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viernes, 27 de marzo de 2015

El amortiguador


Trabajaba yo en una empresa distribuidora de auto-apartes, y estaba encargado del soporte técnico en baterías. Un viernes, mientras marcaba mi tarjeta de ingreso, vi un comunicado que estaba colgado en el pizarrín firmado por el Gerente de Ventas y decía: Hoy viernes 28 a las 7 PM deberán asistir todos a una charla técnica que impartirá la fábrica de amortiguadores “Mundial” en el auditorio del hotel Libertad ubicado en la cuadra dos de la calle Colón del distrito de Miraflores.

Mi trabajo terminaba a las 6 de la tarde, y ese día ya había convenido con un amigo para ir a un bar cultural, donde cada último viernes de mes se presentaban aspirantes a comediantes. Yo disfrutaba de ese espectáculo. Bueno, también había la posibilidad de conocer alguna chica. Así que el mandato de ir a escuchar una charla técnica de amortiguadores pues no me provocaba ninguna expectativa.
Salí del trabajo y acompañado de mi colega Mauro llegamos al Libertad. Ya había asistencia de oyentes. Reconocimos a algunos vendedores de las empresas de la competencia. Nos ubicamos, y a esperar que se diera inicio a la charla. Yo seguía pensando en lo de los comediantes.

Se inició el evento con una aburrida exposición sobre el historial de la empresa Mundial. Luego, fue presentado el charlista técnico, era el ingeniero de planta Raúl Meneses con más de veinte años en el campo de los amortiguadores. Comenzó su disertación recomendando que se prestara la debida atención al producto amortiguador, ya que no solo brindaba seguridad en el manejo, si no también confortabilidad para quienes viajaban en el automóvil, camioneta o camión.

El tipo exhibía mucho saber, y a su conocimiento aunaba una gran capacidad de comunicación. La charla era de gran factura. Llegó la ronda de preguntas, y aquí el expositor se lució hasta niveles impensados.

Pregunta: “¿Qué puede decirnos del ruido en el amortiguador?”.

El ingeniero sobre la marcha respondió: “Esa pregunta requiere una precisión, ya que debe especificarse el tipo de ruido. Cada variante del desperfecto sonoro demanda una solución diferente. Existen diez tipos de ruidos en un amortiguador: silbido, chillido, gorgojeo, pitido, soplido, trepidación, soplido, vibración, ruido seco y finalmente ruido impulsivo intermitente”... Que tal tipo, me dije. El auditorio, estaba excitado con la elocuencia del ingeniero.

Se acababa la charla. Fueron más de dos horas del tema amortiguador. En eso, un oyente levanta la mano, y dice: “Por favor, háblenos de los sellos del amortiguador Mundial. ¿Por qué son superiores a los de otras marcas?”

El ingeniero respondió: “Los sellos de Mundial, han sido desarrollados expresamente para un trabajo de elevada fatiga. El material del sello resiste la agresividad del aceite, y afronta con suceso el calor que se genera durante la operación del amortiguador. Es un jebe especial, de nombre: Acrilo-butadieno-estireno-neopreno”. Yo me dije: que tal facilidad para pronunciar nombres tan raros y difíciles, jamás había escuchado eso del Acrilo-butadieno y no sé qué cosas más. Este tipo, si que sabe.

Nos poníamos de pie. Dábamos por terminada la exposición, pero el ingeniero dijo: No se muevan todavía, hay una pregunta más. Y dio la palabra a un tardío preguntador: “Ingeniero usted dice que el material del sello es el jebe acrilo-butadieno-estireno-neopreno. Yo me permito preguntarle: ¿de que tipo: Alfa-beta caroteno32 o el nylon-criolón-poliestireno-difenil-acetato?”

El auditorio, volteo para ver quién preguntaba, e inmediatamente nuevamente volteó para ver al ingeniero. Este puso una cara de sorpresa. Quedo pasmado. Abrió grandemente los ojos. No supo que responder. Un anónimo oyente, lo había superado... finalmente, el ingeniero era un mortal.

(FIN)
Autor: Carlos Torres


Soy Narrador y Cuentacuentos. Para funciones y presentaciones, contactarme al fono 996583864, o escribir a: ctorres1000@yahoo.es

jueves, 18 de julio de 2013

En un bus


Iba yo en un bus, muy lleno. Sube una pareja joven, con un cochecito. Ella se sienta y su esposo, le da al niño. El bebé estira los brazos y sonrie. Era la manifestación de la vida, la gráfica de una esperanza. Al costado mío, dos tipos conversaban. Yo les escuché todo el trayecto. El tono de sus voces era alto, aunque no quisiera, les escuchaba. Hablaban de la pareja de uno de ellos. El casado decía: "Ya no puedo más. Nunca hablamos. Esto lo aguanto, solo hasta diciembre. Que diferencia con Lucía. ella siempre tenía tiempo para mi, me preguntaba como me fue en el día y me servía una sopa caliente". Yo me dije: ¿Qué habrá ocurrido, para que él y Lucía, se hayan distanciado?. Los amores, en veces, no duran para siempre. Mientras los escuchaba, yo de reojo volteaba a la izquierda. En uno de los asientos estaba una chica, quizás unos 30 años. Miraba las calles a través de la ventana. Apretaba una bolsa negra que tenía sobre sus piernas. No hablaba, pero su semblante se mostraba con mucha tristeza. De pronto en una de las veces de mi reojo, vi que unas lágrimas humedecían sus mejillas. Dios mío me dije, ¿qué penas estará afrontando?. Así que Chachi, en un espacio tan pequeño, como puede ser un bus, tenía la esperanza, el desencanto y la tristeza. Estoy convencido que Dios también viajaba en el bus, Él no deja solas a sus criaturas, así me lo enseñaron de niño, y así es.

Saludos.


sábado, 13 de julio de 2013

El Nacimiento de la Isla Boriken





Había una vez una punta de roca que viví en el fondo del Mar de las Antillas. Allí había estado siempre, desde el principio del mundo, medio enterrada en la arena y apuntando hacia arriba, en dirección a la superficie del mar. A lo largo de su milenaria existencia, un gran anhelo la había distinguido de las otras: quería crecer hasta el cielo.

Todos los que por allí vivían sabían de la extraña esperanza que alberga aquella antigua punta de roca. Pero todas las criaturas del fondo del mar opinaban que el deseo de la roca era un sueño inalcanzable. Pasaba por allí el pulpo, por ejemplo, y le decía: -Eso es imposible. Pasaba por allí la fina barracuda y le decía: -Eso es imposible, Pasaban las medusas como lánguidos pañuelos y le decían: -Eso es imposible.

La punta de roca no se resignaba. Con mineral determinación, persistía en su esperanza de salir a esta otra dimensión que nosotros llamamos aire.

Un día muy especial las cosas sucedieron de otro modo. Se hallaba la punta de roca meditando como siempre, cuando de pronto, un pequeñísimo cangrejo ermitaño se acomodó en un resquicio de su regazo de piedra para cambiarse de casa. El caparacho que hasta entonces le había servido de hogar ambulante ya le quedaba muy chico y no le dejaba crecer. así que, con una mezcla de alegría y de tristeza en el corazón, abandonó su caparazón para buscarse uno mejor. En lo que buscaba y encontraba, se quedó desnudo en medio del mar, expuesto a todos los peligros.

Este cangrejito no era como los otros cangrejos ermitaños. Le gustaban las fiestas, el baile, el vacilón. Al verse desnudo, se sintió tan libre de cuerpo y liviano de corazón que en lugar de seguir buscando un nuevo refugio se puso a bailar una plenita.

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

En eso estaba el cangrejito cuando apareció por allí un mero cabritilla. Al verlo tan desnudito y apetitoso, en seguida puso a funcionar su boca de aspiradora para tragárselo entero. En ese momento, un incontenible torrente empezó a arrastra al cangrejito desnudo hacia la bocaza abierta del comelón. -¡Socorro! ¡Auxilio, que me comen! -se puso a gritar el cangrejito, mientras hacía inútiles esfuerzos por resistir la correntada.

Al ver lo que sucedía, la punta de roca se apiadó del pequeño cangrejo indefenso y le brindó una de sus salientes rocosas para que se agarrara bien fuerte con sus palancas. Y así se aguantó el chiquitín hasta que el mero glotón, cansado de chupar agua inútilmente, fue a buscarse el almuerzo en otro lado.

Pasado el susto, el cangrejito ermitaño buscó rápidamente una morada de caracol y con su nueva casa a cuestas, volvió donde la punta de roca que lo había salvado de ser comido -¿Qué puedo hacer por tu felicidad, punta de roca? -le preguntó agradecido. Ella no le contestó, claro, porque las rocas no hablan. Pero el cangrejito sabía cuál era el secreto anhelo de su roca amiga y, emocionado, le dijo: -Por salvarme del mero comelón, yo voy a ayudar a realizar tu deseo. Luego filosófico, el cangrejito agregó: -Nada es imposible en esta vida.






Esta era la primera vez en los muchos siglos de su existencia que alguien le decía a la punta de roca que su sueño era posible.

De inmediato, fiel a su promesa, el cangrejito ermitaño puso manos a la obra. Caminando de costalete, a la manera de los cangrejos, se puso a bailar rascando con sus patitas el fondo del mar -que es la barriga del Mundo. Se imaginaba que si conseguía provocarle cosquillas, a lo mejor se le zafaba una risotada y las cosas podían cambiar. Y así se la pasó de ahí en adelante el cangrejito, rasca que te rasca y baila que te baila al ritmo aquel de:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Con el correr de los años, el cangrejito se convirtió en cangrejo y luego en cangrejote. En el transcurso de su vida conoció a muchas hembras de su especie y tuvo con ellas muchísimos hijos; y a todos los enseñó a bailar para provocarle cosquillas con sus patitas a la barriga del Mundo.

Cuando llegó el fin de sus días y se retiró a descansar para siempre en el caparazón de un gran carrucho rosado, ya eran incontables los cangrejos de su sangre que rascaban y bailaban en el fondo del arenoso mar.

Pasados varios siglos -que para la antiquísima punta de roca eran como minutos para nosotros -los descendientes de los hijos de los hijos de aquél que se salvó de ser comido por un mero cabritilla, formaron una nueva raza de crustáceos: los cangrejos cosquilleros. Estos debido a su continuo movimiento, habían desarrollado unas magníficas patas y palancas y conocían exactamente cuánta urgencia, cuánta suavidad y cuánto abandono había que poner en el baile para provocar la risa del Mundo.

Pronto aquella región del Mar de las Antillas quedó completamente transformada. Hasta donde alcanzaba la vista y más allá, pululaban los cangrejos cosquilleros -rasca que te rasca y baila que te baila. Por allí pasaban navegando las criaturas marinas y todas se asombraban.

Pero lo más curioso fue que todos se fueron contagiando con la piquiña irresistible de aquel sabroso ritmo antillano de los cangrejos cosquilleros. En poco tiempo  todo el mundo submarino estaba prendido en el baile. La morena ondulaba, el mero se sofocaba, la mantarraya aplaudía, el balajú brincoteaba. Rojos de placer, los camarones se frotaban las antenas. Los ostiones roqueros tocaban los timbales y, con voz de señora gorda, cantó la ballena azul. Con desenfado meneaba su rabo la langosta y un carey centenario la ligaba con disimulo. Los carruchos sonaban como maracas:

trocotró, trocotróc, trocotroc
Y el pez sierra raspaba el güiro en los corales:
chiiiiii -quichiiii -iquichiiii -iquichi

En fin que allí se armó tremendo fiestón y al rato toda la cuenca del Mar Caribe palpitaba y se sacudía con un ritmo sabrosón:

menéalo, menéalo
de aquí p' allá
de allá p acá
menéalo, menéalo
que se te empelota

Y todas aquellas criaturas de mar, que por miles de años habían repetido que era imposible que la punta de roca marina se convirtiera en montaña, presintieron mientras bailaban que algo extraordinario estaba por suceder en el Mundo.

Y por cierto, en un brevísimo instante sucedió lo que había estado acumulándose por siglos. El mundo ya no pudo resistir la intolerable cosquilla de tantas y tantas patas, palancas, aletas y tentáculos trabajándole la barriga. Y así fue como reventó en un terremoto de carcajadas que cambiaron por completo la faz de la tierra y del mar. La cara del Mundo se partió de risa y de un lado quedó África y del otro lado América, separados por una inmensa grieta sonriente que se fue llenando de agua hasta formar el atlántico Sur.

El Mundo se sintió feliz. Se le alteró el curso de los ríos, se le resquebrajaron los continentes, se inundaron los desiertos y se derritió el hielo de los polos. Pero nada le importaba.

menéalo, menéalo

Y así fue que en un breve instante, todo quedó patas arriba. Tanto se meneó y remeneó el Mundo que de su barriga encrespada de sabrosura brotaron como veintiocho chorros de lava incandescente, que hicieron nacer otras tantas islas en el Mar de las Antillas, para celebrar su alegría.

La punta de roca de nuestro cuento se sintió crecer y crecer, empujada hacia arriba por una fuerza que venía desde el centro de fuego de la tierra: Convertida en montaña, surgió de la profundidad submarina, envuelta en una inmensa nube de vapor de agua que oscureció la luz del sol en pleno día. El mar bramaba como todos los truenos del cielo juntos.

Así nació la isla de Borikén, la menor de las Antillas Mayores que hoy conocemos como Puerto Rico, con su cumbre de piedra submarina. Desde aquella altura, la punta de roca vio el horizonte sin fin, los continentes lejanos, la bola de fuego del sol, los pájaros del cielo y las nubes que navegan en el aire.

¿Y los cangrejitos cosquilleros? ¿Qué fue de ellos en medio de aquel cataclismo universal? Pues, para que todos lo sepan, los cangrejitos subieron a la superficie, agarrados fuertemente de la punta de la roca. Con el tiempo aprendieron a respirar en el aire y a vivir en cuevas. Y hoy son los sabrosos jueyes de tierra que todos los días le hacen cosquillas a las barrigas de los puertorriqueños.

GLOSARIO

Bajalú; pez comestible, delgado y largo.
Barracuda; pez de aletas espinosas.
Carrucho; tipo de molusco comestible.
Güiro; instrumento musical hecho con una higuera.
Jueyes; cangrejos.
Mantarraya; pez comestible de la familia del tiburón.
Morena; pez comestible de cuerpo cilíndrico.
Palometa; pez comestible de aletas espinosas.

EL NACIMIENTO DE LA ISLA BORIKEN, es el un cuento del autor Kalman Barsy argentino radicado en Puerto Rico. Las ilustraciones son de Elba Luz Lugo.


La fuente de este relato es el libr: Como surgieron los seres y las cosas. Coedidción Latinoamericana. Año 1986, páginas 39 a 48.

jueves, 4 de julio de 2013

La Odisea de Seydi Burciaga

Por Chacho D’Acevedo

Seydi trabajó toda la noche soportando un fuerte dolor de espalda que le impedía concentrarse. Recibió la lista de entrega de los contenedores y supervisó la descarga. No ocurrió nada fuera de lo normal a pesar de la torrencial lluvia que cayó durante su turno. Siempre se pone peor cuando llueve, pensó, mientras tomaba una dosis doble de calmantes. Tenía ese intenso dolor en la espalda por cuatro días, los mismos que venía lloviendo casi sin parar en Atlanta. Las noticias dijeron que llovería por dos días más y que a partir de entonces los canales y riachuelos se iban a desbordar causando inundaciones. 

Al marcar las 4.30 am., se sentó a preparar su informe final en el que no indicaría problema alguno, luego se alistaría para ir a casa. Se despidió de Aaron, el supervisor del nuevo turno, éste le sugirió que mejor se quedara un rato en la cafetería hasta que pasara un poco la tormenta; «no amainará hasta el fin del mundo», bromeó ella, y le dijo que quería ir a descansar, a ver si el terrible dolor le calmaba un poco. 

Seydi subió a su minivan y como de costumbre llamó a casa para despertar a su marido en una rutina que servía a este último de despertador para empezar su día: alistarse para ir a la oficina, preparar las loncheras de los niños y, cuando ella llegaba, tener listo el desayuno. Él regresaba a casa por la tarde, alrededor de las cuatro y media, luego, entre los dos, hacían las compras diarias; ayudaban a sus dos hijos con las tareas escolares y completaban cualquier otro quehacer doméstico, hasta que llegaba la hora en que Seydi se preparaba para volver al trabajo. Como supervisora, y por antigüedad, había logrado un horario de lunes a viernes, al igual que Pedro, su marido. Los fines de semanas lo dedicaban a la familia y a su parroquia. Mientras manejaba notó que el dolor había menguado un poco. 

Iba muy despacio pues la lluvia le impedía ver más allá de unos cuantos metros y aún no llegaba la luz del día. De manera repentina un movimiento brusco le hizo perder el control del auto, éste pareció elevarse mientras el motor se aceleraba violentamente para luego apagarse; «estoy flotando» ─pensó─. Se dio cuenta que estaba siendo arrastrada por una corriente de agua turbia y espesa, miró por la ventana y notó que llegaba a media altura del auto. Esperó un momento. Miró nuevamente y supo que se estaba hundiendo. El vehículo empezó a dar vueltas a manera de trompo y la sensación le dio náusea, trató de calmarse. Sintió humedad en los pies; las luces aún funcionaban, prendió el foco interior y vio que poco a poco el agua penetraba por la parte baja. Sentía golpes en la carrocería, uno de ellos le causó un inmenso temor por lo estridente; rápidamente entró más agua en la parte delantera y el auto lentamente se inclinó en esa dirección. Seydi se apresuró, tomó el celular y se arrastró a la parte trasera, llamó al número de emergencias. El pánico se apoderaba de ella mientras explicaba a la operadora que dentro de su auto estaba siendo arrastrada por una corriente de agua muy violenta. Una voz firme trató de tranquilizarla indicándole que la ayuda estaba en camino. Desde la parte trasera podía ver los alrededores: la lluvia había escampado un poco; reconoció su vecindario. En el centro de emergencias habían identificado el área donde se originó la llamada. La operadora preguntó a Seydi si le podía describir las construcciones. Hay un edificio amarillo ─le dijo─, la voz le preguntó queriendo saber más; Seydi pudo reconocer la parte trasera de la escuela primaria en la que estudia su hijo mayor. Desesperada pidió que por favor la salvaran, tenía miedo de ahogarse. «No te vas a ahogar», le repetía la voz, «ya sabemos exactamente dónde estás, trata de abrir la puerta y sal inmediatamente», le insistió la voz; Seydi le contestó que no podía abrirla porque el agua le impedía. «Abre las ventanas y deja entrar el agua y luego sales por una de ellas», le dijo la voz. Lo intentó, pero las ventanas eléctricas no respondían; «puedo intentar romper los vidrios», dijo Seydi, «sí», le contestó la voz, «si puedes hacerlo, hazlo ahora mismo y escapa por ahí». Seydi le dijo que había mucha corriente, que se iba a ahogar; «no te ahogarás», le repetía la voz, «te vamos a rescatar»; «no me dejen ahogar, me voy a ahogar», «no te ahogarás, te salvaremos». Seydi se calmó y empezó a golpear fuertemente los vidrios pero no lograba romperlos. Repentinamente un golpe seco le hizo voltear la mirada hacia la parte delantera y vio que un grueso tronco había penetrado en el auto haciendo casi añicos el parabrisas. El agua entraba como un torrente por un boquerón; la minivan rápidamente empezó a hundirse. Una vez más rogó a la operadora que no la dejen ahogarse y le dijo, desesperadamente, que el auto se estaba hundiendo; la operadora le reafirmó que no se ahogaría. El agua llegó a su espacio y ella soltó el celular y aguantó la respiración. Lucharía valerosamente para llegar a la parte delantera del auto y escapar por el hueco que había hecho el tronco. No podía. Golpeada y zarandeada como estaba por los movimientos violentos del auto como un juguete en la torrentosa corriente. La sensación de asfixia llegó casi inmediatamente, tragó un poco de agua y quedó aún más desubicada, sintió que sus pulmones reventaban, aun así logró palpar el boquerón de la ventana delantera, pero nuevamente un movimiento brusco le lanzó al fondo del auto. Sintió un golpe muy fuerte en la cabeza seguido de un sonido seco que pareció originarse en su cuerpo. 

De pronto se sintió calmada. Pensó en sus hijos y en su esposo;

ojalá que me esperen, iba a llegar muy tarde con este atraso. Se dio cuenta que el agua estaba en calma. Un inmenso pez se puso al lado suyo y le dijo que le siguiera, que él le enseñaría el camino donde iba a estar a salvo. Seydi empezó a bucear junto al pez; le preguntó si era de los que habían sido encargados para rescatarla, «sí…» le contestó el pez mientras nadaban juntos. Bucearon casi media hora hasta que llegaron a una orilla, el pez le dijo que ella debía esperar ahí, él no podía salir pues debía continuar su camino para ayudar a otros. Seydi se sentó tranquila. Escuchó voces a lo lejos y vio que un grupo de rescatistas estaban inspeccionando su auto que había quedado atrapado entre unos troncos. Trató de llamarlos pero no la escuchaban. Observó que sacaban un cuerpo del automóvil. Se sorprendió, pues ella estuvo sola; reconoció su ropa cuando unas potentes linternas alumbraron a la persona… también creyó reconocerse. 





Saludos amigos.

viernes, 28 de junio de 2013

Selmira y la Patarashca


Por Chacho D’Acevedo








Un día me jui al mercado de Belén, tenía antojo de comer una patarashca de palometa con su cajué con leche. Doña Matuca estaba con su ayudanta (nuevecita). Era una huambra medio mutishca; apenas la vi, como que me gustó; me quedé mirándola por un buen rato; ella no me daba bola; pero yo sabía que ya se había dado cuenta, porque como dos veces peló su ñahui… medio coquetona era. Tenía puesto un shorcito de flores rosadas y una blusita color desteñido que le hacía juego; y no digo más lo que pasaba por mi mente en esos momentos, solo para no parecerles que soy un malcriado. Doña Matuca se hacía la sonsa, pero esa doña de sonsa no tiene dada. “¿Qué ya vas ordenar, joven?”, me preguntó doña Matuquita, porque yo siempre la llamo así, con cariño, porque dizque yo soy su cliente favorito. Bah, eso seguro les dice a toditos, solo para que le compren su mercadería. “Dame una palometa envuelta en hoja”, le dije, “y un cajué con leche”. Luego me quedé mirando a la ayudanta, que se había puesto a asar el plátano y el maduro en una tushpa de carbón. La huambra estaba que sudaba por su cara y por su pecho; lindo le quedaba lo que sudaba; cada vez me gustaba más. En un momento, en que volteó hacia mí, aproveché para armarle charla, y le pregunté: “¿Qué estás haciendo…? (inmediatamente me sentí tonto); “¿qué ya pues crees?”, me respondió con sorna, ¿acaso eres chejo? Doña Matuca estaba atendiendo a otro de sus clientes “favoritos”, pero su oreja estaba parada. Me sentí tonto, pero me seguía gustando. Había notado que tenía un cuerpito bien bonito y que usaba una chinela roja, que hacia juego con las flores de su shorcito. “¿Cómo te llamas?, le pregunté ya con más aplomo; “Selmira”, me contestó, y yo (medio shegue) le respondí preguntando: “¿Selmira?”; “sí”, me dijo con una sonrisa que no tenía nada que envidiar a las artistas de la tele, “Selmira, pero no sel-toca”, y terminó con un par de ja-jases que lograron hacerme olvidar el antojo de pescado.


En el banco habían tres clientes más; una pareja de esposos y un hombre demasiado viejo para interesarle el shorcito de Selmira; en cuanto a la pareja, la esposa parecía tener bien controlado al marido; que solo tenía (obligado) ojos para el plato de timbuchi que había pedido la esposa para él. Para ese momento, Selmirita ya era una “modelo” paseando por la pasarela de un desfile de bellezas organizada por el colegio Sagrado Corazón, y para cuando ya éramos amigos, mi pescado, ya frío, estaba por la mitad, el inguiri engarrotado y el cajué seguramente helado. Yo Había dejado de comer. “¿No te ha gustado mi pescado?”, me preguntó doña Matuca, con un tono que no supe si era de burla o de reproche. “Estaba rico”, le contesté, “pero medio que ya se me jue el hambre”. Doña Matuca siguió atendiendo a sus clientes, Selmira seguía encargada de la tushpa y sirviendo los platos. Por momentos, Selmira se secaba el sudor con un trapo de cocina. Yo ya estaba convencido de que me había enamorado. “¿Cuántos años tienes?”, le pregunté, y ella me respondió: “¿para qué ya pues quieres saber?”; “tengo curiosidad”, le dije; “bah, mirándome nomás estás, ¿di?, ni siquiera has terminado tu pescado. No te voy a decir…”, me contestó con una sonrisa que me pareció una invitación al cine. “¡Te invito al cine!”, me mandé de hacha; y al parecer lo hice en voz muy alta, porque doña Matuca y los ahora cinco clientes (hasta el marido pisado) levantaron la cabeza como si fueran un coro de mitras. Me quedé callado (medio avergonzado), esperando una respuesta que llegó un rato después (que a mí me pareció un eternidad); “tengo enamorado”, me dijo. El “coro de mitras” se deshizo y cada uno de ellos volvió a su plato. Yo quedé mudo; toda mi fantasía juvenil se vino abajo. Ya me había hecho a la idea que Selmira era una virgen vestal que los dioses me habían puesto delante para probar mi hombría.


Me puse a comer el resto de la palometa, el inguiri engarrotado y el cajué helado, callado, como en castigo de idiota. Pensaba que esta situación era tan tonta como la vez en que me declaré por carta a una chica que había conocido en Requena, mientras visitaba unos parientes; no me había atrevido a declararle, cara a cara, que quería ser su enamorado. Aquella carta había recorrido por todo el pueblo, de tal manera que cuando al siguiente año regresé de visita, todo el mundo hizo mofa de mí. 


Terminé de comer y le pagué a doña Matuca lo que había consumido; cuando me recibió el dinero, me pareció ver una cara de “tecompadezcohijito”, dibujado en su rostro. “La próxima vez ven con más hambre”, me dijo, “el pescado estará calientito”, luego siguió atendiendo a los nuevos clientes.


Justo al pararme y cuando me disponía a caminar hacia mi casa, Selmira se acercó llamándome: “Joven, joven… no me has dicho cómo te llamas”, “me llamo Chacho”, le dije (y no pude decir más). “Mira”, continuó, alargándome su brazo y entregándome algo envuelto en hoja de bijao, “toma esta bolita de tacacho que te he hecho; te va a gustar”, luego, con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro, agregó: “regresa el otro domingo, creo que voy a terminar con mi enamorado”.


Saludos amigos

domingo, 21 de abril de 2013

Celofán Rojo



 
El hombre había recorrido todo el local.

-Quiero que lo hagan como lo hace mi mujer, gritaba desaforado.


Desde el umbral de sus puertas, las chicas lo llamaban y le describían las más exóticas formas. Pero el hombre movía la cabeza y volvía a repetir su deseo.


Después de media hora el hombre se disponía a partir, pero su intención fue cortada por dos fornidos morenos. Al minuto la propia “mami” estaba frente a él. Mirándolo fijamente a los ojos le dijo:


-Mi querido amigo, de aquí sólo podrás salir cuando me digas cómo lo hace tu mujer.

El hombre sin bajarle la mirada, le contestó.

-Lo hace gratis.

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Autor: Houdini Guerrero. Revista de Arte y Cultura: Némesis. Año 1, número 2. Julio 1997. Ediciones Tepdico, Chiclayo.

viernes, 26 de octubre de 2012

El Loco
















De niño, vivía en el distrito de Barranco. Gustaba de ir a la playa llamada: Las Cascadas. Me quedaba relativamente cerca. Solo tenía que caminar por la bajada de Armendáriz. Ya en el mar, gustaba de mirar hacia los acantilados, en dirección a San Miguel y Magdalena. Me impresionaba ver la fila de edificios y casas, pero sobre todo me intrigaba una inmensa cúpula verde. Ese era el edificio más alto y fácilmente se distinguía del resto de construcciones. Cada vez que lo observaba, me preguntaba: ¿Qué será?

A la edad de diez años, me llevaron por primera vez al llamado 'Parque de las Leyendas', un lugar entre museo, zoológico y parque temático. Yo me subí a una loma y de allí descubrí que también se podía ver la cúpula verde. Me imaginaba que era como esas construcciones que veía en las películas donde aparecía la Plaza Roja de Moscú. Ahora sentía a la cúpula más cerca, pero nunca pregunté a nadie: ¿Que era?

Una tarde de verano, y ya de mayor, me fui a la librería Salesiana, que quedaba a un costado de la iglesia de María Auxiliadora, en la cuadra seis de la avenida Brasil. En el segundo piso de la librería, estaba la sección de catecismo y textos de teología. Yo miraba y rebuscaba algún título de mi interés. Me gustó una biografía de Gandhi, de una colección editada como: Mensaje a la Juventud. Pagué el libro y me lo entregó un padrecito, quien me obsequió una estampita.

Salí a la avenida Brasil. Mientras andaba me dije: Carlos, abre el paquete y ponte a leer el libro mientras caminas. Total tienes tiempo de sobra. Eso sí, hazlo con cuidado. Sobre todo no te vayas a chocar con las personas

Y me puse a leer. Caminaba despacio. Perdí la cuenta de cuantas cuadras llevaba. Creo eran como unas treinta. Me emocioné con lo que iba aprendiendo acerca del Mahatma. De la marcha por la sal que el encabezó y llegó al mar luego de una larga caminata. De pronto, hice un alto en mi leer. Giré mi mirada hacia la derecha y me encuentro con la construcción de cúpula verde. Era una iglesia impresionante por su altura. Por eso era fácil verla desde muy lejos. 

Estaba solo a tres cuadras de la cúpula. Era la oportunidad para satisfacer la curiosidad que desde niño tenía, y caminé hacia su encuentro. La iglesia estaba sobre la avenida Sucre. Crucé la calzada y ya parado frente al puerta, miré hacia la cúpula. Que alta era. Casi debía sostener la mirada, como si apuntara a divisar en el cielo una estrella que estuviera encima de mi cabeza. Decidí entrar. Fue en ese momento en que me percaté que en la puerta estaba un loco, vestido con un saco gris y pantalón oscuro. Llevaba puesto un casco de plástico, además portaba un palo grueso y una taza de metal enlozado. Al entrar, el loco se me puso al frente y me pidió una moneda, a la par que me acercaba el pocillo metálico. Yo le tuve miedo, no le di moneda alguna  y rápidamente ingresé.

Ya dentro, pude observar lo recargado de los ornamentos de la iglesia. Había muchos frisos y decoraciones. Las columnas estaban adornadas con tonos dorados, y sobre el altar mayor, estaba la imagen de la Virgen en una central ubicación. Me senté en una de las bancas y mientras hacía memoria sobre mi lectura de Gandhi, una voz, desde mi espalda me dijo: "Hermano. ¿Dónde está San Ildefonso?". Volteé, era el loco. Miré a mi alrededor y vi que no había nadie más dentro de la iglesia. Temí que me golpeara con el palo. Contesté: Creo que por allá -a la vez que le señalaba con el brazo en una dirección-. Me paré. Vi que él, se fue alejando. Llegó hasta la imagen de San Martín de Porres. Él, se detuvo. Hizo una reverencia con el cuerpo. Puso el palo bajo el brazo y comenzó a sacar las monedas del pocillo. Las iba vertiendo dentro de la alcancía del santo. Terminó. Se persignó, y se dirigió a la puerta. Ese loco, estaba mendigando para Dios. Sentí un calorcillo en la garganta y se me humedecieron los ojos. Yo que me sentía un cristiano preparado y lector de los documentos de la iglesia, ese día había recibido una magistral clase de Evangelio,

Nuevamente tomé asiento. Estuve buen rato así. No recuerdo en que pensé. Creo recé. ¿Era esta experiencia, lo que la vida me tenía reservado desde niño?

Salí de la iglesia. El loco, ya no estaba en la puerta. Eran pasadas las seis. La tarde se puso rojiza. El sol comenzaba a ocultarse. Caminé hacia la avenida La Marina. Apuré el paso. Sentía deseos de estar ya en casa.


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