viernes, 6 de agosto de 2021

La zorra y el sapo

 




Dicen, que cada vez que la zorra llegaba a beber agua a un riachuelo, encontraba un sapito sentado en la orilla, esta vez le dijo –sapito, siempre que vengo por aquí te encuentro tal como estás, se ve que nunca te mueves de aquí. –No crea –dijo el sapo–camino por la orilla de este río, por arriba hasta la laguna, luego regreso aquí, así mismo voy para abajo, también vuelvo, pues es necesario buscar alimentos con que vivir.

La zorra dice –no creo, aunque lo veo no creo, yo sí camino por diferentes sitios, estoy en las altas cumbres, caminar juntos te dejaría en dos pasos.

El sapo –tú caminas por la parte seca yo no puedo caminar por allí, yo tengo que ir por la orilla del río, por allí camino rápido.

La zorra dice –ya que caminas rápido por el río, apostamos y te dejo caminar, quién llega primero a la laguna donde nace este río; si te gano ¿Qué me pagas?.

El sapo responde –este sitio es de mi propiedad, si me ganas te quedas acá; si te gano ¿Qué gano?

La zorra dice –si es posible me comes–tú eres muy grande para mí, responde el sapo.

La zorra dice –no importa, el asunto es correr y ganar; apostamos para el día viernes al medio día –responde el sapo.

La zorra pide –falta fijar condiciones –yo corro por el río– responde el sapo.

La zorra dice –yo corro un poco alejado del río, pero ¿Cómo  sabemos quién gana?

El sapo responde –tú llamas yo contesto con mi voz conocido choc, choc… antes de partir buscaremos al juez.

Para el día citado el sapo buscó muchos sapos y los distribuyó de trecho en trecho, del sitio de la partida hasta la laguna, con la intención de responder cuando la zorra llama con la voz característica de choc, choc, choc… siempre adelantado.

Llegó el citado día viernes, necesitaban un juez quien califique la carrera y declare al ganador.

Por allí pasaba un lobo viejo medio hambriento a quien llamaron para que les sirva de juez; para que dé la orden de partida y declare al ganador de la apuesta.

El lobo al ser requerido aceptó incondicionalmente, para dar la voz de partida se adelantó a la parte más elevada del lugar, desde allí, con una voz ronca, dio la voz de partida.

La zorra, después de unos diez pasos pregunto –sapito, dónde estás– éste le contestó– choc, choc, choc… Así continuó todo el trayecto.

Al verse agitado entró al río a beber agua, mientras tanto el choc, choc, se alejaba más y más. La zorra corría y corría a toda prisa con el rabo entre las piernas porque ya se sentía perdida.

El sapo gritaba más lejos, cada vez más lejos. La zorra se encontraba completamente cansada, por fin se tiró al suelo de puro cansancio sin haber llegado a la laguna y se murió.

El lobo, juez de la apuesta, declaró ganador al sapo y se quedó al lado de la zorra muerta para comérsela.


FIN

Domingo Espinoza Vilchez, Relatos nocturnos de las Hilanderas de San Pedro de Cajas,

Tarma, 1993, pp. 65-66.

Tomado de: Cartografía de la memoria, de Juan José García Miranda.

El zorro y el niño





Había una familia que tenía un solo hijo, un hijo varón. Este chico iba cada día a buscar leña y un día encontró una perdiz en el lugar donde iba, por leña. La llevó pues a su casa, la puso dentro de su cama, sin que su madre la viera, porque su madre no quería esos animales. Así la tenía en su cama, la guardaba allí cada día. El chico llevaba a la perdiz allí mismo la comida que le servían a él. De este modo creció grande la perdiz.

Alguna vez los padres dijeron al chico:

–Corre de nuevo a buscar leña.

Él puso a dormir a la perdiz en su cama y se fue. Mientras su mamá, pensó:

“Hoy voy a lavar la ropa de mi hijo”. Miró su cama y dijo: “Voy a extender la cama al sol”.

Y encontró allí la perdiz. "Cómo habrá llegado eso a la cama de mi hijo? Eso traerá pulgas”, pensó sacándola. “Mejor la voy a cocinar para el regreso de mi hijo, seguro va a llegar cansado trayendo la leña”, pensó. Y mató a la perdiz, la peló y la cocinó. Luego llegó el chico cargando leña.

–Hijo mío, le llamó su mamá.

–¿Mamá? Le contestó el chico.

–En tu cama había una perdiz, ahora le he matado y la he cocinado, ve y come. Te hemos guardado algo para ti también, nosotros ya hemos comido una parte.

El chico se fue, miró en la olla, de veras había allí una perdiz, sus plumas estaban botadas en un rincón. Entonces el chico, muy triste, se puso a llorar.

Pero a la fuerza comió un poco de esa carne. No sabía qué hacer e hizo un instrumento de música con los huesos de la perdiz. Ese instrumento silbaba así: “Huis, huis, huis”.

–Tengo una flauta, dijo el chico después de hacerla.

E iba a todas partes tocando su flauta, hasta por leña iba con la flauta que él se había hecho con los huesos de la perdiz.

Una vez un zorro estaba viniendo de un cerro, de otro sitio. Se encontraron en el camino.

–¿A dónde estás yendo chiquito? Le preguntó el zorro.

Yo estoy yendo por leña tío, contestó el chico.

–Y ¿Qué estás llevando?

–Estoy llevando mi flauta nomás.

–A ver, muéstramela.

Se la mostró.

–Enséñame pues a tocar alguito.

El chico le enseñó a tocar.

–Silba muy bonito tu flauta, dijo el zorro.

Y el zorro devolvió al chico la flauta.

–Toca otra vez más, le dijo el zorro, estudiando con atención cómo se tocaba.

El chico tocó otra vez más.

–Huilis, huilis, huilis, ¡qué lindo sonido tiene!

De nuevo el zorro le pidió la flauta al niño:

–Préstame a ver…

El chico le prestó la flauta. De repente el zorro se escapó a la carrera llevando la flauta. El zorro corría velozmente y el chico se quedó ahí llorando.

Lloró mucho, llegó a su casa, lloraba, regresó otra vez al lugar donde el zorro le había quitado la flauta. Y mientras estaba ahí vino un hombre:

–¿Por qué estás llorando, papá? Le preguntó.

–Estoy llorando por mi flauta; un zorro me ha quitado mi flauta y se la ha llevado, contestó.

–Ah ya ¡Qué malo debe ser este zorro! Yo ahora te voy a aconsejar algo.

–A ver ¿Qué será?

–Ahora el zorro va a volver por aquí tocando la flauta, tú te vas a echar al suelo y vas a estar sin moverte. Se acercará y tú no escucharás nada, aunque llore, aunque te jale no te vas a mover. Te pondrá entonces la flauta en la boca y la agarrarás bruscamente y por sorpresa, así tu flauta habrá vuelto a tus manos.

El chico según le aconsejó este señor, se echó pues en medio del camino, se quedó ahí tendido. De repente apareció el zorro de los cerros. Tocaba: Huilis, huilis, huilis”. “Ya está viniendo”, pensó el chico. Miró, que el zorro venía ya rápido por el camino. Llegó donde estaba tendido ese chiquito. Estaba ahí echado sin hacer ningún movimiento.

Estaba como muerto.

–¡Mira eso! Seguro que lloró mucho por su flauta. Habrá muerto de mucho llorar por su flauta; pensó el zorro y jalaba al chico, sacudiéndolo.

–¡Oye despierta, oye despierta! ¡Nada! Se ha muerto seco por causa de su flauta. Ya no va a poder tocarla. A ver toca…Le decía el zorro y ponía la flauta en la boca del chico. Éste no se movía nada.

–Toca pues, a ver...repitió poniéndole la flauta hasta muy adentro de la boca.

De repente el chico la agarró, el zorro se sobresaltó de susto. Así el chico recuperó de nuevo su flauta. Y el zorro se escapó.

Y ahí se acaba ese cuento.


FIN

Fuente: Alain Délétroz Favre, Huk kutis kaq kasqa, Relatos del distrito de Coaza (Carabaya – Puno), Cusco, Instituto de Pastoral Andina, 1993, Relatos con textos quechua y castellano.

Tomado de: Cartografía de la memoria, de Juan José García Miranda.


El zorro que abandonó a su novia




Tiempo atrás, cuando el búho se convertía en joven enamorado nocturno y el zorrino se convertía en una hermosa y provocativa joven que con su atadito en la mano conquistaba muchachos para hacerlos sus maridos; en esos tiempos, el zorro bandido también tomaba forma humana para así poder enamorar a las mujeres.

Por esa época hubo un zorro que convertido en joven elegantemente vestido con poncho de vicuña, chullo puntiagudo y bufanda de la misma lana enrollada al cuello, buscaba comida vagando por los cerros. Andando así, un día vio a una hermosa muchacha que estaba pastando su  ganado. Ella era una joven muy querida por sus padres, porque además de buena y trabajadora era la única hija que tenían.

Aquel día la muchacha estaba comiendo su fiambre de chuño blanco con asado de carne de llama, cuando se le apareció el zorro con apariencia de joven diciendo:

-¡Hola hermana! ¿Estás pastando llamas?

Como la joven no levantaba siquiera la vista, el zorro continuó:

-No me tengas miedo, yo también estoy pastando mi ganado de llamas que está detrás de la loma. Te he visto antes y siempre estás sola. Mira que el tata cóndor ha devorado crías de tus llamas y tú no lo has visto. Sería mejor que pastáramos juntos nuestros animales.

La joven pensaba para sí: “Este joven a quien nunca antes he visto ¿de dónde vendrá? ¿hijo de quién será?” y la duda la molestaba porque a la vez se sentía feliz con la presencia del apuesto visitante. Luego de pensar un poco dijo:

–Hermano, nunca antes te había visto, pero de todos modos de hoy en adelante seamos amigos. Estoy comiendo asado de carne ¿no quieres que te convide un poco? Y le dio de comer y el joven tragó un gran trozo de un solo golpe, lo que sorprendió a la pastora.

Desde entonces comenzaron a encontrarse todos los días hasta que hicieron el compromiso de casarse y fijaron la fecha.

Llegó por fin el día señalado para la realización de la boda, y los novios se presentaron elegantemente vestidos. El joven de pronto empezó a inquietarse y ponerse nervioso porque temía que comenzara el sonido de los cohetes y por eso no se desprendía ni un instante de la mano de su novia. Ciertamente los zorros tienen mucho miedo al ssshhhiii… ¡boum!… ssshhhiii… ¡boum! de los cohetes y él sabía que con un susto así volvería a su estado normal de zorro, pensando sobre esto se decía: “Ojalá no revienten los cohetes… ojalá que no. Ya no quiero ese ssshhhiii… ¡boum! ssshhhiii...  ¡boum!. Que suceda lo que sea, no me importa, con tal que no revienten esos cohetes porque sería demasiado vergonzoso que me vieran echando a correr arrastrando mi cola hecha un trapo”. Así pensaba mientras meneaba ocultamente su cola, pensando cómo engañar a la gente.

Durante toda la ceremonia el zorro estuvo sobresaltado. Terminada la boda salieron los novios y sus acompañantes y fieles bailaron, mientras se dirigían a su casa. Cuando estaban llegando, el joven novio empezó a correr de un lado a otro como un cuy asustado. –Que no haya ssshhhiii… ¡boum!¡Que no haya cohetes!– decía.

Viendo esto, los invitados lo calmaron diciéndole:

–Señor novio, no tenga usted miedo. No se reventará ningún cohete, no habrá ningún ssshhhiii… ¡boum! Le prometemos que estaremos pendientes para impedir que alguien reviente un solo cohete. Siéntese en la ramada porque hoy es su gran día y vendrá mucha gente a saludarlo.

Entonces padrinos y novios se sentaron para recibir apjata de los familiares, mas el novio seguía muy alerta temiendo que en algún momento fuera a sonar un cohete. Así estaban cuando en eso llegaron los familiares de la novia, para ofrecer sus regalos reventando cohetes ssshhhiii…¡boum! El joven al escuchar tanto ruido empezó a correr convertido en zorro de mal agüero gritando ¡waq! ¡waq! Todos los invitados y la novia se quedaron paralizados al ver que el zorro huía dejando en el suelo su traje de novio.

Fue así que el zorro convertido en un joven elegante logró cautivar el corazón de la linda pastora que se quedó sin esposo.

Por eso las madres aconsejan a sus hijas diciéndoles:

–Antes de tener compromiso con un joven, hay que conocerlo bien, porque hay jóvenes listos y otros que no lo son, ociosos y no ociosos, necios y no necios.


FIN


Tomado de: Cartografía de la memoria, de Juan José García Miranda.

El zorro que se hizo quemar el hocico






Dicen los abuelos que en tiempos muy remotos los frutos, los muros y hasta las piedras tenían oídos y podían hablar. En aquellos tiempos el zorro malvado solía convertirse en un hombre elegante.

Cuenta la siguiente historia que en una comunidad vivía un matrimonio muy feliz. Era esta una pareja ejemplar que no conocía el pleito. La mujer, además de tener muchas virtudes morales, era una trabajadora incansable en los quehaceres del hogar. El esposo era igualmente virtuoso y destacaba en el trabajo de la chacra. Nunca les faltaba agua porque al costado de sus tierras tenían un manantial y, con riego asegurado, todos los años producían quinua, cañihua, chuño, tunta, en tal abundancia que tenían sus sejes rebalsando de alimentos.

Pero no todo dura para siempre y nunca falta algún envidioso que acecha.

Un día en la mañana, iba el hombre por el camino dirigiéndose a sus labores agrícolas y se encontró con un joven muy elegante que estaba sentado sobre una piedra en la ribera del arroyo. Su cuerpo era muy delgado, tenía la nariz puntiaguda y los ojos achinados. El joven saludó al agricultor con bastante cariño, como si fuera un viejo amigo. El hombre contestó al saludo de manera distante, a fin de evitar cualquier conversación, pues no tenía ninguna intención de charlar con el desconocido.

Al día siguiente estaba el mismo joven al borde del arroyo esperando a que el hombre pasara y, al verlo acercarse, lo saludó cortésmente; pero, al igual que la víspera, el hombre apenas contestó el saludo y siguió su camino al trabajo.

En la tarde siguiente, cuando el hombre estaba regresando de la chacra, el desconocido lo estaba esperando y tras cerrarle el paso le habló:

–¡Oh querido amigo! Siempre lo veo andar muy apurado. Seguro que los trabajos de la chacra te quitan mucho tiempo, pero yo quiero decirte una cosa:

Para todas las familias que viven en esta comunidad son usted y su señora un ejemplo de lo que debe ser un hogar. Pero, para hablarle claro, yo no lo veo así.

El hombre interrumpió al joven antes de que continuara:

–Así es. Lo que dices es cierto, pero ahora me disculparás pues debo seguir mi camino… aún tengo mucho trabajo. Otro día conversaremos, y diciendo esto se marchó a su casa dejando solo al joven hablador.

Nuevamente, al otro día por la tarde, el desconocido esperó al hombre al regreso del trabajo y cerrándole nuevamente el paso le dijo:

–¡Oiga señor! En este mundo la vida no es siempre pareja, pues una persona puede sufrir un tropiezo. Unas veces somos muy felices y otras estamos en desgracia y llorando. Uno no está libre nunca del dolor. Todo tiene dos caras como la mano tiene dorso y palma. En estos tiempos, por más virtuosa que sea la mujer siempre puede hacer algo malo. Pues bien, yo sé mucho sobre estas cosas. Ahora, por ejemplo, la gente comenta que por las noches tu virtuosa mujercita, después de dejarte dormido, sale de casa y se va detrás del canchón a hacer pis y ahí se queda jugando, tirándole piedrecitas a un joven desconocido y después vuelve a la cama como si nada hubiera pasado.

Al escuchar esto, el hombre perdió la tranquilidad. No quería ni probar alimento y solo pensaba en si sería verdad lo de la infidelidad de su mujer, hasta que un día se decidió a interrogarla:

–Mujer, ¿Quién es ese hombre con el que juegas arrojándole piedrecitas cuando te vas a hacer pis por las noches?

La mujer a la vez dolida y confundida por la pregunta, contestó:

–Nadie juega conmigo. Algunas de estas noches, cuando salgo el malvado zorro aparece y a él le arrojo piedras para ahuyentarlo, pensando que viene a robar las crías del ganado. Para que veas que no miento mañana tú saldrás primero y te ocultarás detrás del canchón y con tus ojos podrás ver a ese malvado zorro que está jugando tan sucio.

Así, aquella noche, cuando la mujer salió a orinar, el zorro hizo su aparición, y ella tomando una piedra se la arrojó sin acertar. Cogió entonces una piedra grande e igualmente la arrojó al zorro, que nuevamente la esquivó. Finalmente el zorro hizo su retirada perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Muy segura, al regresar a la casa, la mujer dijo a su marido:

–Ahora sí habrás visto que no es más que el zorro, pero el marido estaba furioso y replicó:

–¡Oye mujer! Lo que he visto es un hombre y no un zorro como dices. No pretendas engañarme, y diciendo esto casi le pega a la pobre mujer, que llorando se defendió:

–Mañana en la noche verás. Yo sabré qué hacer para que me creas que quien me molesta es ese malvado zorro y no

ningún hombre.

El marido aceptó lo que la mujer le decía y al siguiente día llegaba ya la tarde, cuando habían terminado de comer, la mujer cogió un palo grande y grueso y lo encendió en un extremo con las brasas de una hoguera y avisó a su marido para que se ocultara en el mismo lugar que la noche anterior.

Así hizo el marido y la mujer salió a hacer pis llevando el palo en la mano. Viendo a la mujer sola, de inmediato apareció el zorro que ya la estaba esperando. Al verlo, la mujer avanzó lentamente hacia el animal. El zorro se puso muy contento y se acercó moviendo juguetón su cola y con las orejas estiradas para atrás se disponía a abrazarla. Levantando el palo que hasta ese momento llevaba escondido en la espalda, la mujer le pegó en el hocico con el extremo ardiente. El zorro al sentir el dolor de la quemadura en esa parte tan delicada huyó gritando para no volver nunca.

Según cuentan, el zorro no volvió más a hacer pelear a la pareja. También dicen que desde que la virtuosa mujer quemó el hocico del zorro, éste lo tiene negro.


FIN

El zorro escapa de la trampa





Los campesinos de Chumbivilcas (Cuzco) ponen un “kapi” o trampa de piedras, para cazar al zorro. Éste va por ahí y queda preso. En tal momento se presenta “Ch’eqocha” (avecita que emite silbidos desesperados cuando ve zorros o gatos). El zorro pide que le haga la merced de buscarle una buena porción de “ch’ijna” o “mut’ukuru” (huevos de moscardón) con que se unta completamente ojos y boca. Cuando los campesinos llegan lo encuentran “muerto” o “agusanado”. Lo toman del rabo y lo botan lejos. El zorro aprovecha de ese momento para levantarse y continuar con sus correrías.


FIN

martes, 3 de agosto de 2021

Un papá que no sabía contar historias





Había una vez un papá que no sabía contar cuentos... Cada noche antes de dormir, Jaime llamaba a su papá.


- Papá, ¿me cuentas un cuento? 
- Hijo, no sé ningún cuento. Si quieres te cuento lo que he hecho hoy en el trabajo, o lo que vi en el noticiero, o lo que hablé con la tía María..., pero cuentos... no sé ninguno. 
- Uy papá, yo quiero que me cuentes un cuento - decía Jaime – 
- Si quieres mañana vamos a la Biblioteca a ver si encontramos alguno para leer...

 
Al día siguiente Jaime y su papá fueron a la Biblioteca.


- ¡Buenas tardes! - dijo Jaime al entrar. 
- ¡Sshhhisss! ¡Silencio!- dijo la bibliotecaria- Aquí no se puede hablar alto o molestarás a los lectores. 
- ¡Buenas tardes! - repitió Jaime, pero esta vez muy bajito. 
- ¡Buenas tardes! ¿Puedo ayudarte en algo? - pregunto la señora. 
- Tenemos un problema - explicó Jaime - Mi papá no sabe contar cuentos... 
- ¡OH! Ese es un problema muy serio. Creo que sé quién puede ayudarlos... 
- ¿Quién? -preguntó el papá muy interesado. 
- ¡El Duende de la Fantasía! 
- ¿Dónde podemos encontrarle? - preguntó Jaime. 
- Subir a la tercera planta. Esta un poco oscuro porque se malograron las luces y, como apenas va alguien por allí, aún no lo han arreglado. Tienen que ir al fondo de la sala. Allí hay un libro muy grande y no muy lejos de él lo encontrarán. Pero tengan mucho cuidado, no lo vayan a asustar. Lleva muchos años viviendo en la Biblioteca y no está acostumbrado a los ruidos fuertes. 


Jaime y su papá subieron las escaleras, al llegar a la tercera planta, había muy poca luz, no había nadie en las mesas y al fondo, apenas se veía nada, así que se acercaron muy despacio casi de puntillas, para no hacer ruido. 


Al fondo del todo había una mesa y sobre ella un gran libro, tan grande o más grande aún que Jaime, pero allí no había nadie más, no encontraron ningún duende... 


- ¡Creo que aquí no hay ningún duende! - dijo papá. 
- Este es el libro, así que no tiene que andar lejos.


Jaime comenzó a andar alrededor del libro y, cuando hubo dado una vuelta completa, allí estaba el duendecillo, encima del libro, mirándole como si supiera a qué había ido allí. 


- ¡Hola, Jaime! - saludó el duende. 
- ¿Me conoces? 
- ¡Claro!, te estaba esperando... Yo conozco a todos los niños y en especial a aquellos que necesitan mi ayuda. Cuéntame, ¿Qué te pasa?
- Este es mi papá, no sabe contar cuentos... 
- ¡Eso es imposible!- dijo el duende sorprendido 
- ¡Es cierto!
- No conozco ningún cuento, puedo contarte lo que quieras, pero un cuento... ¡Imposible! 


El Duende de la Fantasía, se pasaba las manos por la cara una y otra vez tratando de comprender lo que estaba viendo... 


- Vamos a ver, ¿sabes quién es Caperucita? - preguntó el duende 

- No la conozco. 
- ¿La Bella y la Bestia? 
- Nunca he oído hablar de ellos. 
- ¿Pinocho? 
- ¿Quién es ese? 
- ¿Blancanieves? 
- ¿Es una chica? 


El Duende estaba empezando a perder la calma... 


- ¿Sabes quién es David el Gnomo? 

- Todo el mundo sabe que los Gnomos no existen - respondió el papá.
- ¡Es cierto, Jaime! ¡Tu papá no conoce ningún cuento! Esto es más grave de lo que pensaba... 
- ¿Puede curarse? - preguntó Jaime. 
- ¡Claro! Tu papá ha perdido su memoria infantil. Para recuperarla deben ir al País de Siempre Volverás, buscar la fuente de los cuentos y beber de ella. 
- Querrás decir el país de Nunca Jamás - dijo Jaime 
- ¡No! Ese es el País de Peter Pan, yo hablo del País de Siempre Volverás, donde viven los protagonistas de todos los cuentos, allí están todos. 
- ¿Cómo llegaremos hasta allí? 


El Duende dio un salto y al instante cayó al suelo y tras él cayó el libro, que quedó abierto Sus páginas mostraban una puerta secreta que conducía al País de Siempre Volverás. 


- ¡Entren!- dijo el Duende- Recuerden que tienen que buscar la fuente de los cuentos y beber de ella. 


Jaime y su papá entraron en el libro y al instante todo cambió de color, la luz llenaba el lugar, había flores, árboles y animalillos que corrían por todas parte, pájaros que cantaban sin parar, nubes azules, un sol radiante en el cielo y un camino de color naranja en el suelo... 


- ¡Vamos, papá! Veamos dónde nos lleva este camino... 


Padre e hijo anduvieron y anduvieron sin cansarse hasta llegar a una casita de ladrillos rojos, llamaron a la puerta, y se oyó una voz:


- ¿Quiénes son? ¿y qué quieren? 

- Soy Jaime y mi papá, buscamos la fuente de los cuentos.


La puerta se abrió y aparecieron tres cerditos.


- ¡Ufff...! ¡Qué susto! Creíamos que era el lobo, ya destruyó dos casas pero con esta no podrá. No dejen el camino, él os llevará a la fuente de los cuentos. 


Jaime y su papá siguieron andando por el camino naranja hasta que llegaron a un gran palacio, en la puerta había un gato, pero no era un gato normal, era un gato con botas. 


- ¡Miaauuu! ¿Quiénes son ustedes? 

- Jaime, que gato tan raro -dijo el papá un poco asustado. 
- Soy el gato con botas y cuido la casa de mi amo que se encuentra en la fiesta del pueblo. 
- Nosotros buscamos la fuente de los cuentos 
- Entonces seguir el camino, los lleva al pueblo y allí esta la fuente. 


Jaime y su papá una vez más continuaron andando, a lo lejos se veía un pueblecito. Entonces apareció un gran globo que bajó del Cielo. 

- ¡Buenos Días, caballeros! Soy Willy Fog, estoy buscando el baile de los cuentos, saben dónde esta. 
- Al final de éste camino, nosotros vamos allí. 
- ¡Entonces suban a mi globo! Yo los llevaré. 


Se montaron en el globo y en un par de minutos llegaron al pueblo. Había muchísima gente celebrando una gran fiesta, la Bella y la Bestia bailaban en el centro de la plaza, Caperucita estaba preparando una merienda para todos los invitados, Los músicos de Bremen tocaban y cantaban sin parar, Blancanieves bailaba con los enanitos, Hansel y Gretel jugueteaban en su casa de chocolate. Aladíno volaba en su alfombra mágica y Campanilla iba de un lado a otro buscando a Peter Pan, que se había escondido dentro de la casa de chocolate.

 Jaime y su padre se acercaron a la fiesta y preguntaron a un señor muy bajito:


- Hola, soy Jaime y buscamos la fuente de los cuentos. 

- Hola, soy David el Gnomo, la fuente de los cuentos está detrás del lago de los cisnes. 


Allí fueron Jaime y su padre, al llegar el papá se acercó y bebió de la fuente. Casi sin darse cuenta habían vuelto a la Biblioteca, estaban frente al libro gigante, pero ya no había rastro del Duende de la Fantasía. Bajaron rápidamente a la planta baja y se acercaron a la Bibliotecaria 


- ¡Queremos llevarnos el libro gigante de la tercera planta! 

- Ese libro no se presta, - dijo la señora. Pueden venir a leerlo cuando quieran, pero no se puede sacar de aquí. 
- ¡Está bien! Volveremos mañana. Jaime y su papá se fueron a casa. Al llegar la noche, Jaime le preguntó a su papá 
- Papá, ¿me cuentas un cuento? 
- ¡Claro! Conozco todos los cuentos del mundo, pero hoy voy a contarte un cuento especial... 
- ¡Qué bien! 
- ¿Estás preparado? 
- ¡Sí! 
- Había una vez un papá que no sabía contar cuentos...


FIN

Eva López León

domingo, 1 de agosto de 2021

Un pájaro nunca visto






(Relato tradicional del Uruguay)

Perseguido muy de cerca por el Tigre, llegó una mañana Juan el Zorro al rancho del Hornero, quien le dio la bienvenida con cordiales palabras, mientras se arreglaba los pliegues del ponchito marrón que siempre llevaba puesto.
Y mientras el mate amargo iba del uno al otro, como queriendo afianzar aún más la sólida amistad que los unía, Juan enteró al dueño de casa de que el Overo (tigre) venía siguiéndole el rastro y no había de tardar ya mucho rato en presentarse allí.
Si usted me ayuda le daremos una buena lección -terminó diciendo-. Y de paso nos divertiremos un poco. ¿Está de acuerdo?
- Por supuesto. Hable que soy todo oídos -respondió el Hornero.
Entonces Juan, que tenía ya todo previsto, sacó del bolsillo de su bombacha un tarrito de pintura roja, recientemente adquirida en Ia pulpería del Tatú (armadillo).
Permíteme que le cambie de color a su plumaje - dijo- y Ie aseguro que no se arrepentirá. Porque con una sola mano de esta pintura lo dejaré tan buen mozo que hasta el mismo Churrinche (ave de pecho rojo), si lo ve, se morirá de envidia. Después, tendrá que hacer al pie de Ia Ietra todo lo que yo le diga.
Y obtenido el consentimiento del Homero, que se había puesto alegre como un niño ante la perspectiva de lucir ropa nueva, comenzó de inmediato Juan a pintarlo.
Un cuarto de hora más tarde apareció en el camino real el Tigre, jinete como de costumbre en su Venado, que sudaba a chorros bajo el inclemente sol estival.
- ¡Por fin te tengo en mi poder, bandido! - gritó al divisar a Juan bajo la sombra de un frondoso coronilla.
Y echando pie a tierra enderezó rápidamente hacia él, con el rebenque en alto. Pero el Zorro, haciéndole señas para que se callara y señalando una rama del árbol, le dijo a media voz:
- ¡Silencio, don Tigre, por favor, que se me va escapar este pájaro precioso si usted sigue gritando!
El felino miró en la dirección indicada y no pudo contener una exclamación de asombro al divisar al Hornero, que con Ia pintura fresca resplandeciendo al sol y la cabeza metida bajo el ala, fingía dormir con sueño profundo entre el ramaje del árbol.
- Hace horas que estoy esperando que alguien me ayude a cazarlo - añadió Juan- Se ve que es un ave delicada y si la llevo en la mano puede morirse. Quédese usted aquí mientras yo corro hasta la pulpería en busca de una jaula.
- Bueno - respondió el Tigre, que ya se consideraba dueño del hermoso pájaro.
Lo malo es que no tengo plata, ¿sabe?
- Pues toma y date prisa, sinvergüenza.
Y el Overo alcanzó a Juan un par de patacones (monedas de plata) que éste puso a buen recaudo, montando luego en su Ñandú y cerrándole piernas rumbo a la pulpería.
No bien quedó solo el Tigre, y tal como había supuesto el Zorro, quiso apoderarse del ave, aprovechando que estaba posada sobre una rama baja.
Se aproximó con cautela, y parándose en las patas traseras se dispuso a darle alcance, al tiempo que murmuraba para sus adentros: “Me llevo esta preciosura para la estancia y lo dejo con una cuarta de narices a ese zonzo Zorro. Así será doble mi satisfacción”
En ese mismo instante el Hornero, que lo observaba por entre las plumas del ala, voló y fue a posarse sobre la copa del otro árbol próximo, desde el cual, luego de emitir su inconfundible grito a fin de que el felino lo reconociera, se puso a canturrear entre risotadas este versito burlón que le enseñara Juan:
Hay muchos bichos zonzos en este mundo,
pero como don Tigre tal vez ninguno.
Entonces el Overo, comprendiendo que había sido chasqueado una vez más, saltó sobre su Venado, y emprendió una frenética carrera hacia la pulpería, con la vana esperanza de encontrar al Zorro, que, previsor como era, ya había tomado un rumbo bien distinto.
FIN