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domingo, 6 de noviembre de 2016

La "Pishta"





-"Nuestros mayores desfloraban el sexo de los chicos varones. Muchos morían por eso. Después se hizo lo mismo con las mujercitas y ellas no se morían. Cuando son madres, después de las "Pishta" tampoco se mueren. Así afirmó una vieja shipiva la Tita Nunshán Huasarama, que aseguraba ser la nieta de un patrón- huiracucha. Sería por eso que se mostraba solícita ante los blancos y mestizos. Sus hijos y sus nietos eran igualmente solícitos y hospitalarios con las "nahuas" (gente de otra raza). Ellos hicieron posible que espectáramos, una y otra vez, la sangrienta y brutal "Pishta" de los shipivos del Pisqui.

La "Pishta" es el preludio de la fecundidad selvática. Un rito sagrado que los shipivos conservan desde la noche de los tiempos. Es un culto a Eros y a la maternidad precoz. Es el holocausto de las vírgenes sacrificadas en aras al vínculo conyugal. Es el paso inicial al tiempo del amor prematuro: un proceso acelerado hacia las funciones naturales de la procreación.

Ese preludio de la fecundidad se origina en el ansia de preservar la vida de las madres jóvenes para perpetuar la especie siguiendo los ritos ancestrales de la tribu y no trasgredir los secretos de la fatalidad recibidos como herencia vital.

Para rendir culto a Eros y a la Maternidad la familia de los shipivos dedica muchas lunas a prepararse para la tradicional "Pishta". Meses tras meses hacen acopio de bebidas exultantes, de animales salvajes criados con afán, de adornos y aderezos personales para la gran orgía, para los duelos sangrientos, para los desenfrenos báquicos. Dentro de ese cuadro siniestro se realiza el sacrificio de las vírgenes para que el dios amor sea propicio.

Toda la molicie de los shipivos se quiebra ante el incentivo de asistir a ese drama tremendo, a la fiesta de las fiestas, a la cruel barbarie de la "Pishta". Los esfuerzos y energías de hombres y mujeres se unifican allí. Burdos trapiches de masas horizontales crujen día y noche moliendo montañas de caña dulce. Extraen el jugo que ha de convertirse en guarapo burbujeante y en "ventisho" avinagrado. Niños ventrudos y glotones se dan su hartazgo de caldo dulzón. Las complacientes abuelas, madres y tías hierven los torrentes del trapiche en odres negros para fermentarlos en inmensos cántaros reforzados con geométricas ligaduras en previsión para que no escaseen. Abundan los catadores que entre prueba y prueba dan buena cuenta del guarapo destinado a la "Pishta". Mas trabajo, nuevas moliendas, relevo de gente para superar las deficiencias, para reponer el licor consumido a destiempo.

Tambores, bombos y timbales renuevan por doquier. Irrumpe la alegre sinfonía en la casona donde se realizará la "Pishta"; esta luna o la otra luna tal vez. Nadie sabe cuando, ni los propios organizadores. Pero el llamado de los tamboriles sigue resonando, como un mensaje distendido sobre la fronda rumorosa y las brisas del río, como lanzando a todos los ámbitos la invitación: ¡Que vengan todos... que vengan todos... todos a danzar... todos a beber! Otros bombos y tambores transmiten el llamado en cadena infinita hasta el último confín. Como un manguaré amazónico alertan y alborotan a todos los que escuchan y vislumbran el vuelo de una paloma mensajera. 

Generando así el ambiente de fiesta, zarpa el "Chaniti" (los heraldos de la "Pishta"). Unos van aguas arriba y aguas abajo -los otros- a tambor batiente y bocina en boca, con su cantar de sirena fascinante. Los ceremoniosos heraldos llegan a las casonas de los grupos familiares distantes con su típico atuendo personal: pañuelo blanco ceñido a la frente chata y suelto atrás, flotando como alas blancas de garzas prisioneras que intentaron su vuelo a playas lejanas; lucen cushmas o "taris" recién salidos del telar hogareño, amplios collares polícromos de chaquira primorosamente combinada pecheras de espejeantes abalorios ostentando medallones de plata. Las tembletas o "curis" de metal pulimentado pende de la nariz y del labio inferior dibujando un signo de admiración de una escritura que el "Chaniti" desconoce. Los "ushates" o corvos, brillantes y filudos, van terciados a las espaldas. Con esa indumentaria y con la macana en alto el heraldo salta a tierra, ágil y sereno, sin inmutarse ante el vocerío ensordecedor de los visitados.

Con aparente hostilidad y actitudes agresivas bien fingidas los dueños de casa reciben al "Chaniti". como en son de guerra que se aplaca ante el sortilegio de las pequeñas dosis de guarapo.

-Está fuerte... está bueno... con eso nos emborrachamos... es el comentario gozoso de los invitados.

¿Cuándo podemos ir a la "Pishta"? -¿Ahora? -¿Mañana?
-Iremos cuando regrese de hacer el convite en la última casa.
-Yo quiero ir... a ver a mis otras mujeres.
-¡Mentiroso! -Te cortarán la cabeza sus maridos.
¿Verdad? -¡Que me corten!, para eso soy muy macho.

El "Chaniti" parte dejando tras de sí un duelo verbal entre tantos maridos y mujeres, entre los arrestos varoniles de los socarrones y los gimoteos de sus consortes. Se ha prendido ya la chispa del desasosiego y todos ansían que el "Chaniti" no tarde mucho. Hay vehemencia por partir rumbo a la "Pishta"

El escenario de la "Pishta" se ha dispuesto prolijamente. Ya están listas las escalinatas del puerto. El amplio patio invita al ceremonial. Las ventrudas tinajas de guarapo esperan a los consumidores. Una cruz blanca de palo de balsa se yergue, como lugar del sacrificio de las huanganas en la noche del festín.

A tambor batiente y bocina en boca el "Chaniti" anuncia su retorno. Inmensas caravanas de canoas repletas de indios nerviosos se detienen en las cercanías para vestirse con sus mejores galas. En la casona de la "Pishta" resuena incesante el son alborozado de los timbales, repitiendo su onomatopéyica invitación: ¡Que vengan todos... que vengan todos...! -Todos a beber... todos a beber...

El desembarco de la caravana parece un conato de lucha feroz entre invasores y defensores. La algarabía se intensifica cuando resuena la voz de bienvenida: "Wuecán bakebú" (vengan muchachos); Wucán nun kaibibú (vengan nuestros paisanos); hué papá yuri (ven abuelo); hué chay (ven cuñado). Hombres y mujeres se enlazan en amplios cordones de fraternidad encaminándose hacia los tinajones repletos de licor exultante. Cada cual se sirve a su antojo, locupletando los ceramios especiales hechos para la "Pishta". Las libaciones desatan la euforia salvaje entre estruendosas carcajadas y hurras chillonas.

Las pequeñas vírgenes que van a ser sacrificadas forman conjuntos  danzarines hasta caer rendidas en el frenesí de sus danzas. Ellas imprimen en vértigo al coro que se distiende y apretuja, se une y se deshace, siguiendo el tintintín de sus cascabeles que lucen como cordón nupcial. Cantan y bailan dando calor y vida a sus sonajas metálicas y a las campanillas vegetales dispuestas en brazaletes, collares y zarcillos, siguiendo el ritmo de esas panderetas accionadas por las contorsiones de músculos y caderas dan nuevos giros a la danza, siempre cambiante, siempre a trote ligero, siempre dislocada por la caprichosa dirección impuesta por las pequeñas novias, ávidas de placer y predispuestas al marido que las espera en el cadalso de la "Pishta".

Vencidas por la embriaguez de la danza, las vírgenes disuelven el coro prorrumpiendo atiplados gritos de victoria. Las viejas madrinas, las expertas cirujanas, avezadas en la crueldad de sacrificar vírgenes tan tiernas, las acunan amorosas en sus faldas. 

Los hombres dejan sus veleidades báquicas para cumplir con el ceremonial de los pífanos. A paso tardo arrancan las notas discordantes de sus cañas huecas. Recorren el escenario como invitación para que los otros se acoplen al coro para entonar la clásica canción litúrgica, llena de ovaciones del pasado, de sátiras y de ironías. Invocan al gran Dios, se burlan de la llegada de los hombres blancos y rematan en angustiosos clamores:

"Deja que venga el gran dios; deja que venga el gran dios.
Todos los veranos llegan garzas blancas.
Desde lejos vienen pensando.
Todos los inviernos garzas negras van.
Vengan... vengan y vuelvan todos"

Las mujeres danzan y cantan haciendo reverencias a la luna. Simbolizan la fortaleza del varón en la vida legendaria del motelo: Y ellos cantan la gracia y el encanto de ellas comparándolas con los monos astutos.

Terminan las danzas con estrepitosas exclamaciones de júbilo. Atropelladamente retornan a los bebedores, allí se desata la locuacidad de los beodos, cual bandadas de loros y paucares parleros, augurando la próxima tempestad. Unos decantan sus proezas pasadas; otros proclaman su coraje imbatible ante hombres y fieras. Se lanzan retos a través de riñas, rematando en conatos de lucha plural.

-¿Quién puede amansarme a golpes?
-¡El tigre no es furioso... Yo soy más furioso que él!
-Tú eres inútil y cobarde, eres como las mujeres.
-¡Atashay Chamá! Soy un hombre. Soy marido de tu mujer.
-Ven acá Puecón Biri (pajarito brillante). ¡Di su verdad!
-¡Mentira! -Solo una vez abusó de mi, en otra Pishta.
-¿Eres burlador, eres valiente? ¡Entrega la cabeza cobarde!

Injuriando y blasfemando el ofendido se abalanza contra su rival con el "ushati" en alto. La presunta víctima baja la cerviz, sereno y callado. Súbitamente varias mujeres se interponen entre ambos y los separan atándoles de la cintura a los macizos pilares. No crean las amenazas ni los arrebatos bravucones. Sus impulsos  y bríos dan en tierra con los ardorosos luchadores. Se incorporan vuelven a caer hasta que las ligaduras ceden a sus esfuerzos. El marido burlado con un salto felino zanja una y otra vez la testa del burlador, quien levanta la frente altiva, cubierta de sangre, recitando en voz alta su condición de seductor que paga así el amor prohibido, sin rehuir el duelo ni sus dolores. Ha cancelado en público, la ofensa inferida. Con un alarde inútil de hombres pide a gritos destemplados que le den de beber. Pero cae exánime entre los brazos del círculo de mujeres que las socorren.

La sangre vertida enardece los ánimos y se extiende la lucha por doquier: hombres contra hombres, mujeres contra mujeres, bandos irreconciliables que defienden tanto al burlado como al burlador. Mas leña ponen en la hoguera las histéricas hijas de Eva. Se mechan retorciendo las hirsutas grenchas y ruedan nen un cuerpo a cuerpo delirante, con olvido supremo de recatos, pudores y verguenzas femeninas.

Aquí y allá se ha generalizado la lucha campal. En vano las ancianas previsoras han ocultado las macanas. Pelean a trompones limpios, duelos horrendos con filudos "ushatis", exaltan las pasiones crispadas de odio, se enardecen ante la complicidad de las luces y las sombras del crepúsculo teñido de rojo y de manchas. Las frenéticas riñas se tornan ciegas: un amigo maltrata a otro, este hijo hiere al padre, jóvenes derriban a viejos. El paroxismo, la lujuria y un verdadero caos han impuesto el imperio de la orgía brutal. La furia salvaje va dejando tras de si espectros bañados en charcos de sangre, gentes agónicas sin memoria del dolor; ecce homos yacentes de aspecto macabro, ahogándose en los estertores de la muerte.

Bramidos ensordecedores, quejidos angustiosos, imploraciones sordas, todo se junta en una sinfonía diabólica, cobrando en las gargantas humanas acentos escalofriantes de silbidos de serpientes, de bramido de otorongos, de traqueteo de colmillos de huanganas enloquecidas. La selva misma parece estremecerse de espanto y se convierte en caja de resonancia de esa tempestad de pasiones y orgías sin freno, que agitan y sacuden las cimientes del bosque estremecido de horror.

En ese marco tenebroso, engastados por pasiones desenfrenadas por histerismo que todo lo absorbe y anonada, por los más execrales excesos báquicos, se cumple el rito del sacrificio de las bestias salvajes, de las huanganas que de tiernas fueran amamantadas en los exuberantes pesones de las indias. El pelotón de cazadores está ya dispuesto con arcos tendidos y flechas agudas dirigidas hacia la víctima propiciatoria que ha de morir al pie de la cruz en holocausto al tótem de la casa y en obsequio al instinto carnívoro de la tribu. Los dardos atraviesan la dura carne dela bestia arrancándole alaridos dolorosos. Se debate en la agonía con dentelladas sonoras, intentando atrapar entre sus colmillos espumosos a sus victimarios. Y así trémulo de rabia, sacudiendo las flechas que se agitan como largos dedos abiertos hacia el infinito, el primer matador carga su ofrenda y la arroja sobre una amplia estera. Las mujeres se sientan sobre la bestia convulsionada y una a una van extrayendo las flechas para devolvérselas a los cazadores como trofeos bien ganados.

Sin esperar que la muerte acabe con la bestia, las mujeres descuartizan con gran precipitación. Las mas atrevidas arrebatan las mejores tronchas y se genera así otra manzana de la discordia.

Las que arrebatan las mejores tronchas las exhiben en alto y con jactancia y como retando exhiben en alto y con jactancia y como retando pregonan su triunfo: ¡Oigan... Oigan! ¡Yo he llevado la carne! ¡Yo he llevado la carne! Una avalancha de mujeres disfrutan la presa codiciada en duros combates, extersionándose las revueltas cabelleras. Ululantes se disputan la carne que pasa de mano en man, llena de polvo, de sudor y de babas.

Siguen las libaciones, las riñas, los duelos, los cortes, las batallas campales. Un coro de niños ejecuta su ronda infantil repitiendo su cándida ilusión: "Mi tirante de oro... mi tirante de oro. Mi motor con alas. Mi vapor con alas. Tiene diez motores. Tiene diez chimeneas. Tiene diez alas". -Ante ese estímulo se reinician nuevos cordones de danzantes, cadenciosos al principio y agresivos después. Se despliegan en marchas envolventes chocan se repelan, diluyéndose en parejas tambaleantes que se caen y revuelcan en un espasmo de asfixias y agonías generales. La salvaje bacanal y la orgía de lodo y sangre se engasta en el afán libidinoso apenas contenido y desatado ya en una marejada grosera de fieras que se enlazan y se devoran en las sombras de la noche.

Mas allá de esa turbonada de erotismo bestial de ese remolino infrahumano, bajo las matas de los plátanos que circundan el bullente escenario de la "Pishta", se ha levantado el ara silvestre para el sacrificio de las vírgenes. Los jóvenes pretendientes  con una quietud de íconos grotescos, mantienen en alto las antorchas o "shupihuis" de copal para que las viejas sacrificadoras emplean su función ritual . Las asistentes mantienen los fogones y todos los instrumentos burdos para el sacrificio.

Las infelices criaturas yacen en los brazos de sus madrinas. Sus endebles muslos están ya atados sobre unas canaletas de palo de balsa y leves estremecimientos intentan su protesta inútil. La famélica arpía ha cubierto con su pelambre enmarañanada el campo de la operación. Su diestra sarnosa ha comenzado a extirpar el clítoris vaginal con una filuda astilla de paca cortante. Tenues palpitaciones de un dolor estrangulado por la catalepsia provocada por brebajes y menjunjes de la farmacopea india se acallan con el desmayo total de la pequeña víctima cuya sangre virginal tiñe la mano implacable de la bruja. Con un riego de agua tibia y aplicando el cauterio de cáscaras de plátano asado a la brasa, la sacerdotisa logra contener la hemorragia. Un sacudimiento, un hondo suspiro y un sollozo estrangulado hacen tremolar el cuerpecito desgarrado de la víctima, sumida en las faldas de la madrina y entre el espectro de la avezada vieja que ha consumado tantos sacrificios al amor y a la fecundidad precoz de la tribu.

Otra sacerdotisa simiesca y diabólica está repitiendo mas allá idéntica crueldad, ante la mirada idiotizada de pretendientes y madrinas convertidos en sombras siniestras apenas iluminadas por las antorchas de copal, hechas de aumerio y hambre de aquel culto primitivo y sus rituales horrorosos de barbarie sin igual. Y cuando las vírgenes inmoladas van saliendo del influjo del narcótico, nuevas dosis del guarapo avinagrado prorrogan su insensibilidad. Las mismas sacerdotisas rematan el ceremonial aplicando una sonda vaginal de barro recocido, sujeto con ligas ásperas a los muslos y a la cintura. Se ha cumplido así la ofrenda de las vírgenes inmoladas en el holocausto de los males tutelares de la tribu. Las hijas del Sol y de la Luna; las víctimas propiciatorias del erotismo de concupiscencia y la fecundidad tropical han penetrado ya por los umbrales de la barbarie en el templo del amor prematuro, en los secretos de la vida conyugal, en el arcano de la vida y de la muerte del destino humano.

El alba sorprende a las sacerdotisas al pie del ara del sacrificio de las vírgenes. Las madrinas entregan sus preciosas cargas a los pretendientes que han sellado ya el ritual del matrimonio. También ellos han participado en la orgía de sangre, han rendido culto a la procreación en tanto que los otros solo han hecho ofrendas a Baco para saciar sus apetitos de lujuria y de lodo sin participar en el acto culminante y cruelísimo de la Pishta.

"Antes las madres jóvenes morían al dar a luz. Con la Pishta todas alumbran sin dolor y sin peligro de muerte" -es la afirmación rotunda de las sacerdotisas, de las madrinas y comadronas, que callan sus secretos de reducir el feto en el vientre de las madre.

FIN

Mitos y Leyendas, mitología Chama, de: Francisco Odicio Román. Año 1969. Páginas 49 a 60.












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