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martes, 6 de diciembre de 2016

Manchitas







Ella gustaba que la llamaran Luciérnaga. Es que en una oportunidad la llevaron de viaje a la selva, y una noche vio millares de puntitos luminosos que flotaban en el aire. Le dijeron que esas luminiscencias saltarinas eran las luciérnagas.

Luciérnaga tenía siete años. Una mañana lluviosa al mirar por su ventana vio un perrito que se apretaba contra la fachada, es que buscaba cobijo. Cuando la lluvia cesó, la niña abrió la ventana y descubrió que el perrito continuaba allí. A medio día Luciérnaga salió con su mamá. Vio al perro que se mantenía debajo de la ventana. Era de pelambre blanca con sus manchitas marrones. Ella le pasó la voz y el perrito agitó la colita. Ya de regreso a casa se acercó al animalito. Lo cargó y le dijo a su mamá: Es bonito, hay que darle una casa. La mamá inicialmente se resistió, pero pasados unos minutos convino en que se adoptara al perro de manchas marones. Le pusieron de nombre Manchitas.
Manchitas se alegró. Ladró y saltó de puro contento. Ahora gozaba de la compañía de una familia. Pero he aquí que el perrito tenía muchas pulgas. Fue bañado con pulcritud, y las pulgas desaparecieron de su cuerpo.

Al día siguiente, una señora llegó de visita a casa. Pasados unos minutos empezó a rascarse el brazo, los hombros, las piernas. Las pulgas habían invadido la sala. Por la noche mientras la familia veía televisión, el papá de Luciérnaga se rascaba los brazos. Eran las pulgas. Lo peor fue que invadieron también el dormitorio y la cocina. ¿Y ahora?

Luciérnaga se sentía responsable. Si ella no hubiera traído al manchitas la casa no se hubiera llenado de pulgas. Una vecina aconsejó un preparado, este consistía en agua caliente con un poco de aceite de oliva y unas gotas de lavanda. La vecina afirmaba que era un remedio eficaz y había que rociarlo en las esquinas de las habitaciones. No funcionó.

Una tía recomendó ahogar las pulgas con detergente. Para esto se colocaba una vela encendida en medio de un recipiente el cual se llenaba de agua con detergente. El truco era hacerlo de noche, entonces se apagaba la luz y las pulgas serían atraídas por el brillo de la llama. Se hizo el ensayo, efectivamente una fila de pulgas iban saltando al interior del recipiente, algunas se ahogaban, pero otras flotaban y hasta parecía que nadaban. El caso, es que la plaga continuó.

Un día, Luciérnaga escuchó en el colegio el cuento del Flautista de Hamelín. Era la historia en la que un joven tocando melodías con su flauta liberó de una plaga de ratas a la ciudad. Es que los roedores quedaron hipnotizados con la melodía del flautista y comenzaron a seguirlo y este avanzaba en dirección del bosque y finalmente la plaga terminó ahogada en un río.

Luciérnaga se dijo, haré como el flautista, pero ella no tenía flauta alguna, además no sabía tocar melodías. Eso sí, tenía un tambor de esos de cuerpo de metal y se imaginó que si una flauta funciona, pues un tambor también. Todo consistía en practicar y encontrar la melodía que hipnotizara a las pulgas. Así que se puso a ensayar. Fueron días y días. El manchitas siempre le acompañaba. A veces parecía como que marchaba al son del tan tan tan.

Una tarde, al tocar el tamborcito, se vio en el piso como una mancha marrón que se mecía al ritmo del sonido. Las pulgas disfrutaban del compás. Luciérnaga había encontrado la percusión ideal. Fue a buscar a su abuelita y le contó su hallazgo. La abuela le dijo, prepara todo y el domingo te acompaño.
Llegado el domingo, nieta y abuela se levantaron tempranito. Avisaron que irían a buscar el pan, pero en una panadería muy lejana, donde se decía que vendían unos cariocas que no solo eran crocantes a las mordidas sino que tenían sabor a mantequilla. Luciérnaga sacó el tambor y se puso a tocar. La abuela sostuvo la puerta que daba a la calle para que no se cerrara. Se escuchaba el tan tan tan. Las pulgas saltando seguían al compás, iban por las calles abuela y nieta y las pulgas detrás. Caminaron varias cuadras hasta llegar a una avenida por donde circulaba un viejo canal de regadío. Cruzaron las dos caminantes un puentecito de madera. Luciérnaga seguía tocando, ahora con la cara frente al canal. Las pulgas siguieron la percusión y terminaron ahogadas en el agua de regadío. Esa fue el final.

Regresaron a casa, con una bolsa llena de pan, un frasco de mermelada y también queso. Había algo que celebrar el término de la plaga de pulgas.

Han pasado muchos años desde que ocurrió esta historia. Luciérnaga ahora ha formado una organización para proteger a canes y felinos. El objetivo es crear conciencia entre las personas para que cuiden a sus mascotas.

FIN.
Autor: Carlos Torres.

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