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miércoles, 12 de noviembre de 2014

MIL GRULLAS




(Cuento de: Elsa Bonerman)

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo, como todos los chicos. Porque también ellos eran nuevos en el mundo como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien que era lo que estaba pasando.

Desde que ambos recordaban sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y compartiendo también el miedo que cada anochecer inundaba las reuniones familiares que ocurrían en torno a lo que emitía la radio. Noticias que hablaban de luchas y muerte por todas partes. Sin embargo Naomi y Toshiro, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.¡Ah…y también se estaban descubriendo uno al otro!

Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela. Suponían que sus miradas trazaban un camino y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos. Apenas intercambiaban algunas frases, ya que el afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban acostumbrados al silencio…

Naomi sabía que quería a ese delgado muchacho, que más de una vez se quedaba sin almorzar para darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa. 

-No tengo hambre-le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. 

-Te dejo mi vianda - y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi poblaba el corazón de Toshiro. Ella se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. El tenía ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella, pero ese futuro aun quedaba lejos.

El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llego puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares. Otras veces siempre esperaban las soleadas mañanas del verano, pero ese año su llegada los ensombreció a los dos. Ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba dejar de verse durante un inacabable mes y medio.

A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían, entonces ni siquiera tenían la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.

Acabó junio y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque. Se fue julio y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque, y ¡por fin llegó agosto!, pensaron los dos al mismo tiempo.

Fue justamente el primero de agosto cuando Toshiro viajó, junto con sus padres hacia la aldea de Miyashima, iban a pasar allí una semana visitando a los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local. Es que ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas. –Para cuando termine la guerra -decía el abuelo.-

Todo acaba algún día –comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro se sentía que la paz debería ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se refería al fin de la guerra, tal como a el se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.

¿Y Naomi?

El primer día de agosto despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba, sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor, solo un desierto helado y ella atravesándolo. Abandonó el tatami, se deslizo de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. 

¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozo las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.

El dos y tres de agosto escribió trabajosamente sus dos primeros haikus.

Lento se apaga
El verano.
Enciendo lámparas y sonrisas.

Pronto
Florecerán los crisantemos.
Espera,
Corazón.


Después, convirtió en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros y los libraba de la curiosidad de sus hermanos.

El cuatro y cinco de agosto se los pasó ayudando a su madre y a las tías. ¡Era tanta la ropa para remendar! Sin embargo esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburrido para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que este se cumpliese. La aguja iba y venía, laboriosa. Así terminó el pantalón de su hermano menor, con el deseo de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y arreglando los puños de la camisa de papá, pidió que Toshiro no la olvidara nunca. Y los dos deseos se cumplieron. Pero el mundo tenía sus propios planes. 

Ocho de la mañana del seis de agosto. Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?

“Ahora”, Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?

En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. En el avión hombres blancos pulsan botones y una bomba atómica surca por primera vez el cielo, el cielo de Hiroshima.

Un repentino resplandor extrañamente ilumina la cuidad. En ella, una mamá amanta a su hijo por última vez. Dos viejos trenzan bambúes por última vez. Una docena de chicos canturrea: “Donguri Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez. Miles de hombres piensan por última vez. Naomi sale para hacer unos mandados.

Silenciosa explota la bomba. Hierven de repente las aguas del río, y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegraron en esa mañana. Con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales.

Ya ninguno de los sobrevivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo ni abrir nuevamente la puerta de su casa ni tomar ningún camino requerido. Nadie será ya quien era. Hiroshima arrasada por un hongo atómico. Hiroshima es el sol ese seis de agosto de 1945, un sol estallando.

Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi, y ¡aún estaba viva!

Ella y su familia al igual que otros miles de sobrevivientes fueron internados en el hospital ubicado en la localidad próxima a Hiroshima. Habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre. Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana. El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabia si era el frío exterior o sus pensamientos lo que le hacia tiritar.

Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Con los ojos abiertos y la mirada inmóvil. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura. Sobre la mesita de luz, se veían unas cuantas grullas de papel desparramadas.

-Voy a morirme, Toshiro. -susurró, no bien sus amigo se paró en silencio al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que hacen falta. Mil grullas, o Semba-Tsuru, como se dice en japonés. 

Con el corazón encogido Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después las juntó cuidadosamente en un bolsillo de su chaqueta.

-Te vas a curar, Naomi- le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya, se había quedado dormida. El muchacho salió del hospital bebiéndose sus lágrimas. Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa estaban temporalmente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que hasta ese día, había habido allí. Hojas de diarios, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era de noche para preguntar. Todos los mayores se durmieron sorprendidos.

En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas. Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.

Llevaba la tijera oculta entre sus ropas. En el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno, hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía. El muchacho se encontraba pasando hilos a través de la silueta de papel. Separó grupos de diez frágiles grullas y las aprestó para que imitaran el vuelo suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra. Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de su primo. No había tiempo perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.

-Prohibidas las visitas a esta hora- le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga. Toshiro insistió -sólo quiero colgar estas grullas sobre sus lecho. Por favor.

Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso se hizo a un lado y le permitió que entrara -pero cinco minutos, ¿eh?

Naomi dormía. Tratando de no hacer el mínimo ruido Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz, luego subió. Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielo raso, y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo, los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.

Fue al bajarse de su improvisada escalera que advirtió que Naomi los estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.

-Son hermosas, Toshi-Chan gracias 

-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas -y el muchacho abandonó la sala sin darse cuenta.

En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera dejó colar al entreabrir por unos instantes la ventana. Los ojos de Naomi seguían sonriendo.

La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?

Febrero de 1976. Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de la sucursal de un banco establecido en Londres. Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar. Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo. Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de la máquina de calcular. Grullas surgidas de servilletitas con impresos de los más sofisticados restaurantes.

Grullas y más grullas.

Y los empleados comentan divertidos, que el gerente debe creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completara las mil -cuchicheaban entre risas-. ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?

Ninguno sospecha siquiera la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez, con su perdido amor primero.

(FIN)

Extraído de: No somos irrompibles, doce cuentos de chicos enamorados.

La imagen de los crisantemos es del BLOG: carolinagarden.wordpress.com


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