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miércoles, 4 de mayo de 2016

La Casa Voladora





No supieron cuál fue el motivo, total a ninguno de los dos les interesaba averiguar cuál fue la causa. Lo que sucedió es que separaron sus manos y la sonrisa de sus labios desapareció. Andaban como dos desconocidos, y no como los enamorados que se habían jurado estar en las buenas y en las otras no tan buenas.

Caminaban en la misma dirección porque no tenían otra opción. No es que se sintieran en compañía el uno con el otro, era lo que había como rutina. Caminar juntos, pero sentirse totalmente distanciados el uno del otro.

Eran ya las 9 de la noche. Estaban entrando a la Plaza San Martín. Enrumbaron a la calle Belén. Mientras se acercaban a Quilca, algo los detuvo. Una pareja vestida de negro convoca a que el público se acerque. Él llamador era alto, ella su compañera tenía una gran sonrisa. Unas lucecitas de colores alumbraban un marco de madera que semejaba una gran ventana.

Dos muñecos, de trapo, o de papel, estaban sentaditos. Eran dos títeres. El uno no miraba al otro. Era como si los títeres estuvieran peleados. Los enamorados que caminaban juntos pero distanciados se identificaron con esos muñecos. Uno era un él, el otro, era una ella. Comenzó una melodía. Los muñecos cobraron vida. Hacían gestos, hacían mohines. De pronto el títere Él, abraza a la títere Ella. Ambos se dan un beso y vuelan hacia las estrellas. Aplausos de los espectadores.

La vida te quita, pero también te da. Esos dos que llegaron separados el uno del otro, vivieron la escena de los muñecos como un motivante para volver a caminar juntos y unidos. El la abrazó. Ella inclinó su cabeza sobre el hombro del compañero. Ellos se dieron un beso y partieron tomados de la mano, y también caminando con rumbo a las estrellas.

Autor: Carlos Torres

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