miércoles, 5 de diciembre de 2012

El "Gordo" Padilla



Fuente: Wikipedia
Todos los que tenemos pasión por los libros viejos nos hemos topado alguna vez con un personaje que parece salido de los dipsodas que la imaginación portentosa de Rabelais nos regaló: el gordo Padilla.
Padilla solía vender sus libros de segunda mano en Jesús María. De día a la espalda del Ministerio de Trabajo, en un puesto enorme y desordenado como él; de noche, en un remate en las inmediaciones del mercado del mismo distrito. Allí, en el puesto del gordo Padilla, compré algunos de mis mejores libros, entre fines de los ochenta y fines de los noventa. Debo a tal personaje auténticas joyas literarias, ediciones príncipe, y uno que otro catálogo de pinturas que jamás hubiera conseguido en otro lugar y a esos precios. Explicaré por qué. 
El gordo Padilla bebía de mañana. El gordo Padilla bebía por las tardes. El gordo, por las noches, a merced ya de Baco bramaba imprecaciones contra Dios, contra el mundo, contra la usura, contra sí mismo y –felizmente para sus clientes–, de rato en rato soltaba precios increíbles por sus libros: Malcolm Lowry, Bajo el volcán: 8 soles; Mito y epopeya, de George Dumezil: 15 soles; Los sonámbulos, Hermann Broch: 7 soles; César Moro, Poesía Completa: 8 soles; El Quijote, edición facsimilar en dos tomos: 18 soles; Luis Hernández, Poesía Completa: 10 soles. El gordo era (es), muy generoso, o la locura, esa vieja sinuosa y obsesiva, flirteaba descaradamente con él. 
Yo creo que ambas cosas son ciertas. Había que ver como regalaba libros a los niños de la calle y los invitaba a almorzar; y, por otro lado, con que suma incongruencia a veces quitaba el libro que acababa de vender a un cliente, para dárselo a otro, sin mediar explicación alguna.
Lamentablemente desde hace buen tiempo el puesto del gordo no está más. Algunos integrantes de esa comunidad implícita de “buceadores de libros” que hay en Lima (Marcel, Pepe Medina, Rivera, el “loco” Salazar, entre otros), afirman haberlo visto a la salida de la Filmoteca, muy de noche. Otros juran haberle comprado libros en no sé que calle de Independencia. Lo último que escuché de él es que aparecía esporádicamente en el mercado de Magdalena, bien vestido, limpio y cosas veredes, Sancho ¡sobrio! Yo no sé. En este país de “bolas” y chismes no todo se puede creer.
Fuente: WEB La Jornada
Mejor quedémonos con una conocida anécdota que habla de la extraña nobleza de nuestro personaje: una mañana de verano, Padilla terminaba de colocar sus libros sobre la mesa cuando apareció una chica cimbreante y voluptuosa, preguntando por un insulso libro de “autoayuda”. Casi inmediatamente nunca faltan, apareció un marchante ocasional que empezó a “afanar” a la cliente delante del gordo, con desparpajo supino. 
Padilla, al ver que la muchacha se incomodaba con el hecho, cogió un libro de tapas rojas, arrancó una de ellas y, sosteniéndola en el aire con indignación, soltó un silbido como de pito de referí, y luego exclamó: Tarjeta roja; expulsado el “jugador”. El flirtero ocasional, sorprendido y avergonzado, no tuvo más remedio que dar media vuelta y retirarse, mientras el librero y la mujer se mataban de la risa intercambiando miradas de connivencia. Éste es el gordo Padilla, vendedor de libros.






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