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viernes, 12 de agosto de 2016

El ciclo mítico de Raco











En la altiplanicie de Bombón, la más alta del planeta, donde el viento silba, enseñoreándose en su inmensa superficie plana, está ubicada la majestuosa laguna de Chinchaycocha, de nueve leguas de largo por cinco de ancho. De uno de sus bordes brota una lengua de agua que poco a poco se va extendiendo hacia el extremo sur. Aunque su aspecto es el mismo que todos los arroyos de montaña del mundo, con sus corrientes cristalinas, forma el legendario Mantaro. En su lugar de nacimiento las aguas son transparentes, heladas y de poca profundidad, mas, según desciende de la montaña, se le van uniendo otros riachuelos tributarios para formar más tarde el hermoso y ubérrimo valle del mismo nombre.

Esta inmensa planicie que ininterrumpidamente se alarga desde la cima hasta las estribaciones del Nudo de Pasco, está rodeada de imponentes cordilleras coronadas de nieves eternas. En el extremo sur de esta gran llanura, como un gigantesco otero, se levanta un cerro desde tiempos muy antiguos que se llama Raco, que quiere decir “gordo”; es decir, “cerro gordo”.

Cuentan que en tiempos inmemoriales, Raco estaba muy junto a otro cerro llamado Yacolca, que era su hermano, hijos del dios Jirka Yaya. Andado los años por primera y única desavenencia habida entre ellos, Yacolca decidió retirarse a otro territorio, cercano a Andajes. Desde entonces, Raco quedó solitario en pleno territorio pasqueño, adorado como el dios bienhechor de las comidas. No era para menos. En un lugar inhóspito, castigado por vientos helados e hirientes, donde no crece planta alguna y todos los cerros son llanos y pelados, cubiertos solamente con paja brava, hizo que creciera un solo fruto, motivo de una verdadera veneración por constituir un milagro.

Quienes han tenido el privilegio de hablar con los gentiles de los pueblos, revelan que Raco, al ver que solo de carne se alimentaban los hombres de estas alturas, en uso de los poderes que le había concedido Jirka yaya, decidió hacer germinar un fruto que no solamente los alimentara, sino también los hiciera fuertes, poderoso y fértiles. Para ello, formó una semilla amasada de nieve, de rayos de sol, de minerales, y de reflejos de arco iris. Concluida la tarea, Libiam Cancharco, el imponente trueno, le dio un soplo de vida; luego Yanamaran, la generosa lluvia, lo regó pródigamente. Después de doce meses, de la siembra a la cosecha, soportando estoicamente los duros contrastes de las temporadas que dominan estos niveles (por un lado el intenso frío y las fuertes heladas nocturnas y, por otro, la insolación quemante de los mediodías) aparecieron sobre la faz de la tierra, esparcidas a ras de suelo, como verdes penachos del fruto mágico, abundantes manojos de arrosetadas hojas. 

A partir de entonces, los agradecidos hijos de las alturas, efectúan significativos ceremoniales en la siembra de la semilla del prodigio. Con hermosas melodías tocadas por quenas, antaras, pincuyos y tinyas, los sembradores sotierran una piedra una piedra de más o menos un tercio de largo que representa a Raco, denominada huanca, rodeado de un manojo de ichu doblado en dos, con las puntas dirigidas a la superficie; luego, para que la semilla aprenda a crecer, entierra la pitacocha (una papa traída de los valles cálidos y partida en dos) y juntos, unos panecillos denominados parpa y tantalla; también abundantes mazamorras, llamadas ticti, exuberantes hojas de coca y chicha en profusión. Todo esto se hace pidiéndole a Raco prodigalidad en la cosecha y buena calidad de la mina. 

Transcurrido al año, cosechan el fruto prodigioso en abundancia. Parecido al rabanito, tiene algunos colores que el arco iris le ha conferido: amarillo, morado, blanco, gris y matices intermedios; la suavidad que los lampos de la nieve le ha transmitido; la dulzura de la chicha; el intenso calor del sol de las alturas que le permite con eficiencia curar los males respiratorios, las dolencias reumáticas y las deformaciones del bocio. Pero lo más notable de este fruto altamente revitalizador estriba en que, amalgamando los poderosos minerales de la Pachamama y fundido por los atronadores ramalazos de Libiam Cancharco, su poder fertilizante es verdaderamente prodigioso. Lo que el fruto toma de la tierra lo da a los hombres y mujeres. En estas cósmicas regiones no se conoce la esterilidad. El milagro mágico de los dioses se llama: maca.

(*) Leyenda tomada del manuscrito que data aproximadamente del año de 1613, titulado “Errores, ritos, supersticiones y ceremonias de los indios de la provincia de Chinchaycocha a pedido del misionario jesuita y extirpador de idolatrías, padre Fabial de Ayala, y conservado en los archivos de la orden religiosa católica la Compañía de Jesús en la ciudad de Roma, Italia. La transcripción del manuscrito fue realizada, comentada y publicada por el estudioso francés Pierre Duviols en la revista Journal de la Societé Des Américanistes (Année 1974, volumen 63, número 1, pp 275, 297)

Tomado del Libro: Leyendas Peruanas Para Niños de Félix Huamán. Ediciones San Marcos. Año 2013


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