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viernes, 28 de junio de 2013

Selmira y la Patarashca


Por Chacho D’Acevedo








Un día me jui al mercado de Belén, tenía antojo de comer una patarashca de palometa con su cajué con leche. Doña Matuca estaba con su ayudanta (nuevecita). Era una huambra medio mutishca; apenas la vi, como que me gustó; me quedé mirándola por un buen rato; ella no me daba bola; pero yo sabía que ya se había dado cuenta, porque como dos veces peló su ñahui… medio coquetona era. Tenía puesto un shorcito de flores rosadas y una blusita color desteñido que le hacía juego; y no digo más lo que pasaba por mi mente en esos momentos, solo para no parecerles que soy un malcriado. Doña Matuca se hacía la sonsa, pero esa doña de sonsa no tiene dada. “¿Qué ya vas ordenar, joven?”, me preguntó doña Matuquita, porque yo siempre la llamo así, con cariño, porque dizque yo soy su cliente favorito. Bah, eso seguro les dice a toditos, solo para que le compren su mercadería. “Dame una palometa envuelta en hoja”, le dije, “y un cajué con leche”. Luego me quedé mirando a la ayudanta, que se había puesto a asar el plátano y el maduro en una tushpa de carbón. La huambra estaba que sudaba por su cara y por su pecho; lindo le quedaba lo que sudaba; cada vez me gustaba más. En un momento, en que volteó hacia mí, aproveché para armarle charla, y le pregunté: “¿Qué estás haciendo…? (inmediatamente me sentí tonto); “¿qué ya pues crees?”, me respondió con sorna, ¿acaso eres chejo? Doña Matuca estaba atendiendo a otro de sus clientes “favoritos”, pero su oreja estaba parada. Me sentí tonto, pero me seguía gustando. Había notado que tenía un cuerpito bien bonito y que usaba una chinela roja, que hacia juego con las flores de su shorcito. “¿Cómo te llamas?, le pregunté ya con más aplomo; “Selmira”, me contestó, y yo (medio shegue) le respondí preguntando: “¿Selmira?”; “sí”, me dijo con una sonrisa que no tenía nada que envidiar a las artistas de la tele, “Selmira, pero no sel-toca”, y terminó con un par de ja-jases que lograron hacerme olvidar el antojo de pescado.


En el banco habían tres clientes más; una pareja de esposos y un hombre demasiado viejo para interesarle el shorcito de Selmira; en cuanto a la pareja, la esposa parecía tener bien controlado al marido; que solo tenía (obligado) ojos para el plato de timbuchi que había pedido la esposa para él. Para ese momento, Selmirita ya era una “modelo” paseando por la pasarela de un desfile de bellezas organizada por el colegio Sagrado Corazón, y para cuando ya éramos amigos, mi pescado, ya frío, estaba por la mitad, el inguiri engarrotado y el cajué seguramente helado. Yo Había dejado de comer. “¿No te ha gustado mi pescado?”, me preguntó doña Matuca, con un tono que no supe si era de burla o de reproche. “Estaba rico”, le contesté, “pero medio que ya se me jue el hambre”. Doña Matuca siguió atendiendo a sus clientes, Selmira seguía encargada de la tushpa y sirviendo los platos. Por momentos, Selmira se secaba el sudor con un trapo de cocina. Yo ya estaba convencido de que me había enamorado. “¿Cuántos años tienes?”, le pregunté, y ella me respondió: “¿para qué ya pues quieres saber?”; “tengo curiosidad”, le dije; “bah, mirándome nomás estás, ¿di?, ni siquiera has terminado tu pescado. No te voy a decir…”, me contestó con una sonrisa que me pareció una invitación al cine. “¡Te invito al cine!”, me mandé de hacha; y al parecer lo hice en voz muy alta, porque doña Matuca y los ahora cinco clientes (hasta el marido pisado) levantaron la cabeza como si fueran un coro de mitras. Me quedé callado (medio avergonzado), esperando una respuesta que llegó un rato después (que a mí me pareció un eternidad); “tengo enamorado”, me dijo. El “coro de mitras” se deshizo y cada uno de ellos volvió a su plato. Yo quedé mudo; toda mi fantasía juvenil se vino abajo. Ya me había hecho a la idea que Selmira era una virgen vestal que los dioses me habían puesto delante para probar mi hombría.


Me puse a comer el resto de la palometa, el inguiri engarrotado y el cajué helado, callado, como en castigo de idiota. Pensaba que esta situación era tan tonta como la vez en que me declaré por carta a una chica que había conocido en Requena, mientras visitaba unos parientes; no me había atrevido a declararle, cara a cara, que quería ser su enamorado. Aquella carta había recorrido por todo el pueblo, de tal manera que cuando al siguiente año regresé de visita, todo el mundo hizo mofa de mí. 


Terminé de comer y le pagué a doña Matuca lo que había consumido; cuando me recibió el dinero, me pareció ver una cara de “tecompadezcohijito”, dibujado en su rostro. “La próxima vez ven con más hambre”, me dijo, “el pescado estará calientito”, luego siguió atendiendo a los nuevos clientes.


Justo al pararme y cuando me disponía a caminar hacia mi casa, Selmira se acercó llamándome: “Joven, joven… no me has dicho cómo te llamas”, “me llamo Chacho”, le dije (y no pude decir más). “Mira”, continuó, alargándome su brazo y entregándome algo envuelto en hoja de bijao, “toma esta bolita de tacacho que te he hecho; te va a gustar”, luego, con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro, agregó: “regresa el otro domingo, creo que voy a terminar con mi enamorado”.


Saludos amigos

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