro, Andrés y Santiago, uno de los de Zebedeo, iban delante. Atrás venían Juan, Felipe de Bethsaida, Nathaniel, Didymo y Tadeo. El de Kerioth venía el último con una túnica oscura a la usanza de los de Hebrón. Caminaban en derechura a unos cubos de piedra de fúnebre apariencia, que se veían cercanos. El horizonte se alargaba detrás, estrecho entre sinuosas líneas.

Cuando estuvieron delante del primer cubo de piedra, el Nazareno se adelantó, y asomándose por un estrecho agujero por el que apenas cabía su cabeza, dijo:

-¡La Paz sea con vosotros!

Entonces brilló una luz, se abrió una puerta y voces confusas salieron de dentro.

-¿Señor, eres tú? ¡Bien venido seas!

Jesús volviéndose a sus discípulos, dijo:

-¡Entrad!

Penetraron a una habitación sin más muebles que una estera, un cántaro y un poyo de piedra. Una mujer velada y un anciano envuelto en un pellejo de camello, se prosternaron.

-Busco -dijo el Maestro, mirando a ambos- una desdicha, la más garnde, la más honda, la más trágica, aquella que más conmueva, que más consterne, que más lágrimas haya hecho verter. Quiero encontrarla para derramar sobre ella mi gracia.

-¡Oh, Señor! -dijéronle entreambos- entra con nosotros allí y la verás.

Entraron Jesús y sus discípulos en el aposento cercano y vieron a un mancebo atado de pies y manos, los ojos girando en las órbitas como dos furibundos globos, la boca espumajosa, debatiéndose como un pez fuera de su elemento.

-Señor -dijo el anciano de la piel de camello señalando al mancebo- aquí la tienes. Ahuyenta al enemigo malo...!

Jesucristo sonrió. Por su rostro se difundió una palidez de bienaventuranza que extrañó a sus discípulos. Entonces el anciando dijo:

-Señor: no consideras la mayor desgracia estar poseído del demonio a esta edad en que podía ser nuestro sostén...? Ve, Señor, nuestros años... no podemos ya... Haz el milagro, Señor...

-Todos sereís conmigo en breve -dijo.

Y salió. Los discípulos le siguieron silenciosos ante la pareja atónita. Se pusieron en marcha. Entonces volviéndose a ellos:

-Sé lo que pensaís, corazones débiles, pero os aseguro que aún hay mayor desdicha...

La luna avanzaba. De atrás de los cubos de piedra salía salía un olor de podredumbre que disipaba el vientecillo fresco de la noche.

Al llegar al segundo cubo volvió a llamar. Ladraban los perros fatídicamente. Volaban las águilas.

-¡La Paz sea con vosotros!

Nadie respondió. Entraron no obstante. Esta vez el cuadro era distinto. Una anciana semi desnuda yacía sobre una estera rodeada de chiquillos dormidos. Apenas vio al Señor quiso articular algo, pero no pudo. Sus ojillos brillaron con la intensidad angustiosa del que se ahoga sin remedio. Era muda y tullida. En torno los pequeñuelos dormían casi sobre ella, indiferentes. Tenían la lividez de la infancia que ayuna; algunos presentaban las mejillas húmedas por cosas sucias que habían comido. Otros a quienes sorprendió el sueño mordiscando un mendrugo, lo asían fuertemente. El Rabí, sonrió con dulzura y salió.

Mientras caminaban volvióse a ellos y les habló así:

-¡Almas de poca fe! ¿Aún también vosotros sois sin entendimiento? Os aseguro que éstos gozarán de mi padre. Aún hay mayor desdicha...

Y fueron al tercer cubo.

Había una niña muerta. Estaba en su lecho de esparto. Tenía los negros ojos abiertos y en la palidez del rostro parecían más negros aún. Tres mujeres con la cabeza en desorden se retorcían desesperadamente junto al féretro. E cuanto entraron al aposento Jesús y los suyos, levantáronse las tres mujeres y exhalaron el mismo grito.

-¡Rabí, resucítala!

Cristo volvió a sonreír son su misma dulcísima sonrisa y sali´dejando consternadas a las tres mujeres. Los apóstoles cabizbajos le seguían. Y así recorrieron toda esa comarca de desolación y de peste, encontrando paráliticos, ciegos, cojos, mudos, poseídos, todas las variantes de la desgracia, todos los matices de la angustia, todos los tonos de la queja, todas las crispaturas de la congoja, todas las tristezas, todas las desolaciones, los lutos, las iras, las hambres y las amarguras desparramadas en ese país de parias. Y así anduvieron bajo la luna por senderos áridos y espinosos apenas conturbados por el ladrido fúnebre de los perros. Y salieron de allí y llegaron a otra comarca y de allí a otras más, encontrando siempre nuevas desgracias. Y Jesús sonriendo siempre, decía a los suyos:

-Os aseguro que aún hay mayor desdicha.

Pero la grosera arcilla de los discípulos rebelóse y de entre el grupo taciturno salió una voz decidida, dura e irónica que habló así:

-No te conocemos esta noche Rabí. Nos haces dudar de tu poder divino. ¿Acaso has perdido ya tu virtud?

Entonces el Rabí extendiendo la mano dijo:

-He allí la verdadera desdicha. El que dudará no gozará de mi padre.

Y poniendo la mano sobre la cabeza del incrédulo:

-Cree -le dijo. Y desapareció.

FIN

Manuel Beingolea.

miércoles, 7 de febrero de 2018

El Maestro Dongguo



Hace mucho tiempo, en una aldea de la lejana China, vivía un venerable anciano al que llamaban el Maestro Dongguo. En una ocasión, emprendió un largo viaje y después de caminar varias leguas se perdió. Buscando el camino en medio de un espeso bosque, encontró un lobo que venía corriendo.

-Maestro -dijo este con voz fatigada-, ayúdame, unos cazadores me persiguen y quieren matarme.

El maestro Dongguo, que tenían corazón generoso, se apiadó de él y le dijo:

-¡Métete en este saco!

El lobo así lo hizo y al poco tiempo llegaron los cazadores.

-Anciano, ¿no has visto pasar por aquí a un lobo? -preguntaron.

-¿Un lobo? No, no lo he visto -mintió el viejo Maestro.

Cuando los cazadores se marcharon, el Maestro Dongguo abrió el saco dijo:

-Amigo lobo, el peligro ha pasado. Ya puedes salir.

El lobo salió del saco y el Maestro Dongguo montó sobre su burro y se dispuso a continuar el viaje. Pero el lobo, tirándole de los bajos de las vestiduras se lo impidió diciendo:

-Dame algo de comer. Me muero de hambre.

El maestro Dongguo buscó en su bolsa y sacó la única galleta que tenía para él. El lobo, al verla, dijo con voz burlona y ojos brillantes:

-Usted perdone, Maestro, pero desde que mi madre me echó al mundo no como más que carne.

El maestro Dongguo, temiendo que el lobo quisiera comerse a su borrico, se puso delante de él para protegerlo.

-Con un burro no me basta -gruñó el lobo enseñando sus dientes.

El burro, espantado, huyó veloz como alma que lleva el diablo y el lobo se dispuso a saltar sobre el Maestro.

-¡Detente, desgraciado! ¿Cómo puedes ser tan ingrato? Yo te ayudo y tu a cambio me quieres comer. ¿Es que no tienes conciencia? -le reprochó el venerable anciano.

-¡Al diablo con mi conciencia! -dijo el lobo mientras reía a carcajadas-. A mi lo único que me importa es llenar el estómago.

El Maestro Dongguo pidió socorro, pero, para su desgracia, los cazadores estaban ya muy lejos y por allí no había nadie. Entonces para ganar tiempo, propuso al lobo que antes de comerle consultara con un melocotonero, una vaca y un campesino sobre si debía o no hacerlo.

-Si los tres te dan la razón, yo me dejaré comer sin protestar -le aseguró el anciano.

-Está bien -dijo el lobo. Y se pusieron los dos en camino.

Al rato, en un huerto abandonado, encontraron un viejo melocotonero y el lobo le pidió su opinión.

El melocotonero, como todos los viejos, comenzó a recordar su juventud. Entonces daba muchos frutos y los niños venían a recogerlos y él les decía: "Que cada uno coma lo que quiera" Y ensimismado en sus recuerdos, dejó escapar esas palabras en voz alta.

El Maestro se entristeció y el lobo, relamiéndose, dijo:

-Como ves, el primero está de acuerdo conmigo.

Siguieron caminando y en una verde pradera encontraron una vieja vaca. El lobo, de inmediato, la consultó.

La vieja vaca también sentía nostalgia de los tiempos en que daba mucha leche y decía al que la ordeñaba: "¡Toma, toma cuanto quieras!"

-Ya son dos los que están de acuerdo conmigo. Para qué vamos a perder más tiempo -dijo al lobo. Y se dispuso a abalanzarse sobre el anciano.

-¡Espera! -le detuvo el Maestro Dongguo-. Debes cumplir tu palabra. Aun nos queda por consultar a un campesino.

El lobo de muy mala gana aceptó y siguieron andando hasta que encontraron a un viejo campesino que plantaba arroz. Y el Maestro, sin dejar hablar al animal, le contó cómo había salvado la vida del lobo metiéndole en un saco.

-Ahora, el lobo me quiere comer. ¿Te parece que es eso justo? -terminó preguntando al Maestro Dongguo.

El viejo campesino se rascó la cabeza, y dijo que no podía creer que un animal tan grande hubiera podido meterse en un saco tan pequeño. Y le pidió al lobo que se lo demostrara antes de darle su opinión.

El lobo, que estaba hambriento y deseaba terminar aquel asunto cuanto antes, se metió en el saco. Y, cuando estaba dentro, el viejo campesino ató la boca del saco con una cuerda y comenzó a a golpearlo hasta que el animal dejó de moverse. Entonces sacó al lobo de una pata y se dispuso a terminar con su vida. El Maestro Dongguo pensaba que el castigo había sido muy severo. Sintió lástima y pidió que le perdonara.

En eso llegó una mujer llorando y, al ver al lobo, dijo:

-¡Ese es el lobo que ha devorado a mi hijo!

Y el Maestro Dongguo ya no tuvo compasión del lobo.

Y así acaba este cuento.
Igual que me lo contaron os lo cuento.

(Cuento popular chino)

Tomado de: Déjame que te cuente, cincuenta cuentos de animales para niños. Ediciones SM.

lunes, 29 de enero de 2018

La historia de Yerusok


Yerusok vivía en el corazón de la Gran Estepa, con la única compañía, desde la muerte de su esposa, de su hijo, Faygal.

La esposa de Yerusok había muerto teniendo su hijo Faygal unos pocos meses. La pobreza había sido la causa. Las tierras de la estepa eran míseras, y si un año no había lluvias, apenas si daban para su sustento. Por ello, a medida que Faygal crecía, más y más odiaba su condición humilde, hasta que aquella circunstancia le impidió ser feliz. Su padre lo sabía, y le veía crecer comprendiendo que tarde o temprano, Faygal se iría en busca de mejores oportunidades.

La adolescencia acababa de brotar en él como una fruta jugosa cuando se despidió de su padre y emprendió el camino. Antes de hacerlo, Yerusok le entregó su único tesoro, una simple moneda, la misma que antaño le había dado su padre a él. Aquella moneda estaba destinada a ser una ayuda decisiva en caso de un gran apuro.

Sin embargo, Faygal rehusó la moneda que le tendía su padre. Le dijo: "Quiero partir de cero, y puede que a ti te haga falta algún día". El padre, al oír esto, temió que su hijo no regresara jamás. Pero este le tranquilizó. Le aseguró que regresaría, que un día le vería llegar por el camino de Oriente y sentarse a la mesa para tomar el plato de sopa con el que su padre le recibiría. Dicho esto, los dos se abrazaron, y Faygal partió rumbo a su destino.

El primer día que Yerusok pasó solo fue el más penoso de su vida. La primera semana, la más terrible. El primer mes, el más duro. El primer año, el más largo. Cada día, al salir el sol, Yerusok preparaba un tazón de sopa y lo ponía sobre la mesa. Tras ello, atendía el campo y los animales, mirando de tanto en tanto al camino de Oriente con la esperanza de ver aparecer por él a su hijo. Ningún día dejó de preparar aquel tazón de sopa. Ningún día dejó de mirar al camino. Así poco a poco el tiempo fue pasando inexorable, y los días, las semanas, los meses, los años se amontonaron en el recuerdo dolorido de Yerusok. De esta forma pasaron cuatro lustros.

Un día apareció alguien en lo alto del camino de Oriente. A Yerusok se le encogió el corazón. El sol le daba en los ojos, así que no podía ver si se trataba de su hijo. Esperó temblando hasta tenerlo delante. Pero no era Faygal, sino un joven desconocido para él. Tan joven que incluso se parecía a Faygal. Le dijo que se llamaba Mayarik, y al ver el tazón de sopa en la mesa le pidió que se lo diera, pues estaba muerto de hambre. "No, no puedo darte lo que me pides", respondió Yerusok. "Este tazón y lo único que poseo, una moneda, son para mi hijo, que un día partió en busca de fortuna y de volver como prometió. Imagínate que ese día sea hoy...". El llamado Mayarik expuso entonces: "Si tu hijo marchó hace tiempo y hubiese hecho fortuna, ya habría regresado. Y en el caso de que no la hubiera hecho, también. ¿Por qué sigues, pues, esperando?

Yerusok se echó a llorar y, compasivo, le dio a Mayarik el plato de sopa y algo más: la moneda. Luego le dijo: "Tienes razón. Ahora sé que mi hijo está a punto de regresar. Si lo hace rico, no necesitaremos la moneda. Y si lo hace pobre, no querrá volver a marcharse de aquí y tampoco nos sería necesaria. A ti, en cambio, te irá bien para comenzar tu fortuna. Así que vete, porque he de preparar un nuevo tazón de sopa para Faygal, no sea que aparezca de un momento a otro".

Mayarik se marchó con la moneda, y para Yerusok comenzó una nueva espera. Tan confiado estaba en el regreso de Faygal, que aquel día no trabajó, ni lo hizo aquella semana; pero después... El tiempo volvió a transcurrir inexorable: pasaron más días, más semanas, más meses y más años. Otros cuatro lustros, para ser exactos. Y ni un solo día dejó Yerusok de preparar su tazón de sopa para el regreso de Faygal. Ni uno solo. Hasta que una mañana...

Por el camino de Oriente y con ropas que mostraban su posición acomodada. Cuando su padre le vio, los dos se abrazaron llorando y, después, Faygal se sentó a la mesa para tomar su tazón de sopa. Entonces le dijo a su padre que había hecho fortuna de forma honrada, y que era rico. El padre le preguntó si también era feliz, a lo que Faygal no respondió, pero su mirada se perdió en el horizonte. Un rato después, le dijo a Yarusok: "Todo en la vida me ha sido fácil, padre. A los pocos días de irme, conocí a la más hermosa de las muchachas y la hice mi esposa. Con ella tuve un hijo varón que colmó mi hogar de felicidad. El trabajo me impidió, sin embargo, disfrutar de ese bien. Obligaciones y más obligaciones me retuvieron al frente de mis negocios. Ni siquiera me di cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, hasta que un día mi hijo me dijo que quería seguir mi ejemplo y marchar en pos de fortuna. Le dejé partir, orgulloso, y el me aseguró que volvería, pero... no lo hizo. Cada amanecer y cada anochecer, subía a la torre más alta de mi palacio para otear los cuatro puntos cardinales. Y mientras pensaba en la promesa de mi hijo, pensaba también en la que te hice a ti y no cumplí. Pero no podía irme, tenía miedo de que, estando fuera, regresara mi propio hijo... Un día comprendí que si mi dolor era insoportable después de veinte años sin él, el tuyo sin mí después de cuarenta años debía de ser aún peor. Por eso he vuelto padre. Y te pido perdón por mi tardanza". Yerusok dijo entonces: "Sabía que regresarías; no me quedaba la menor duda, pasara el tiempo que pasara" Y Faygal repuso: "También yo estaba seguro de que volvería mi hijo". "Sin embargo, ¿ahora no crees que vuelva?", preguntó Yerusok. "Se que lo hará, padre. Estoy seguro. Por ello debo partir de inmediato, para estar en casa cuando lo haga. Temo que si no me encuentra, vuelva a irse. He viajado toda la noche, y partiré al amanecer de nuevo", manifestó Faygal.

Yerusok y Faygal hablaron todo el día, especialmente el segundo narrando su vida paso a paso. Al llegar la noche, pese a lo mucho que deseaba el hijo continuar con la conversación, no pudo evitar quedarse dormido, a causa del agotamiento y de la paz que reinaba en su ánimo. Por el contrario, su padre no lo hizo. Permaneció junto a él velando su sueño. Y al amanecer, antes de despertarle, sucedió algo. Algo increíble.

Abrió la puerta de su casa para permitir la entrada de la luz del sol y allí, ante él, apareció un hombre. Un hombre del que vagamente recordaba Yerusok sus rasgos, pues sólo le había visto una vez, veinte años antes.

Mayarik, aquel muchacho al que había entregado su única moneda. Y lo primero que hizo el recién llegado fue preguntarle si su hijo había regresado. Yerusok le dijo que sí, y que había hecho fortuna. Mayarik dijo entonces: "Me alegro por ti, pero lo cierto es que venía a devolverte aquella moneda, y mucho más, por si tu hijo aún no había regresado. Gracias a ella yo también hice fortuna, y te lo debo a ti. Solo siento no poder quedarme. Tengo mucha prisa". Yerusok le preguntó el motivo de esa prisa, y Mayarik dijo: "Yo también le prometí a mi padre regresar un día, y todavía no lo he hecho. Pero antes de ir a reunirme con él, pensé que tu eras más anciano y que te debía algo. Éste es, pues, el motivo de que...", "no recuerdo tu nombre, ¿cómo te llamas?", preguntó Yerusok al joven, pero...

En ese instante se abrió la puerta de la habitación y Faygal apareció por ella. Los dos hombres. el hijo de Yerusok y el visitante, se miraron apenas una fracción de segundo. Entonces, Faygal exclamó: "¡Hijo!", "¡Padre!", exclamó Mayarik. Y en el momento de abrazarse, emocionados, todo se hizo claro, evidente, y miraron también a Yerusok con amor.





FIN
Tomado de: Las historias perdidas de Jordi Sierra i Fabra. Ediciones SM, año 2003.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Cuento


Historia de un gallo de pelea y un carrete de hilo fuerte.

Cuando nació, resolvieron que iba a ser un gallo de pelea tan peleón, tan ganador de todo el mundo, tan terrible, que lo mejor era llamarlo Terrible de una vez y asunto arreglado.

Porque en su gallinero las cosas eran exactamente así: nacían los pollitos, y ya los dueños del gallinero estaban decidiendo lo que iba a ser cada uno:

-Tú vas a poner huevos.
-Tú vas a ser cuidador de gallinas.
-Tú vas a ser gallo de pelea.
-Tú vas a la olla.

Y de nada servía que los pollitos quisieran tener un oficio distinto: los dueños decidían por ellos, y todo el mundo al cerrar el pico.

También tenía un primo llamado Alfonso. Los dos eran muy unidos, se la pasaban de charla en charla. Cuando los dueños vieron aquello, listo; los separaron. Y dijeron:

-Un gallo de pelea no puedo ser amigo de nadie. Solamente puede ser amigo de pelear,

Terrible creció, creció, se volvió grande. Los dueños lo entrenaban todos los días para pelear. Pero mientras más lo entrenaban, más iba sintiendo unas ganas locas de enamorarse.

Porque el era así: quería disfrutar la vida. El problema era que lo hacían pelear, y todo el mundo sabe que pelear es lo que menos combina con disfrutar.

Hasta que un día se enamoró de una gallinita de verdad preciosa. Y pasó lo siguiente: en plena pelea le daba por pensar en ella, y en vez de atacar al enemigo dibujaba con la espuela un corazón. Los dueños, furiosos, encerraron a Terrible en un gallinero de paredes muy altas. Ya no podía ver a su novia, ni podía ver a nadie. Después trajeron otro gallo de pelea, y lo encerraron en el mismo gallinero, a ver si viéndose juntos se ponían a pelear.

Pero a Terrible el otro gallo le cayó de lo más bien, y lo que hizo fue alzar el vuelo, robarse unas medias de mujer que estaban colgadas en el alambre de ropas, rasgar un pedazo, y hacer una pelota. Y en vez de pelear, los dos se pusieron a jugar fútbol.

Entonces los dueños dijeron:

-La solución es hacer que Terrible piense del modo que nosotros queremos que piense.
-¿Pero cómo? -le dieron vueltas al asunto, y al fin resolvieron que esa solución era coser el pensamiento de Terrible y solamente dejar libre el pedacito que pensaba: " ¡Tengo que pelear! ¡Tengo que ganarles a todos!. El resto quedaría dentro de la costura. Y dijeron:

-Vamos a coserlos con un hilo bien fuerte para que no se rompa.La tienda de los hilos era una tienda que solo vendía hilos. De todas las clases y colores. En la estantería del frente vivían dos carretes que estaban allí desde hacía mucho tiempo, uno al lado del otro, esperando que lo compraran. Uno era un carrete de hilo de pesca; el otro, de hilo fuerte. Los dos hilos se la pasaban charlando sin parar.

-¡Qué suerte que nací hilo de pesca! Voy a vivir en el mar, en el sol, pescando, va a ser estupendo. Espero que el que me compre tenga barco.

-¿Te gustaría un barco de vela, o uno de motor?
-De motor. Es más veloz. Salpica agua. Vería más el mar. 

El hilo fuerte suspiraba:

-Dichoso tu, que sabes la vida que vas a llevar. Yo no. Me paso las horas pensando en cuál será el destino que me espera.
-¿Cuál te gustaría?
-¡Ah, que me usaran para coser una tienda de campaña! ¿Te imaginas? ¡Vivir siempre al aire libre, acampando aquí y allá, viajando a todos lados, conociendo un montón de lugares diferentes, que maravilla!

Los dos querían vivir en el mar, en el campo, al aire libre, siempre al aire libre. ¡La tienda de los Hilos era tan estrecha, tan asfixiante, siempre de luz encendida!

Cuando al anochecer cerraban la tienda, y los dos veían que otro día había pasado sin que ningún comprador apareciera, comentaban abatidos:

-Vaya, vamos a terminar por ponernos mohosos de tanto estar en esta estantería.

Hasta que un día los dueños de Terrible entraron en la tienda y compraron a Hilo Fuerte. Lo compraron sin decir para qué lo estaban comprando.

Al ver que su amigo se iba, Hilo de Pesca casi muere de tristeza. No murió porque era más fuerte la curiosidad de saber para qué lo usarían. Y para saberlo siguió a los hombres cuando salieron. Dejó que entraran en casa y se acercó a espiar por el ojo de la cerradura. Vio que hicieron un tajo en la cabeza de Terrible, le sacaron el pensamiento y lo cosieron muy bien con Hilo Fuerte, dejando por fuera el pedazo que pensaba "¡Tengo que pelear! ¡Tengo que ganarles a todos!. Después vio que volvían a poner en la cabeza el pensamiento y cosían el tajo con el trocito de Hilo Fuerte que había sobrado. Hilo de Pesca sintió una pena enorme por Hilo Fuerte: "¡Pobre! Él que tanto quería viajar, vivir al sol y al viento, siempre acampando, y acabar así, encerrado para siempre en el pensamiento de este gallo". Volvió a la tienda tristísimo. Se acomodó en la estantería y siguió esperando un comprador.

Pasó el tiempo. Terrible solamente pensaba con su pedazo descosido de pensamiento. Y entonces empezó a ganar peleas. Todo el mundo le apostaba. Los dueños se aferraban en dinero, y en vez de dárselo a Terrible, decían:

-Tonterías. ¿Para qué necesita un gallo dinero? -y se guardaban los billetes en el bolsillo.

Terrible ni se daba cuenta, porque su parte de pensamiento que pensaba "diablos, yo hago el trabajo duro y ellos se quedan con el dinero" también estaba cosido.

¡Y fue así como Terrible ganó ciento treinta peleas!

Durante todo ese tiempo la vida de Hilo Fuerte fue muy difícil: como vivía en el pensamiento de Terrible, y como este pensaba siempre la misma cosa su vida era aburridísima, no variaba nunca. A cada rato se dormía para matar el tiempo. Dormía hasta el cansancio. Y a veces pensaba: necesito encontrar una solución para mejorar mi vida. Pero al final no hacía nada: si quería encontrar una solución necesitaba espacio para buscarla, y allí adentro su vida era demasiado estrecha.

El cuerpo de Terrible se fue cansando. Un día luchó con un gallo más joven y más fuerte llamado Cresta de Hierro, y perdió. Luchó otra vez. Y perdió de nuevo. Los dueños de Terrible se pusieron furiosos, pero no dejaron que Cresta de Hierro acabara con él. Marcaron una tercera pelea entre los dos. En la playa. Muy a escondidas: iba a ser una lucha brava de verdad. Y dijeron:

-Mira, Terrible, las cosas están así: o ganas esta pelea o dejamos que Cresta de Hierro te haga picadillo.

Terrible se puso nerviosísimo, pero como su pensamiento nunca cambiaba, ni siquiera pensó en huir. Fue entonces cuando se encontró con su primo Alfonso, tan amigo suyo en otro época.

Alfonso se había escapado del gallinero porque querían que fuera cuidador de gallinas y él odiaba esa vida. Ahora andaba escondido en la bolsa de una niña llamada Raquel.

Cuando Alfonso y Raquel oyeron su historia vieron  enseguida que Cresta de Hierro iba a acabar con Terrible, y lo encerraron en la bolsa. Pero la noche de la pelea Terrible logró escaparse y corrió a la playa. Hilo Fuerte estaba retorciéndose de preocupación: sabía muy bien que Terrible podía morir en la pelea; y muerto Terrible, moría él también. Era un hilo dormilón, le encantaba echarse un buen sueño, pero no por eso quería dormir para toda la vida. Trató con todas sus fuerzas de tener una idea, a ver si con ella salvaba la situación.

-¡Entra en el círculo! ¡Entra en el círculo! Ése fue el grito con que recibieron todos a Terrible cuando llegó a la playa.

Los apostadores estaban sentados en la arena, haciendo rueda, y Cresta de Hierro en el centro esperando.

¡Mientras tanto Hilo Fuerte seguía haciendo fuerza para encontrar la idea que pudiera salvarlos!

Terrible saltó al redondel. La lucha comenzó.

Cresta de Hierro peleaba mucho mejor, y además le encantaba pelear (seguro que también a él le habían cosideo el pensamiento).

Terrible empezó a ceder. Perdió sangre, perdió dos plumas, se fue cansando poco a poco.

Hilo Fuerte hacía cada vez más fuerza para dar con una solución. Mientras más golpes recibía Terrible, más fuerza hacía él. Más fuerza. Más fuerza.

Hasta que de repente -¡¡pla!!- de tanto hacer fuerza se reventó. Y en ese mismo segundo el pensamiento de Terrible se descosió, se abrió del todo, y el empezó a pensar mil cosas, quedo medio mareado con tantos pensamientos juntos. Enseguida se dio cuenta de lo que estaba pensando, y como no era tonto pensó: "Qué estupidez morir en esta playa sólo porque ellos se empeñan en que tengo que luchar con Cresta de Hierro". ¡Y no esperó más, saltó del ruedo y echó a correr hacia el mar!

Todo el mundo salió detrás; Cresta de Hierro también. Cuando Terrible sintió que lo alcanzaban se metió dentro del agua. De pronto vio un barco. En el barco había un hombre que pescaba, tan entretenido con la pesca que no había visto nada. Solamente tenía ojos para el mar.

Terrible se fue acercando al barco. Hilo Fuerte se asustó otra vez: Terrible no sabía nadar con seguridad se ahogaría y ahogándose Terrible se ahogaría él también. ¡Era demasiada mala suerte! Salía de una para caer en otra.

La gente estaba muy cerca. Terrible empezó a tragar agua y a hundirse.

Y fue en ese momento -justo en ese momento- cuando el hilo del anzuelo del pescador reconoció a Terrible. Entendió lo que estaba pasando, se acordó de su amigo, que cosía el pensamiento del gallo, y -¡zuque!- dio un viraje y tiró el anzuelo a la cresta de Terrible. El anzuelo pescó la cresta, y el dueño del barco -creyendo que aquel peso era de un pez- alzó la caña y empezó a enrollar a Hilo de Pesca. Enrolló, enrolló, Terrible fue llegando al barco, llegando ¡llegó! Solamente entonces vio el hombre que no había pescado un pez, sino un gallo. Pero no se molestó: lo que de verdad quería era tener compañía. Y entonces prendió el motor y se fue.

El barco navegó, navegó, y el que más disfrutó fue Hilo Fuerte: le encantaba viajar, y se dio gusto viendo islas, puertos, peces, viendo tantas cosas que nunca había visto.

Por fin, un día, el barco llegó a un lugar muy lejano y Terrible desembarcó. Allí quería vivir. En paz. Sin tener que ganarles a todos. Allí podría encontrar amigos y dibujar corazones. Y nunca más tendría un dueño que le cosiera el pensamiento.

Los que vieron en la playa las dos plumas de Terrible tal vez pensaron que había muerto. Bobadas. Ahora mismo está gozando de la vida en ese lugar muy lejano. Él y también Hilo Fuerte. Los dos.

FIN

Relato extraído del libro: la bolsa amarilla, de: Lygia Bojunga. Ediciones Norma. Año 2005. Páginas del 1o7 al 116.








jueves, 17 de agosto de 2017

El sapo que quería ser estrella





-He visto pasar una víbora con el cuerpo lleno de luces. Parecía una cadena de estrellas y era porque se tragó a las luciérnagas del huerto.
Así decía el sapo escondido, bajo el rosal, que aquella noche estaba cubierto de bichitos de luz.
-Pensar que si yo me tragara a las luciérnagas de este rosal brillaría igual que la víbora. Y me convertiría en estrella. Y todos los que me desprecian por mi fealdad se morirían de envidia al verme tan hermoso. Sí, me voy a comer todas estas luciérnagas doradas.
En ese instante sopló el viento y sacudió el rosal, derramando una lluvia de luces. El sapo abrió la boca y la primera luciérnaga le pintó de oro la garganta y siguió como una chispa, hasta el fondo de su panza.
-¡Bravo...! ¡Ya empiezo a brillar!
Siguió lamiendo, una tras otra, las manchitas de luz que salpicaban el césped, hasta que no quedó ninguna.
-¡Es maravilloso! Ya nadie brilla en el huerto. ¡El único que brilla soy yo!
Y realmente, parecía un sapo de cristal, un hermoso sapo verde, relleno de fuego. Loco de orgullo y alegría, se miró en el espejo de agua.
-¡Soy lo más hermoso de la naturaleza!, -dijo y se tiró en el estanque.
Los peces se alborotaron y dijeron:
-¡Qué milagro! ¡Cayó una estrella al agua!
-¡Soy una estrella!... ¡Soy una estrella!... -repetía el sapo, echando chorros de luz por la boca y por los ojos. Una guirnalda de peces multicolores lo observaba, girando a su alrededor.
-¡Qué extraño!... ¡La estrella tiene la forma de un sapo!...
-Pero es una estrella. -Y continuaba la ronda de peces asombrados.
-Sigan girando, sigan girando, que soy una estrella y ustedes mis satélites -decía el sapo, loco de felicidad. La noche empezó a desteñirse y el sapo temió que sus reflejos se apagaran con el día, descubriendo su verdadera identidad. Por eso, se fue nadando hacia arriba, seguido por los peces que le pedían a coro:
-Estrella hermosa, quédate en el agua.
-Ilumina la oscuridad en que vivimos.
-Serás la reina de este mundo submarino. Pero el sapo llegó a la superficie y dijo:
-Tengo que volver al cielo antes que salga el Sol.
Dio un gran salto y dejó a sus amiguitos con el agua al cuello y la boca abierta de admiración.
Un gallo viejo y pensativo, que aquella noche no podía dormir, vio salir al extraño sapo del estanque. Abrió y cerró los ojos varias veces, lleno de asombro y, por fin, despertó a las gallinas que dormían en el mismo árbol.
-¡Miren: la estrella del amanecer se cayó al lado del estanque y está rebotando en el suelo! ¡Mírenla!
Todos despertaron de golpe y gritaron:
-¡Vamos a verla de cerca!
Y fueron volando hasta donde estaba el sapo luminoso.
-Tonterías, no es una estrella sino un sapo.
-¿Y por qué brilla tanto?
-Es un sapo que se escapó del infierno.
.-No sean supersticiosas. Brilla porque se tragó a las luciérnagas del huerto.
-¡Qué horror!... ¡Es un sapo muy malo!
-Mató a esos pobres bichitos para robarles su luz.
-Merece un castigo.
-Sí. ¡Merece un castigo!

Y decidieron atacarlo a picotazos. Pero apenas recibió los primeros golpes, el sapo dejó asombrado a todo el mundo: empezó a volar.
-¡Era una estrella verdadera y nosotros nos atrevimos a picotearla...! -dijeron las gallinas deslumbradas.
-¡Yo todavía tengo su luz en mi pico! -dijo el gallo, dándose importancia.

El sapo no salía de su asombro al verse en el aire. Lo cierto es que las luciérnagas que estaban dentro de el, al sentir los picotazos resolvieron volar para salvarse, pero solo consiguieron levantar al sapo.
-¿Ahora quien dudará que soy una estrella?... ¡Si ya estoy en el cielo!
Y se puso a cantar, queriendo llamar la atención. Pero abrió tanto la boca que las luciérnagas empezaron a escaparse de su panza. Y el seguía cantando, sin darse cuenta de nada. Pero de repente, sintió que se caía. Todas las luciérnagas lo habían abandonado.
-¡Me voy a estrellar...! -gritó el pobre-. Seré un vulgar sapo aplastado, yo que subí como una estrella... ¡Qué pobre final para tan glorioso vuelo!

FIN
Autor: Oscar Alfaro.

martes, 9 de mayo de 2017

De cómo la Vida se fue por el mundo





Un día la vida se fue por el mundo. Caminó, caminó y caminó hasta que encontró a un hombre con el cuerpo tan hinchado que apenas podía moverse.

-¿Quién eres? -preguntó el hombre.
-Soy la Vida.
-Si eres la Vida, quizás puedas devolverme la salud...
-Te devolveré la salud -dijo la Vida-, pero sé que me olvidarás tan completamente como a tu enfermedad.
-¿Cómo podría olvidar? -exclamo el hombre.
-Bueno. Volveré dentro de siete años y ya veremos -dijo la Vida.

Luego echó un poco de polvo del camino en la cabeza del hombre y le curó.

La Vida prosiguió su camino y encontró a un leproso.

-¿Quién eres? -preguntó el hombre.
-Soy la Vida.
-¿La Vida? -se extrañó el hombre-. ¡Entonces puedes devolverme la salud!
-Si, puedo -dijo la Vida-. Pero sé que, si lo hago, me olvidarás tan completamente como a tu enfermedad.
-¡No, no lo olvidaré! -prometió el leproso.
-Volveré dentro de siete años y ya veremos -dijo la Vida.

Luego echó polvo del camino en la cabeza del hombre y el leproso quedó curado.

La Vida prosiguió su camino y encontró a un ciego.

-¿Quién eres? -preguntó el ciego.
-Soy la Vida.
-¡Ah la Vida! -exclamó el hombre-. Te lo suplico, devuélveme la vista.
-Te devolveré la vista, pero se que me olvidarás tan completamente como a tu ceguera -dijo la Vida.

Luego echó polvo del camino en la cabeza del hombre y éste pudo ver.

Pasaron siete años y la Vida se fue otra vez por el mundo. Se hizo pasara por ciego y se dirigió al hombre al que había devuelto la vista.

-¿Puedo pasar la noche contigo? -preguntó.
-¡No! -gritó el hombre-. Sigue tu camino. No quiero saber nada de enfermos como tú.
-¡Lo predije! -exclamó la Vida- Hace siete años eras ciego y te devolví la vista. En esa época me dijiste que no me olvidarías jamás ni tampoco tu ceguera.

Luego cogió polvo del camino, lo echó en las huellas de los pasos del miserable ingrato y el hombre quedó ciego de nuevo.

La Vida prosiguió su ruta y fue a ver al leproso que había curado siete años antes. Se transformó en leproso, se acercó a él y le preguntó si podía pasar la noche bajo su techo.

-Sigue tu camino -gritó el hombre-, ¡o me contagiarás!
-Lo predije -dijo la Vida-. Hace siete años te curé y me prometiste no olvidarlo jamás.

Cogió polvo del camino y lo echó en las huellas de los pasos del hombre, que volvió a ser leproso.

La Vida prosiguió su camino, infló su cuerpo hasta el punto de no poder ni moverse y fue al encuentro del último de los tres hombres que había curado siete años antes.

-¡Puedo pasar la noche aquí? -preguntó.
-Naturalmente -dijo el hombre-. Entra, entra. Siéntate y te daré de comer. Se lo mal que debes sentirte porque yo también estuve así. Pero hace siete años, la Vida pasó por aquí y me curó. Me dijo que volvería siete años más tarde. ¿Por qué no la esperas aquí? Quizá te devuelva la salud...

-Yo soy la Vida y tu eres el único que he curado y que todavía se acuerda de mi y de su enfermedad. Por ello estarás curado para siempre.

Luego añadió:

-La Vida es un perpetuo cambio. La buena suerte se transforma de repente en mala suerte, la pobreza en prosperidad, el amor en odio. ¡Pobre del que lo olvida y no actúa en consecuencia!

FIN

Tomado de: El círculo de la choza, Cuentos populares africanos. Ediciones Gaviota. Páginas: 232, 233, 234, 235.



lunes, 13 de febrero de 2017

Un mayordomo






1
Hace poco tiempo en mi pueblo un hombre recibió el cargo de mayordomo y reunió a toda su familia para que lo ayudara.

-Ya no faltan sino pocas semanas y todavía no tengo nada -dijo triste el mayordomo.

Entonces la familia se reunió una mañana muy temprano antes de amanecer y empezaron a conversar sin darse cuenta que el gato de la casa les estaba escuchando.

2
Esta familia tenía cuatro animales: una oveja, un chancho, un gallo y un gato.

-Tenemos que vender nuestros animalitos -dijeron.

-Vamos a matar a la ovejita para el convite -dijo uno de ellos.

-También el chanchito venderemos para comprar ropas y el gallito para comprar aguardiente.

3
El gato escuchaba nomás y haciéndose el dormido hasta roncaba. Pero cuando la familia salió a trabajar al campo, el gato se fue rápido donde sus amigos los animales.

Entonces los animalitos muy asustados, decidieron salir de la casa junto con el gato.

Esperaron la noche y despacito se escaparon. Como el gato veía en la oscuridad, iba delante de todos enseñando el camino.

4
Al día siguiente, los dueños fueron a buscar a los animalitos, para llevarlos a matar y vender, pero no encontraron a ninguno.

Entre tanto, los animalitos rápido, rápiso, estaban corriendo en el campo. La oveja, el chancho y el gallo, no tenían hambre porque comían hierbas, pero el gato estaba sin comer desde la noche anterior.

-Espérense ustedes aquí -dijo el gato -yo voy a buscar mi alimento, no se muevan, no se vayan a otro sitio.

Así caminando se fue el gato, olfateando, olfateando, sintió el olor de la carne. Despacito, muy callado siguió el olor a ver donde lo llevaba. -Voy a comer rico -decía.

5
Y así llegó a una cueva y encontró un pedazo de carne, cogió la carne y buscó un escondite para que nadie lo vea. Encontró una pequeña ventana muy oscura y se puso a comer tranquilo. Mientras estaba comiendo sintió un ruido y vio como entraban a la cueva dos pishtacos. Estos pishtacos habían asaltado dos viajeros muy ricos, les habían cortado sus cabezas y traían amarrados los cuerpos en sus mulas. Los pishtacos también habían llegado con dos bolsas llenas de monedas de plata que llevaban los viajeros.

6
Así con todo, con mucho ruido entraron en la cueva. Los pishtacos habían amarrado las mulas a sus pies, mientras iban contando el dinero.

Todo esto miraba el gato muy asustado.

Cuando de repente tropezó con una cabeza y la hizo caer a donde estaban los pishtacos y las mulas.

Las mulas se asustaron y salieron corriendo y como estaban amarradas a los pies de los pishtacos, arrastraron a los dos pishtacos fuera de la cueva.

Los pishtacos fueron gritando de dolor; mientras las mulas corrían y los arrastraban hasta que murieron.

7
Así quedó la cueva sin dueño. La cueva con todo el dinero que habían asaltado los pishtacos. El gato salió en busca de sus compañeros. Los encontró en el mismo sitio muy asustados, porque hacía rato que el gato se había ido.

-Vengan a esta cueva de los pishtacos, que ya están muertos. Allí hay un tesoro para nosotros.

-¿Para qué queremos nosotros el oro? -dijo la ovejita.

-No seas sonsa -respondió el gato -Llevaremos todo ese oro a nuestros amos y con eso podrían hacer la fiesta de su cargo y no tendrán que matarnos ni vendernos.

8
Volvieron entonces muy rápido a la casa; donde encontraron a sus amos que estaban llorando por sus animalitos.

-Nosotros mismos tenemos la culpa -decían los amos- Ellos han huido porque queríamos matarlos y venderlos.

Cuando de repente el gallo empezó a cantar y el cerdo y la ovejita hacían oír su voz. Salieron corriendo los dueños y abrazaron a sus animalitos.

Los animalitos los jalaban y jalaban -¿Qué quieren? -preguntaba el señor a su mujer.

-No sé, mejor vamos a seguirlos -respondió la mujer. Así toda la familia fue con los animalitos, hasta la cueva donde encontraron el tesoro de los pishtacos.

9
El señor que lo habían nombrado mayordomo, se puso muy contento junto con su mujer y sus hijos.

-Ya no tengo que matar ni vender a mis animalitos -decía.

-Con lo que ellos han encontrado, compraré todas las cosas para la fiesta -dijeron.

10
Dicen también, que en ese pueblo que yo conozco pasó algo muy extraño el día de la fiesta; porque de repente los animales del señor mayordomo, se convirtieron en personas y empezaron a bailar con los hijos del señor mayordomo.

FIN

Tomado de: Relatos Andinos. Octubre 2002. Páginas 21 a 30.