domingo, 30 de junio de 2013

El Hombre Frente al Televisor



Era un hombre que luego de su jornada de trabajo, llegaba a casa, se sentaba en un sillón y encendía el televisor.

Se pasaba horas frente a la pantalla. Sonreía, reía y hasta soltaba carcajadas. Disfrutaba mirando el televisor.

Una noche, su esposa se acercó al tv. Vio que el aparato estaba desenchufado. No obstante él, siempre miraba la pantalla y reía. Era feliz.

Ella, decidió conectar el enchufe a la corriente. Se hizo la luz. Él sentado frente a la pantalla, dejó de reír. Ahora miraba el televisor, con el seño fruncido, con desánimo y con aburrimiento.


Imagen de: Humor Libre de Calaoi. Editorial Nueva Senda, año 1972

sábado, 29 de junio de 2013

Cuentos

Microrelatos


Un perro me miró, y lo miré también. Largo rato estuvimos así. Perdiendo tiempo. El perro mirador, movió la cola. Yo había ganado un amigo.
(FIN)







Santiago toca el pututu. Anuncia a las estrellas que el Fiteca llegó. Mónica da click y detiene el tiempo por una eternidad.
(FIN)






Era una asidua lectora de bus. Le hablé. Conversamos de novelas y cuentos. La ruta la sentí corta. Ella bajó. Yo me quedé con los recuerdos (FIN)






Saludos amigos

viernes, 28 de junio de 2013

Selmira y la Patarashca


Por Chacho D’Acevedo








Un día me jui al mercado de Belén, tenía antojo de comer una patarashca de palometa con su cajué con leche. Doña Matuca estaba con su ayudanta (nuevecita). Era una huambra medio mutishca; apenas la vi, como que me gustó; me quedé mirándola por un buen rato; ella no me daba bola; pero yo sabía que ya se había dado cuenta, porque como dos veces peló su ñahui… medio coquetona era. Tenía puesto un shorcito de flores rosadas y una blusita color desteñido que le hacía juego; y no digo más lo que pasaba por mi mente en esos momentos, solo para no parecerles que soy un malcriado. Doña Matuca se hacía la sonsa, pero esa doña de sonsa no tiene dada. “¿Qué ya vas ordenar, joven?”, me preguntó doña Matuquita, porque yo siempre la llamo así, con cariño, porque dizque yo soy su cliente favorito. Bah, eso seguro les dice a toditos, solo para que le compren su mercadería. “Dame una palometa envuelta en hoja”, le dije, “y un cajué con leche”. Luego me quedé mirando a la ayudanta, que se había puesto a asar el plátano y el maduro en una tushpa de carbón. La huambra estaba que sudaba por su cara y por su pecho; lindo le quedaba lo que sudaba; cada vez me gustaba más. En un momento, en que volteó hacia mí, aproveché para armarle charla, y le pregunté: “¿Qué estás haciendo…? (inmediatamente me sentí tonto); “¿qué ya pues crees?”, me respondió con sorna, ¿acaso eres chejo? Doña Matuca estaba atendiendo a otro de sus clientes “favoritos”, pero su oreja estaba parada. Me sentí tonto, pero me seguía gustando. Había notado que tenía un cuerpito bien bonito y que usaba una chinela roja, que hacia juego con las flores de su shorcito. “¿Cómo te llamas?, le pregunté ya con más aplomo; “Selmira”, me contestó, y yo (medio shegue) le respondí preguntando: “¿Selmira?”; “sí”, me dijo con una sonrisa que no tenía nada que envidiar a las artistas de la tele, “Selmira, pero no sel-toca”, y terminó con un par de ja-jases que lograron hacerme olvidar el antojo de pescado.


En el banco habían tres clientes más; una pareja de esposos y un hombre demasiado viejo para interesarle el shorcito de Selmira; en cuanto a la pareja, la esposa parecía tener bien controlado al marido; que solo tenía (obligado) ojos para el plato de timbuchi que había pedido la esposa para él. Para ese momento, Selmirita ya era una “modelo” paseando por la pasarela de un desfile de bellezas organizada por el colegio Sagrado Corazón, y para cuando ya éramos amigos, mi pescado, ya frío, estaba por la mitad, el inguiri engarrotado y el cajué seguramente helado. Yo Había dejado de comer. “¿No te ha gustado mi pescado?”, me preguntó doña Matuca, con un tono que no supe si era de burla o de reproche. “Estaba rico”, le contesté, “pero medio que ya se me jue el hambre”. Doña Matuca siguió atendiendo a sus clientes, Selmira seguía encargada de la tushpa y sirviendo los platos. Por momentos, Selmira se secaba el sudor con un trapo de cocina. Yo ya estaba convencido de que me había enamorado. “¿Cuántos años tienes?”, le pregunté, y ella me respondió: “¿para qué ya pues quieres saber?”; “tengo curiosidad”, le dije; “bah, mirándome nomás estás, ¿di?, ni siquiera has terminado tu pescado. No te voy a decir…”, me contestó con una sonrisa que me pareció una invitación al cine. “¡Te invito al cine!”, me mandé de hacha; y al parecer lo hice en voz muy alta, porque doña Matuca y los ahora cinco clientes (hasta el marido pisado) levantaron la cabeza como si fueran un coro de mitras. Me quedé callado (medio avergonzado), esperando una respuesta que llegó un rato después (que a mí me pareció un eternidad); “tengo enamorado”, me dijo. El “coro de mitras” se deshizo y cada uno de ellos volvió a su plato. Yo quedé mudo; toda mi fantasía juvenil se vino abajo. Ya me había hecho a la idea que Selmira era una virgen vestal que los dioses me habían puesto delante para probar mi hombría.


Me puse a comer el resto de la palometa, el inguiri engarrotado y el cajué helado, callado, como en castigo de idiota. Pensaba que esta situación era tan tonta como la vez en que me declaré por carta a una chica que había conocido en Requena, mientras visitaba unos parientes; no me había atrevido a declararle, cara a cara, que quería ser su enamorado. Aquella carta había recorrido por todo el pueblo, de tal manera que cuando al siguiente año regresé de visita, todo el mundo hizo mofa de mí. 


Terminé de comer y le pagué a doña Matuca lo que había consumido; cuando me recibió el dinero, me pareció ver una cara de “tecompadezcohijito”, dibujado en su rostro. “La próxima vez ven con más hambre”, me dijo, “el pescado estará calientito”, luego siguió atendiendo a los nuevos clientes.


Justo al pararme y cuando me disponía a caminar hacia mi casa, Selmira se acercó llamándome: “Joven, joven… no me has dicho cómo te llamas”, “me llamo Chacho”, le dije (y no pude decir más). “Mira”, continuó, alargándome su brazo y entregándome algo envuelto en hoja de bijao, “toma esta bolita de tacacho que te he hecho; te va a gustar”, luego, con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro, agregó: “regresa el otro domingo, creo que voy a terminar con mi enamorado”.


Saludos amigos

jueves, 27 de junio de 2013

La Niña Que Vendió el Sol

The Little Girl Who Sold The Sun

Derechos Humanos del Niño: 20 años



Sili Laam observa los enormes aviones que aterrizan en la pista del aeropuerto. Su aldea rural es estremecida por el ruido de los motores de los jet, pero también por el rumor de los autos y de los camiones que corren por la autopista que lleva a la capital Dakar (Senegal).


Silli, pequeña poliomelítica de 12 años, no parece sentir el cansancio de su lento caminar con las muletas. Quiere ir a Dakar en busca de trabajo. "Pero a Dakar no puedo entrar con mi carrito", se justifica el chico al que la niña ha pedido una jaladita. " ¡Vamos, vamos!", dice la muchahcha, levantando su muleta como si fuera un bastón de mando.

La capital se presenta a la chiquilla con el ruido de los variopintos mercaderes, los gritos de los canillitas, el canto monótono de la vieja abuela ciega que recita los versos del Corán, los gritos de una mujer acusada de haber robado y la estruendosa música que por unas monedas toca en una grabadora un chico minusválido. Se trata de una humanidad pobre en plena lucha por la sobrevivencia, donde rige la ley del "sálvese quien pueda". La situación es tal que ni siquiera las piernas deformes de una muchacha poliomelítica logran suscitar compasión o dulzura.

"¡Vamos!", parece decirle Sili a sus muletas mientras sortea los charcos de la calle de periferia donde tiene su sede la redacción del periódico Soleil (El Sol). "Quiero vender El Sol", dice con decisión la pequeña al hombre encargado de las ventas. "No importa sino soy un chico; las niñas saben hacer todo lo que hacen los chicos". La niña firma un recibo por trece ejemplares del periódico que deposita en una bolsa, para luego irse por las calles de Dakar a gritar: "Soleil, Soleil", tratando de ganar a los otros canillitas que gritan anunciando el diario de la competencia: "Sud, Sud".

De repente, la pequeña vendedora se encuentra por casualidad frente a un negocio del centro. El dueño sale, le compra los trece ejemplares y le da un billete de diez mil francos africanos. Una verdadera fortuna para Sili, quien empieza ya a pensar como gastar sus ganancias: una sombrilla protegería de los inclementes rayos del sol a la abuela ciega, bebidas y canciones apara celebrar una fiesta con sus amigas, y muchas monedas para distribuir entre los pobres que piden limosna por las calles.

Pero como se sabe , a menudo los golpes de suerte de los pobres se transforman en desgracias. Cuando la niña se dispone a cambiar el billete, es acusada por un policía de haber robado el dinero. Ella no se atemoriza y desafía al policía diciendo que lo quiere acompañar a la comisaría. "Vamos, vamos" repite con insistencia al hombre. Afortunadamente, en la comisaría encuentra a un oficial gigantesco que escucha con atención sus razonamientos y le hace justicia a fondo.

Babou Seck, joven voceador del periódico el Sud, es un apasionado lector de libros. Es, además el mejor amigo de Sili en la gran Dakar. Y es también quien la defiende de las humillaciones y de las amenazas inflingidas por los otros pequeños vendedores de periódicos. Es él quien, sin pensarlo dos veces, se lanza a las aguas del puerto para recuperar la muleta que sus enemigos arrojan al mar.


Sili paga esas atenciones narrando al chico las historias que ella ha oido narrar a la abuela. Se tratan de historias y canciones que hablan de amistad, solidaridad y valor, en que los pobres y los últimos dan prueba de saber afrontar con la sonrisa en los labios los duros momentos de la vida.


Cuando una espesa tormenta está por caer en la ciudad y la banda de los pequeños delincuentes le quita una vez más la muleta, su amigo se desanima y pregunta mientras observa a la chica tendida en las piedras del puerto: ¿Que hacemos? ¿Huimos? Ella responde: "Continuamos". La vida de los dos vendedores de periódico continúa. Babou se echa a las espaldas a Sili y se transforma, como por arte de magia, en su "muleta humana". La chica se deja llevar suavemente por el amigo, al tiempo que hojea el libro que el chiquillo lee en los momentos libres de su trabajo. Ambos se pierden en el cálido color del sol que invade todo y crea historias increibles como ésta.

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Hola amigos baterilleros. Inicié este post con el relato sobre Sili Laam, niña que se dedica a la venta de diarios en Dakar, Senegal. Este artículo lo leí en la revista: "Misión Sin Fronteras" de mayo año 2000. Hoy me vino a la memoria este artículo.

El relato es el argumento de una película: "La Niña Que Vendió al Sol" o "La Petite Vendeuse de Soleil". Film africano del fallecido director Dgibril Diop Mambety. En la cinta (subtitulada en Inglés), la niña recibe trece periódicos, los cuales se compromete a vender, firma una nota poniendo como rúbrica, el dibujo de un sol. Aquí la escena:





 


Como les decía amigos, este post era por la Convención Sobre los Derechos del Niño, pero se invirtió y tocó la temática de una película, donde la protagonista era una niña y eso también es bueno.

Saludos

miércoles, 26 de junio de 2013

El Perú es un país que no lee


... y que de lo poco que llega a leer, pues no entiende.

 
 
La anterior es una frase que estamos escuchando muy a menudo. Felizmente, desde el 2007, los colegios, vienen implementando lo que se conoce como: El Plan Lector.

Y es que somos un país, dicen las estadísticas, con muy bajo nivel de lectoría. Lo que como uno de sus reflejos es que los estudiantes no entienden lo que leen.

Yo anotaría un problema más: Uno al leer, no solo debe entender lo que lee, sino que adicionalmente, debemos tener la capacidad de interpretar, lo que el autor del mensaje nos quiso transmitir.

Subí a una "custer" que tenía un cartel ubicado en el frontis del vehículo: Lima-Zapallal. Yo me dirigía del Callao a Los Olivos. Pagué mi pasaje. Mas de un pasajero entregaba el importe de su boleto y decía: Zapallal. El cobrador les decía, no voy al Zapallal. Metí mi cuchara y le afirmé al cobrador: "Pero tu tienes un cartel que dice Zapallal".
 
Entonces no solamente hay que saber leer, sino que hay que interpretar lo que se lee, según la voluntad o  conveniencia de quien muestra un cartel por ejemplo.

Será que lo de la "custer", es lo mismo que muchos políticos nos manifiestan en las entrevistas de radio y TV. Que lo que uno escuchó de ellos, no es lo que ellos pronunciaron o dijeron. Que, en realidad, lo que ocurrió es que se malinterpretó su declaración.

Amigo lector, seguro que usted ha tenido mas de una experiencia como la relatada en este post, ojalá se anime a escribirlas y compartirlas como comentarios a esta entrada.
 

Imagen de Hipertexto Info: del lector al usuario.


Gracias amigos lectores

domingo, 23 de junio de 2013

Comic Peruano: AVANZADA


De niño, luego de las clases de catecismo, nos prestaban en la parroquia, unas revistas con las aventuras de tres personajes oriundos de la patria: Coco, Vicuñin y Tacachito. A ellos, les acompañaban un loro llamado Flori y un perrito de nombre Sulky.

Portada de la Edición 1 de Junio 1953


La revista traía también información sobre temas de geografía, historia y ciencias, todos los artículos iban acompañados de abundante ilustración. La revista tenía el nombre de: Avanzada.



Revista Avanzada. Año 1953. Número 1.

Avanzada, comenzó a editarse en 1953. El número 1, fue publicado en junio de ese año. El director de la publicación era el padre Ricardo Durand Flores SJ, quien después llegó a ser Obispo de El Callao. La redacción era responsabilidad de Ricardo E. Florez  y de V. R. Hidalgo Morey.  Las ilustraciones, estaban a cargo de: Hernan Bartra y Rubén Osorio. El precio del ejemplar suelto era de S/. 1.60. La revista en la portada tenía el mensaje: Publicación Nacional, al Servicio de un Ideal. Avanzada, era también el órgano de difusión de la CEM: Cruzada Estudiantil Misional.

El padre Durand SJ a manera de presentación editorial, escribe:
Avanzada...

Es la hueste denodada, que va delante del ejército. Es la compañía que lo arrisesga todo ante lo desconocido. Es el destacamento, que recibe los primeros golpes del enemigo.
En las "avanzadas" siempre hay valentía, entrega, heroísmo, saturados de sana alegría y temperado dominio de quien conoce un ideal. Los misioneros pertenecen a la AVANZADA de la "vanguardia". Nosotros los de la CEM debemos pertenecer a la AVANZADA de la retaguardia.
Por eso, este órgano de la CEM, te entrega páginas sanas, alegres, heroicas, formativas. Unas te incitarán a formar tu carácter, tu personalidad, abriendo ante tu vida horizontes, no de fantásticas quimeras, sino de realizable ideal...

En Avanzada, se leían las aventuras del padre Lafuente, de Billy Kid, del Capitán Leiker etc. Lo que me llama la atención, es que por esos años, se publicara una revista comic con tal profusión de colores. Recuerdo que en los años de 1980, al desaparecer la mejicana Editorial Novaro, llegaron a nuestro país comics desde Colombia. Su presentación era de menor calidad a las de Novaro, y ni que decir con las de Avanzada. Este comic peruano marcó época, y a los que tuvimos ocasión de leerla, pues nos crea cierta nostalgia el reencuentro con ella.


Revista Avanzada. Año 1953. Número 1.


Y es que eran otros tiempos. Eran los años en que por las avenidas de Lima, circulaba el tranvía, con su ruta preferencial y exclusiva, amén del uso de tarjetas boleto, que se compraban por adelantado y las verificaba durante el viaje un inspector que portaba un pequeño alicate "hace hueco". Han pasado tantos años, para llegar ahora a un sistema de transporte llamado Metropolitano, el cual también usa el principio de la vía exclusiva y el expendio de boletos por anticipado con uso de tarjeta electrónica... al final, lo mismo... nada nuevo bajo el sol.


Revista Avanzada. Año 1953. Número 1.


Tiempos, en los que las playas que rodeaban a la capital, eran efectivamente "Costa Verde", ya que todo el acantilado verdeaba con sus hojarasca y además proveía de agua a los veraneantes. Una agua cristalina y que se podía beber. Después del baño en el mar, uno iba corriendo a los chorros de agua, para lavarse la sal marina. Hoy, ya no están esos chorrillos. ¿Adonde se habrán ido?


Reproducción en la revista, sobre comentarios de los diarios de la época.


Eran las épocas del televisor en Blanco y Negro, que al encenderlo, había que esperar unos minutos a que se calienten sus tubos internos. Los canales, nos dejaban disfrutar de programas culturales y también entretenidos. Había abundante producción local, que sin necesidad de llegar a lo procaz, mantenía una elevado rating. Ni que decir de la radio, donde los locutores no gritaban a sus radio-escuchas. Existían emisoras para todos los gustos. Música instrumental, música criolla, programas de concurso, informativos, radio-novelas etc. Tampoco había necesidad de publicaciones amarillas, como los diarios coloridos con titulares agresivos y fotografias espeluznantes... definitivamente, otros tiempos.


Saludos amigos.

sábado, 22 de junio de 2013

Una Pena Pequeña



Hablaba por teléfono con un baterilleril amigo. Esta vez, no conversábamos de voltios o Amperioshora, ni tampoco sobre poderes de arranque o de baterías cruzadas. En fin, no hablábamos de energía electroquímica acumulada. Hablábamos de la vida y de los recovecos y entuertos que a veces te juega. 

El amigo, andaba bastante preocupado. No es que tuviera un problema serio que le aquejara, demandándole inmediata solución. Es que el espíritu humano, a veces como que se enflaquece y la tristeza pues, pretende ganarle. 

Los sentimientos negativos, nos van a salir al encuentro siempre. Debemos aceptarlos, abrazarlos y afrontarlos para poder salir airosos. Fácil se dirá es escribirlo. Si fácil es escribirlo, pero el reto es ese: afrontarlos.

Al amigo, le conté la siguiente historia, que es una historieta ilustrada de Caloi, un caricaturista argentino, quien ahora está ya en el Mundo Espiritual. Aquí el relato:


 
Imagen del blog: Eva Porus




Una tarde de domingo de un mes de agosto, iba yo por la calle. No llevaba prisa en mi andar. De pronto, decidí sentarme en el sardinel de la vereda. Puse los pies sobre la pista, y comencé a mirar el circular de los autos. En eso una pena pequeña se acomodó a mi lado, y allí se quedó quietecita. De vez en cuando me miraba, como queriendo meterse dentro de mí.

Me buscó conversación. Me decía que ella estaba conmigo. Me pidió que le dé posada en un rincón de mi mano, o que tal vez me anime y le de abrigo con mi bufanda.

Antes de que ella me convenciera, la pisé. Es que a las penas, conviene matarlas, cuando son chiquitas.

(FIN)

 Saludos amigos.

Carlos el baterillero