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sábado, 13 de julio de 2013

El Nacimiento de la Isla Boriken





Había una vez una punta de roca que viví en el fondo del Mar de las Antillas. Allí había estado siempre, desde el principio del mundo, medio enterrada en la arena y apuntando hacia arriba, en dirección a la superficie del mar. A lo largo de su milenaria existencia, un gran anhelo la había distinguido de las otras: quería crecer hasta el cielo.

Todos los que por allí vivían sabían de la extraña esperanza que alberga aquella antigua punta de roca. Pero todas las criaturas del fondo del mar opinaban que el deseo de la roca era un sueño inalcanzable. Pasaba por allí el pulpo, por ejemplo, y le decía: -Eso es imposible. Pasaba por allí la fina barracuda y le decía: -Eso es imposible, Pasaban las medusas como lánguidos pañuelos y le decían: -Eso es imposible.

La punta de roca no se resignaba. Con mineral determinación, persistía en su esperanza de salir a esta otra dimensión que nosotros llamamos aire.

Un día muy especial las cosas sucedieron de otro modo. Se hallaba la punta de roca meditando como siempre, cuando de pronto, un pequeñísimo cangrejo ermitaño se acomodó en un resquicio de su regazo de piedra para cambiarse de casa. El caparacho que hasta entonces le había servido de hogar ambulante ya le quedaba muy chico y no le dejaba crecer. así que, con una mezcla de alegría y de tristeza en el corazón, abandonó su caparazón para buscarse uno mejor. En lo que buscaba y encontraba, se quedó desnudo en medio del mar, expuesto a todos los peligros.

Este cangrejito no era como los otros cangrejos ermitaños. Le gustaban las fiestas, el baile, el vacilón. Al verse desnudo, se sintió tan libre de cuerpo y liviano de corazón que en lugar de seguir buscando un nuevo refugio se puso a bailar una plenita.

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

En eso estaba el cangrejito cuando apareció por allí un mero cabritilla. Al verlo tan desnudito y apetitoso, en seguida puso a funcionar su boca de aspiradora para tragárselo entero. En ese momento, un incontenible torrente empezó a arrastra al cangrejito desnudo hacia la bocaza abierta del comelón. -¡Socorro! ¡Auxilio, que me comen! -se puso a gritar el cangrejito, mientras hacía inútiles esfuerzos por resistir la correntada.

Al ver lo que sucedía, la punta de roca se apiadó del pequeño cangrejo indefenso y le brindó una de sus salientes rocosas para que se agarrara bien fuerte con sus palancas. Y así se aguantó el chiquitín hasta que el mero glotón, cansado de chupar agua inútilmente, fue a buscarse el almuerzo en otro lado.

Pasado el susto, el cangrejito ermitaño buscó rápidamente una morada de caracol y con su nueva casa a cuestas, volvió donde la punta de roca que lo había salvado de ser comido -¿Qué puedo hacer por tu felicidad, punta de roca? -le preguntó agradecido. Ella no le contestó, claro, porque las rocas no hablan. Pero el cangrejito sabía cuál era el secreto anhelo de su roca amiga y, emocionado, le dijo: -Por salvarme del mero comelón, yo voy a ayudar a realizar tu deseo. Luego filosófico, el cangrejito agregó: -Nada es imposible en esta vida.






Esta era la primera vez en los muchos siglos de su existencia que alguien le decía a la punta de roca que su sueño era posible.

De inmediato, fiel a su promesa, el cangrejito ermitaño puso manos a la obra. Caminando de costalete, a la manera de los cangrejos, se puso a bailar rascando con sus patitas el fondo del mar -que es la barriga del Mundo. Se imaginaba que si conseguía provocarle cosquillas, a lo mejor se le zafaba una risotada y las cosas podían cambiar. Y así se la pasó de ahí en adelante el cangrejito, rasca que te rasca y baila que te baila al ritmo aquel de:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Con el correr de los años, el cangrejito se convirtió en cangrejo y luego en cangrejote. En el transcurso de su vida conoció a muchas hembras de su especie y tuvo con ellas muchísimos hijos; y a todos los enseñó a bailar para provocarle cosquillas con sus patitas a la barriga del Mundo.

Cuando llegó el fin de sus días y se retiró a descansar para siempre en el caparazón de un gran carrucho rosado, ya eran incontables los cangrejos de su sangre que rascaban y bailaban en el fondo del arenoso mar.

Pasados varios siglos -que para la antiquísima punta de roca eran como minutos para nosotros -los descendientes de los hijos de los hijos de aquél que se salvó de ser comido por un mero cabritilla, formaron una nueva raza de crustáceos: los cangrejos cosquilleros. Estos debido a su continuo movimiento, habían desarrollado unas magníficas patas y palancas y conocían exactamente cuánta urgencia, cuánta suavidad y cuánto abandono había que poner en el baile para provocar la risa del Mundo.

Pronto aquella región del Mar de las Antillas quedó completamente transformada. Hasta donde alcanzaba la vista y más allá, pululaban los cangrejos cosquilleros -rasca que te rasca y baila que te baila. Por allí pasaban navegando las criaturas marinas y todas se asombraban.

Pero lo más curioso fue que todos se fueron contagiando con la piquiña irresistible de aquel sabroso ritmo antillano de los cangrejos cosquilleros. En poco tiempo  todo el mundo submarino estaba prendido en el baile. La morena ondulaba, el mero se sofocaba, la mantarraya aplaudía, el balajú brincoteaba. Rojos de placer, los camarones se frotaban las antenas. Los ostiones roqueros tocaban los timbales y, con voz de señora gorda, cantó la ballena azul. Con desenfado meneaba su rabo la langosta y un carey centenario la ligaba con disimulo. Los carruchos sonaban como maracas:

trocotró, trocotróc, trocotroc
Y el pez sierra raspaba el güiro en los corales:
chiiiiii -quichiiii -iquichiiii -iquichi

En fin que allí se armó tremendo fiestón y al rato toda la cuenca del Mar Caribe palpitaba y se sacudía con un ritmo sabrosón:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Y todas aquellas criaturas de mar, que por miles de años habían repetido que era imposible que la punta de roca marina se convirtiera en montaña, presintieron mientras bailaban que algo extraordinario estaba por suceder en el Mundo.

Y por cierto, en un brevísimo instante sucedió lo que había estado acumulándose por siglos. El mundo ya no pudo resistir la intolerable cosquilla de tantas y tantas patas, palancas, aletas y tentáculos trabajándole la barriga. Y así fue como reventó en un terremoto de carcajadas que cambiaron por completo la faz de la tierra y del mar. La cara del Mundo se partió de risa y de un lado quedó África y del otro lado América, separados por una inmensa grieta sonriente que se fue llenando de agua hasta formar el atlántico Sur.

El Mundo se sintió feliz. Se le alteró el curso de los ríos, se le resquebrajaron los continentes, se inundaron los desiertos y se derritió el hielo de los polos. Pero nada le importaba.

menéalo, menéalo

Y así fue que en un breve instante, todo quedó patas arriba. Tanto se meneó y remeneó el Mundo que de su barriga encrespada de sabrosura brotaron como veintiocho chorros de lava incandescente, que hicieron nacer otras tantas islas en el Mar de las Antillas, para celebrar su alegría.

La punta de roca de nuestro cuento se sintió crecer y crecer, empujada hacia arriba por una fuerza que venía desde el centro de fuego de la tierra: Convertida en montaña, surgió de la profundidad submarina, envuelta en una inmensa nube de vapor de agua que oscureció la luz del sol en pleno día. El mar bramaba como todos los truenos del cielo juntos.

Así nació la isla de Borikén, la menor de las Antillas Mayores que hoy conocemos como Puerto Rico, con su cumbre de piedra submarina. Desde aquella altura, la punta de roca vio el horizonte sin fin, los continentes lejanos, la bola de fuego del sol, los pájaros del cielo y las nubes que navegan en el aire.

¿Y los cangrejitos cosquilleros? ¿Qué fue de ellos en medio de aquel cataclismo universal? Pues, para que todos lo sepan, los cangrejitos subieron a la superficie, agarrados fuertemente de la punta de la roca. Con el tiempo aprendieron a respirar en el aire y a vivir en cuevas. Y hoy son los sabrosos jueyes de tierra que todos los días le hacen cosquillas a las barrigas de los puertorriqueños.

GLOSARIO

Bajalú; pez comestible, delgado y largo.
Barracuda; pez de aletas espinosas.
Carrucho; tipo de molusco comestible.
Güiro; instrumento musical hecho con una higuera.
Jueyes; cangrejos.
Mantarraya; pez comestible de la familia del tiburón.
Morena; pez comestible de cuerpo cilíndrico.
Palometa; pez comestible de aletas espinosas.

EL NACIMIENTO DE LA ISLA BORIKEN, es el un cuento del autor Kalman Barsy argentino radicado en Puerto Rico. Las ilustraciones son de Elba Luz Lugo.


La fuente de este relato es el libr: Como surgieron los seres y las cosas. Coedidción Latinoamericana. Año 1986, páginas 39 a 48.

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