martes, 9 de julio de 2013

El muro desmoronado


Anónimo chino





Había una vez un hombre rico en el Reino de Sung. Después de un aguacero el muro de su casa empezó a desmoronarse.

-Si no reparas ese muro -le dijo su hijo- por ahí puede entrar un ladrón.

Un viejo vecino le hizo la misma advertencia.

Aquella misma noche le robaron una gran suma de dinero al hombre rico, quien elogió la inteligencia de su hijo, pero desconfió de su viejo vecino.

(FIN)

lunes, 8 de julio de 2013

Cucarachas




Hola amigos, hoy una entrada con el tema de un relato en historieta. Se trata de: ccarachas, cuyo autor es: Sandra Suazo. Pueden verse sus otros trabajos, Aquí.

La historia en viñetas:





Saludos amigos

domingo, 7 de julio de 2013

El Bagrecico



Hola amigos de Narracentro. Hoy comentando sobre un comic de hechura nacional cuyo autor es Jhonny Becerra Becerra, quien ha publicado una versión ilustrada del cuento: El Bagrecico del autor Francisco Izquierdo Ríos.




En mi opinión es la versión ilustrada de mejor factura que he podido leer a la fecha.

Aquí una versión (no la textual) del relato: El Bagrecico.


En medio de la selva en un riachuelo de aguas claritas y rodeado de muchas piedrecillas, vivía una comunidad de peces bagres, de aquellos de piel un poco naranja y que poseen grandes barbas. Un viejo bagre, relataba a los peces niños, que el conocía el mar. Contaba su historia y todos con mucha atención le escuchaban.

Un día, un bagrecico se acercó al narrador y le dijo: "Abuelo, yo quiero conocer el mar". El anciano contestó: "Cuando yo tenía tu edad, fue cuando inicié mi travesía hacia el mar". Así que una noche, a la luz de la luna, el viejo bagre, daba lecciones y consejos el pequeño aventurero. Casi ya al amanecer se despidieron. Se dieron un abrazo. El bagre mirándolo a los ojos le dijo: "Tienes que volver".

El bagrecico se deslizó río abajo, hasta llegar a un punto donde se unía con un río más grande. Este tenía una mayor corriente y el recorrido estaba plagado de muchas curvas, como si fueran mil vueltas. Luego entró al cauce de otro río aun mayor. Este tenía unas fuertes corrientes y caídas de agua. Apareció una catarata, el bagrecico dudaba en seguir. Tardó unos segundos, luego se lanzo a las aguas que abundaban en espumas, y sentía que caía de una gran altura. Ya abajo, su cuerpecito pasó muy cerca de una filuda roca. El río se volvió manso. El nadar fue ya más placentero. La corriente llevaba suavemente al amigo. De pronto, vio una aldea. Eran las casas donde vivían los humanos. Recordó lo que abuelo le dijo: "Cuidado con lo que comes". Cerca ya del pueblo, había un pequeño muelle y sobre el muchas personas provistas de redes y cañas de pescar. El bagrecico vio un apetitosa lombriz. A la carrera se abalanzó para devorarla, pero instantes antes de tocar la presa, se dio cuenta que había un pequeño hilo que subía a la superficie, y de allí, a la sonrisa de un pescador, esperando que el animalito pique y muerda el anzuelo.

Siguió avanzando el bagrecico y el río se juntaba con otro aun mucho mayor. Este tenía ya aguas muy turbias. Se asustó, pero nuevamente  el deseo de conocer al mar lo impulsaron a continuar. Aquí en el río pudo ver manatíes y bufeos, también anguilas eléctricas y otros peces mayores. Luego de unos tres días de viaje por este río de aguas turbias, vio que se juntaba con una río inmenso, tan ancho que no se podían ver las orillas. Recordó que el abuelo le dijo que en este río vería casas flotantes inmensas y peces paiche de más de 6 metros de largo. Que mejor viajara de noche, a la luz de la luna.

Una tarde de lluvia, mientras el bagrecico nadaba y nadaba, observó que un gigantesco pez zúngaro le seguía. Aquel era fuerte y veloz. Nuestro amigo sentia que ya era alcanzado, Las fuerzas no le daban para mas. De pronto vio una pequeña cuevita oculta por una cañada y allí se metió. El zúngaro pasó de largo, luego regresó buscando a su presa, pero al final desistió. Avanzaban los días y noches, nuestro amigo seguía su viaje. Una mañana, decidió sacar su cabeza del agua y disfrutó de un amanecer.

Luego de varias semanas de nadar y nadar, una noche escuchó un fuerte murmullo. La luna estaba en todo su esplendor. El ruido se volvió ensordecedor, había llegado al mar. Logró su sueño. El mar le bañaba con su espumosa y salina agua. El bagrecico nadaba de espaldas y también saltaba fuera del agua. Había llegado al mar.

Inició el camino de retorno. Tuvo que nadar contra la corriente, desde el inmenso río y luego en el río de aguas turbias, para después llegar al cauce de las mil vueltas. Una mañana, reconoció que estaba ya en el riachuelo de aguas claritas. Había llegado a casa. Pero no reconocía a nadie. a el le habían crecido unas barbas muy largas. Entonces comenzó a nadar en zig zag y a comentar a los peces niños, que el conocía el mar. Los bagreccos le escuchaban, y así, uno se acercó y le dijo: "Abuelo, yo quiero conocer el mar", nuestro amigo le responde: "Cuando yo tenía tu edad, partí a conocer el mar".
(FIN)

Amigos, en más de una ocasión, me he sentido como El Bagrecico, que debe andar o nadar aún a contracorriente, para lograr su objetivo.

Saludos.


Soy Narrador. Para funciones y presentaciones, contactarme al fono 996583864, o escribir a: ctorres1000@yahoo.es

jueves, 4 de julio de 2013

La Odisea de Seydi Burciaga

Por Chacho D’Acevedo

Seydi trabajó toda la noche soportando un fuerte dolor de espalda que le impedía concentrarse. Recibió la lista de entrega de los contenedores y supervisó la descarga. No ocurrió nada fuera de lo normal a pesar de la torrencial lluvia que cayó durante su turno. Siempre se pone peor cuando llueve, pensó, mientras tomaba una dosis doble de calmantes. Tenía ese intenso dolor en la espalda por cuatro días, los mismos que venía lloviendo casi sin parar en Atlanta. Las noticias dijeron que llovería por dos días más y que a partir de entonces los canales y riachuelos se iban a desbordar causando inundaciones. 

Al marcar las 4.30 am., se sentó a preparar su informe final en el que no indicaría problema alguno, luego se alistaría para ir a casa. Se despidió de Aaron, el supervisor del nuevo turno, éste le sugirió que mejor se quedara un rato en la cafetería hasta que pasara un poco la tormenta; «no amainará hasta el fin del mundo», bromeó ella, y le dijo que quería ir a descansar, a ver si el terrible dolor le calmaba un poco. 

Seydi subió a su minivan y como de costumbre llamó a casa para despertar a su marido en una rutina que servía a este último de despertador para empezar su día: alistarse para ir a la oficina, preparar las loncheras de los niños y, cuando ella llegaba, tener listo el desayuno. Él regresaba a casa por la tarde, alrededor de las cuatro y media, luego, entre los dos, hacían las compras diarias; ayudaban a sus dos hijos con las tareas escolares y completaban cualquier otro quehacer doméstico, hasta que llegaba la hora en que Seydi se preparaba para volver al trabajo. Como supervisora, y por antigüedad, había logrado un horario de lunes a viernes, al igual que Pedro, su marido. Los fines de semanas lo dedicaban a la familia y a su parroquia. Mientras manejaba notó que el dolor había menguado un poco. 

Iba muy despacio pues la lluvia le impedía ver más allá de unos cuantos metros y aún no llegaba la luz del día. De manera repentina un movimiento brusco le hizo perder el control del auto, éste pareció elevarse mientras el motor se aceleraba violentamente para luego apagarse; «estoy flotando» ─pensó─. Se dio cuenta que estaba siendo arrastrada por una corriente de agua turbia y espesa, miró por la ventana y notó que llegaba a media altura del auto. Esperó un momento. Miró nuevamente y supo que se estaba hundiendo. El vehículo empezó a dar vueltas a manera de trompo y la sensación le dio náusea, trató de calmarse. Sintió humedad en los pies; las luces aún funcionaban, prendió el foco interior y vio que poco a poco el agua penetraba por la parte baja. Sentía golpes en la carrocería, uno de ellos le causó un inmenso temor por lo estridente; rápidamente entró más agua en la parte delantera y el auto lentamente se inclinó en esa dirección. Seydi se apresuró, tomó el celular y se arrastró a la parte trasera, llamó al número de emergencias. El pánico se apoderaba de ella mientras explicaba a la operadora que dentro de su auto estaba siendo arrastrada por una corriente de agua muy violenta. Una voz firme trató de tranquilizarla indicándole que la ayuda estaba en camino. Desde la parte trasera podía ver los alrededores: la lluvia había escampado un poco; reconoció su vecindario. En el centro de emergencias habían identificado el área donde se originó la llamada. La operadora preguntó a Seydi si le podía describir las construcciones. Hay un edificio amarillo ─le dijo─, la voz le preguntó queriendo saber más; Seydi pudo reconocer la parte trasera de la escuela primaria en la que estudia su hijo mayor. Desesperada pidió que por favor la salvaran, tenía miedo de ahogarse. «No te vas a ahogar», le repetía la voz, «ya sabemos exactamente dónde estás, trata de abrir la puerta y sal inmediatamente», le insistió la voz; Seydi le contestó que no podía abrirla porque el agua le impedía. «Abre las ventanas y deja entrar el agua y luego sales por una de ellas», le dijo la voz. Lo intentó, pero las ventanas eléctricas no respondían; «puedo intentar romper los vidrios», dijo Seydi, «sí», le contestó la voz, «si puedes hacerlo, hazlo ahora mismo y escapa por ahí». Seydi le dijo que había mucha corriente, que se iba a ahogar; «no te ahogarás», le repetía la voz, «te vamos a rescatar»; «no me dejen ahogar, me voy a ahogar», «no te ahogarás, te salvaremos». Seydi se calmó y empezó a golpear fuertemente los vidrios pero no lograba romperlos. Repentinamente un golpe seco le hizo voltear la mirada hacia la parte delantera y vio que un grueso tronco había penetrado en el auto haciendo casi añicos el parabrisas. El agua entraba como un torrente por un boquerón; la minivan rápidamente empezó a hundirse. Una vez más rogó a la operadora que no la dejen ahogarse y le dijo, desesperadamente, que el auto se estaba hundiendo; la operadora le reafirmó que no se ahogaría. El agua llegó a su espacio y ella soltó el celular y aguantó la respiración. Lucharía valerosamente para llegar a la parte delantera del auto y escapar por el hueco que había hecho el tronco. No podía. Golpeada y zarandeada como estaba por los movimientos violentos del auto como un juguete en la torrentosa corriente. La sensación de asfixia llegó casi inmediatamente, tragó un poco de agua y quedó aún más desubicada, sintió que sus pulmones reventaban, aun así logró palpar el boquerón de la ventana delantera, pero nuevamente un movimiento brusco le lanzó al fondo del auto. Sintió un golpe muy fuerte en la cabeza seguido de un sonido seco que pareció originarse en su cuerpo. 

De pronto se sintió calmada. Pensó en sus hijos y en su esposo;

ojalá que me esperen, iba a llegar muy tarde con este atraso. Se dio cuenta que el agua estaba en calma. Un inmenso pez se puso al lado suyo y le dijo que le siguiera, que él le enseñaría el camino donde iba a estar a salvo. Seydi empezó a bucear junto al pez; le preguntó si era de los que habían sido encargados para rescatarla, «sí…» le contestó el pez mientras nadaban juntos. Bucearon casi media hora hasta que llegaron a una orilla, el pez le dijo que ella debía esperar ahí, él no podía salir pues debía continuar su camino para ayudar a otros. Seydi se sentó tranquila. Escuchó voces a lo lejos y vio que un grupo de rescatistas estaban inspeccionando su auto que había quedado atrapado entre unos troncos. Trató de llamarlos pero no la escuchaban. Observó que sacaban un cuerpo del automóvil. Se sorprendió, pues ella estuvo sola; reconoció su ropa cuando unas potentes linternas alumbraron a la persona… también creyó reconocerse. 





Saludos amigos.

miércoles, 3 de julio de 2013

La Botija




 
Fuente: Wikipedia, con licencia Creative Commons


JOSE Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuerpo tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.

Petrona Pulunto era la nana de aquella boca;
-¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!

José Pashaca pujaba, y a la mucho encojía la pata.

-¿Qué quiere mamá?
-¡Qués necesario que tioficies en algo ya tás indio entero!
-¡Aguén!...

Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste bostezando.

Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.

-¡Que feyo este baboso!--llegó diciendo. Se carcajeaba--;meramente el tuerto Cande!...
Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena.

Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
-Estas cositas son obra denantes, de los aguelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.

José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.

-¿Cómo es eso, ño Bashuto?

Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.

-Cuestiones de la suerte, hombré. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.
-¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
-¡Comolois!

Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales “él bía presenciado con estos ojos”. Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.

Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar –por lo menos sin darse cuenta—y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Piojo de las lomas caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso es así. Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. El no trabajaba. El buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen “¡plocosh!” cuando la reja de las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan el cielo.

Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaco se peleaba las lomas. El patrón que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo puesto a dar aviso en el corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. “Es el hombre de jierro”, decían: “ende que le entró asaber qué se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca…”

Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.

Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arara, por no tener  tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos, que daban gusto.

--¡Onde te metés, babosada!—pensaba el indio sin darse por vencido--: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.

Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.

Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura, se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, “voltiando a ver al indio embruecado y resollando el viento oscuro. 

José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. “Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho”. 

Una noche, haciendo juerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la Cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir líadas en un suspiro estas palabras:

--¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!... 

Autor: Salvador Salazar Arrué, más conocido por su seudónimo Salarrué 

 
Imagen de la página: A punta de soga


GLOSARIO

Nana: Madre
Cuenterete: Un objeto sin importancia. Cosa indefinible.
Cipote: Niño, muchacho.
Caite: Sandalia de cuero crudo
Huaca (guaca): Tesoro enterrado en un cántaro o botija.
Majonchos: Especie de plátanos de forma prismática más bien que cilíndrica.
Botijas: Cántaro de barro alargada, fuera de uso en esta época, utilizado por las generaciones pasadas para ocultar tesoros bajo tierra o en los muros de las casas.
Bambas: monedas grandes, de plata u oro.
Puya: pinchar.
Chachado: Contiguo, pegado, gemelo.
Embruecar: embrocar.
Ingrimo: Completamente solo.
Matocho: Matojo, matorral.


Saludos amigos

martes, 2 de julio de 2013

Soledad


Antes éramos un montón, los solitarios dispersos por la ciudad.

Algunos se asomaban a las ventanas para ver la noche.

Otros paseaban su soledad por las veredas.

Pero poco a poco, los solos de las ventanas, empezaron a asomarse de a dos.

Y los que paseaban por las veredas, a ir en pareja.

De repente yo era el único solitario que quedaba.

Entonces decidí comprarme un perro.

Ahora, todo es diferente.





Nota: Imagen y textos del libro: Humor libre de CALOI. Editorial Nueva Senda SRL, año 1972.

Saludos amigos.

lunes, 1 de julio de 2013

Referendum







 
Colegio Ricardo Palma de Surquillo



En el año de 1970, cursaba yo el segundo de media en el colegio Ricardo Palma del distrito de Surquillo. Mi horario de clases era el que se llamaba “partido”. Asistía tanto en la mañana, como en la tarde. Mis compañeros y yo, Íbamos a nuestras casas para almorzar, y regresábamos a la escuela a las 3 de la tarde.



El director del colegio, era un entrañable señor. Han pasado tantos años, y todavía recuerdo su nombre completo: José Gabriel Rodríguez Figueroa. Era una persona muy culta. En una oportunidad durante las ceremonias cívicas que se efectuaban en el patio central, con todos los alumnos en formación, el director nos hablaba que en el Perú, habían tres clases de enemigos de una promesa de vida peruana: Los Incendiados, Los Congelados y Los Podridos. Impresionados le seguíamos la explicación. Tiempo después, aprendí que eso de los tres tipos de enemigos, fue un ensayo del historiador Jorge Basadre. Que tales maestros me tocaron en la escuela, eran de primera. Basta recordar al maestro José Sotillo, quien había formado un club de Astronomía y tenía equipada un aula, donde uno podía ver cine con películas sobre ciencia. También estaba el profesor Vargas y su club Herodoto para la enseñanza de la historia universal.



En el año de 1970, el director Rodríguez, fue trasladado a una dependencia del Ministerio de Educación. En su reemplazo, fue asignado al colegio un señor de apellido Dextre. Él implementó muchos cambios, pero bien visto, sus afanes no tuvieron otro objetivo que opacar la labor del antecesor. Dextre, fue creándose una atmósfera de rechazo.



Por esas épocas, algunos colegios particulares desarrollaban sus clases con el sistema llamado: Horario corrido. Los alumnos llevaban lonchera, y estudiaban desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde. La modalidad de ese horario fue propuesta por unos profesores para su aplicación en el Ricardo Palma. La idea comenzó a calar entre los estudiantes. Se evitarían los afanes de irse, para después retornar a la escuela en un mismo día. Esto de no regresar, era también una ventaja económica para los que nos desplazábamos en bus. Finalmente, los estudiantes, podrían estar más horas en casa para hacer sus tareas.



La idea de cambio de horario, fue objetada por el director Dextre. Él se oponía, y propuso lo siguiente: que los padres de familia decidan en votación el horario que debería usarse. Algo así como una especie de referéndum. Los padres en el periodo de una semana se acercaban al colegio y llenaban las respectivas tarjetas con su decisión.



La votación terminó. Un día viernes, a eso de las 4 de la tarde, tres mil alumnos estábamos formados en el patio. Se iba a conocer el desenlace del referéndum. El director parado delante del micrófono leyó los resultados: “Por la continuación del horario partido 1450 votos. Por el horario corrido 1475 votos”. Había también la existencia de votos en blanco.



Los alumnos gritamos, vitoreando el triunfo del horario corrido. Pero, no contábamos con la estrategia de Dextre, la máxima autoridad del colegio. Los alumnos le mirábamos. Todos los profesores también le miraban. El director anunció:”Veinticinco votos de diferencia, no es una mayoría absoluta. Por tanto, no se cambia el horario y se mantiene tal como está”.  Nos quedamos mudos. No esperábamos un mensaje así. Dextre ordenó: “Alumnos, vayan a sus salones. La reunión ha terminado”. Apagó el micrófono y colocó sobre el cabezal, y a manera de funda protectora, un pequeño bolso de tela.



No nos movimos. Nuestra respuesta de inmovilidad quizás era el afloro de un sentimiento de rebeldía frente a una actitud injusta. Fueron largos minutos de tensión. Algunos alumnos iniciaban lentamente su desplazamiento. En eso vimos que del grupo de profesores, uno de ellos, caminaba resueltamente en dirección a Dextre. Tenía una expresión de furia. Ya no nos movimos, parecía que iba a ver una pelea. El profesor, retiró el cobertor, encendió el micrófono, y se dirigió a los alumnos:



“Estudiantes Ricardopalminos. Hemos visto como se quiere torcer la voluntad de la mayoría de los padres de familia. Así que es de justicia, que se implemente en el colegio el horario corrido, que traerá beneficios a estudiantes y profesores, y que además permitirá hacer mejor las tareas de mantenimiento dentro del plantel. Así la diferencia fuera de un solo voto, pues gana la opción que consiguió la mayoría”



El maestro hizo un alto, para tomarse un respiro. Nosotros aplaudimos y gritamos a su favor. El continuó:



“Por eso alumnos, debemos hacer prevalecer lo que fue la voluntad de sus padres. El horario corrido es un hecho”.



Nosotros gritamos: ¡Viva el horario corrido! Aplaudimos al valiente maestro que dijo lo que queríamos escuchar. Recién allí, fuimos a nuestros salones, comentando lo que nos había tocado presenciar esa tarde.



Estábamos en las aulas, pero los profesores demoraban su llegada. Pasados unos quince minutos, ingresó el profesor, quien nos dijo: “Se suspenden las clases. Deben ir a sus casas. Todos los maestros vamos a tener una reunión de urgencia en el auditorio del tercer piso”. Así que salimos. Caminamos hacia el patio. Todos los alumnos se retiraban. Vimos a los profesores que se dirigían al tercer piso y de entre ellos distinguimos al valiente que había tomado la palabra en contra de Dextre. Cuando lo vimos asomarse a una ventana, gritamos: ¡Viva!  El contestó alzando la mano en señal de victoria. Había nacido un líder.



Mientras salíamos hacia la calle, unos alumnos comunicaban una consigna: “El lunes se viene, pero no se entra al colegio”. Vaya usted a saber, como se había “forjado” el comité de lucha de los estudiantes.



Llegó el lunes. La puerta lateral que se usaba como ingreso al colegio, estaba copada por una multitud de estudiantes gritando: ¡No entrar. No entrar!  Yo fui de los que optó por ingresar al local de la escuela. El director en otra muestra de su intransigencia, y de su malhadado proceder, había ordenado al personal de limpieza, conserjería y mantenimiento, que se proveyeran de un palo, y que se formaran a manera de “callejón oscuro”. Cada alumno que decidía ingresar, atravesaba el “callejón” escuchando de los armados con un palo lo siguiente: “El que entra, ya no sale”.



Los pocos que entramos, no tuvimos clases. Se vivía un ambiente muy tenso. Los alumnos que se quedaron fuera, al cerrarse la entrada lateral, se trasladaron al ingreso principal que da a la Avenida Angamos. Allí las puertas del colegio eran de vidrio. Se escuchaban silbidos y de un momento a otro, una lluvia de piedras comenzó a destrozar las lunas de puertas y ventanas.



A la carrera, nos hicieron salir por la puerta lateral. Antes nos avisaron que las clases se suspendían por tres días. Ya en la calle, me dirigí a la Angamos. Allí los estudiantes que atacaron al colegio, también se noticiaron de la suspensión de clases. Era tal la cantidad de uniformados de comando, que invadimos las dos vías de la avenida. Los autos y ómnibus no sabían por donde avanzar. Nosotros marchábamos hacia la avenida Panamericana. Una señora me preguntó: “¿Qué pasa? ¿Por qué tantos alumnos a esta hora de la mañana?, son las 10. Deberían estar estudiando”. Yo le conté lo del horario corrido.



Al día siguiente, lo sucedido en el Ricardo Palma, fue titular de dos diarios: “¡Estudiantes desatan caos en el colegio Ricardo Palma de Surquillo!”. “Turba de estudiantes genera violencia en Surquillo”. Pasados los tres días de suspensión, y vueltos ya al colegio los profesores en las aulas comunicaban las decisiones del director: El horario de clases no se modificaba. El profesor que contra la voluntad del director, hizo uso de la palabra soliviantando a los alumnos, fue separado del colegio.



Ese fue el final de nuestra “primavera” de modificación de horario de clases. Hay dos cosas que es necesario contar, para que esta historia pueda completarse. Pero más que completar, es el compartir, los guiños y las mofas que te da la vida. Una de ellas es referida a la norma que dictó el gobierno en enero de 1971: “El Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, considerando que la educación es un derecho, decreta a partir del presente año lectivo, que los locales escolares se utilicen con mayor eficiencia. Por tanto, se establecen dos horarios de estudios: Turno mañana con hora de entrada 7:45 AM y hora de salida 13:00 horas. Turno Tarde: con hora de ingreso las 13:30 horas y salida las 18:30 horas. Los militares gustaban de expresar las horas así con esa solemnidad: “trece con cero y cero horas”. Es decir, si se hubiera implementado el horario corrido, pues este desparecía  debido a la orden ministerial.



La otra es contarles el nombre del maestro que con energía nos dirigió su palabra de protesta. Esa que nos encendió el entusiasmo, y que por su acción, fue cesado. Su nombre era: Hugo Chávez.