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jueves, 7 de abril de 2016

La aldea del ajedrez







Marottichal es una pequeña ciudad al sur de la India que tiene una industriosa habilidad en la producción de licores. Hubo un tiempo en que la fabricación y comercio del alcohol se convirtió en la principal ocupación de la población. Lamentablemente esta estructura de vida se convirtió en adicción.

Era terrible lo que las familias de Marottichal vivían día tras día. Lo que inicialmente les permitía un sostén de vida se había vuelto en contra de su misma integridad. Tal parecía que no había solución. 

Una noche en las calles del poblado se escuchó una voz: ¡Hay una solución para los males de la ciudad!  Muchos vecinos escucharon este anuncio de esperanza. Narayan fue uno de ellos.

Narayan era un joven de 26 años quien vio en la televisión una noticia que venía de una nación muy lejana y de raro nombre para el: Islandia. Allí en ese europeo país se realizaba un campeonato mundial de ajedrez. La estrella era un jugador de los Estados Unidos: Bobby Fischer, un joven superdotado para el juego y que con su participación estaba haciendo peligrar la primacía mundial de los ajedrecistas de Rusia. Narayan decidió viajar hasta una ciudad vecina a Marottichal para aprender sobre el llamado “juego ciencia” el ajedrez, que según antiguas leyendas se había inventado en la India. 

El joven aprendió técnicas de juego y posiciones estratégicas de las fichas. Se ilustró sobre las llamadas aperturas y el doble ataque directo con los alfiles, pero sobre todo asombró a su maestro en el empleo de la llamada: “defensa siciliana”. Terminada su instrucción, regresó a su pueblo y convenció a su padre un cocinero ya retirado,  de abrir un pequeño restaurante al que le puso el extraño nombre de: El Club de Agosto. Lo que el restaurante ofrecía como novedad era lo siguiente: Aquí solo comenzamos a preparar la comida en el momento mismo que usted la ordena. No se sirve licor.

La primera mañana de funcionamiento del restaurante solo se captó a un cliente. Este usaba un turbante azul,  y una vez ubicado en una silla descubrió que sobre la superficie de la mesa había pintado un recuadro con sesenta y cuatro casilleros a dos colores: blanco y negro. Se acercó Narayan y saludó al comensal quien intrigado preguntó sobre el recuadro de la mesa, al mismo tiempo observaba las mesas vecinas y en todas estaba el recuadro de sesenta y cuatro casilleros.

Narayan le dijo: Aquí preparamos la comida a partir de lo que usted solicite, mientras esta va haciéndose, yo le invito a jugar Ajedrez conmigo. El cliente no muy convencido ordenó un plato de Biryani, acompañado de una porción de Chapati. Nariyan llevó la orden a su papá e inmediatamente regresó con un bolso de cuero de la cual extrajo fichas confeccionadas en madera. Las había de color blanco, y de color negro.

Las fichas fueron dispuestas en su respectiva ubicación en el tablero. El joven iba explicando el nombre de cada una y de las posibilidades de movimiento que tenían. Rápidamente concluyó su explicación anotando que el juego era una contienda de estrategias. Narayan en actitud de cortesía cedió al comensal el jugar con las fichas blancas.

Empezó el juego. El cliente perdió, era su debut, no obstante solicitó jugar de nuevo y esta vez con las fichas negras. Desde la cocina se oía el chasquido del fuego atacando a una sartén sobre la cual se había vertido verdura picada. Comensal y anfitrión se sumergieron en la partida. Esta vez la contienda demoró un poco más que el primer juego. Narayan volvió a ganar. El cliente pidió una tercera contienda, pero en eso una campanilla sonó. Era  el aviso de que estaba listo el almuerzo y se procedió a servirlo. El cliente disfrutaba el aldeano sabor de los Chapatis y el dulzor del  Biryani. Al retirarse prometió regresar al día siguiente.

Al otro día, y cercano a las 12 del mediodía, se apareció el del turbante azul esta vez acompañado de tres amigos. Se ubicaron dos a dos en cada mesa. Se acercó Narayan, saludó a los comensales y les tomó su orden la que fue transmitida a la cocina. El joven sirvió cuatro vasos de refresco y entregó a cada mesa un juego de fichas. El del turbante azul explicaba a su contendor. Los de la mesa vecina recibieron instrucciones de parte del anfitrión. Pasados unos minutos ya los cuatro estaban sumergidos en el juego. Los platos demandaban un tiempo de preparación, pero esto no significó malestar en los comensales. Ellos eran ajedrecistas.

Así día tras día, se hizo popular el restaurante: El Club de Agosto. Todo el pueblo se notició y los comensales fueron en aumento, al punto que fue necesario instalar más mesas. Narayan fue invitado por las autoridades del pueblo para que enseñara el juego del ajedrez, entonces: jóvenes, ancianos y niños se volvieron expertos. Así que los pobladores pasaban jugando el ajedrez en los parques, en las veredas de las calles, en los salones de espera de la estación de tren. Ya nadie se acordaba de beber licor. Cuando por sus labores los pobladores no estaban jugando, pues conversaban sobre estrategias y tácticas del juego ciencia. La ciudad se había salvado. La noticia de lo que ocurría en la villa de Marottichal bautizada como ciudad ajedrecista, llegó a los cuatro rincones de la India. 

Una mañana se apareció en la villa el genial jugador indio Viswanathan Anand quien es cinco veces campeón mundial de ajedrez. Él quería conocer la población donde según las estadísticas del gobierno central hay un 100% de alfabetizados en ajedrez. Se animó a jugar unas partidas y opinó que el nivel de sus contendores era muy alto. 

Marottichal tiene también un tesoro: su bello paisaje. Los contornos del poblado están repletos de cascadas, esto aunado al ajedrez ha concitado la atención de muchos visitantes y se han formado numerosos negocios alrededor del turismo. 

El joven Narayan escuchó que había una solución, la buscó y salvó a su pueblo con un tablero de ajedrez y treinta y dos fichas de madera.

FIN

Autor: Carlos Torres





miércoles, 1 de julio de 2015




Hola amigos de Narracentro. Hoy les comparto un video sobre uno de los relatos que suelo contar. La grabación se inicia unos segundos después de que yo comencé la contada. Así que va una pequeña glosa para enlazarse sin ningún problema con la historia:


Un reino tenía un gobernador que era muy justo con sus gobernados. Era un reino que tenía progreso y despierta la codicia de un reino vecino y este último decide conquistarlo. El rey justo organiza un ejercito, se pone al frente del mismo y sale al frente de el para presentar batalla.


Aquí el video amigos:









Saludos


Soy Narrador y Cuentacuentos. Para funciones y presentaciones, contactarme al fono 996583864, o escribir a: ctorres1000@yahoo.es

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Ajedrez



El juego del ajedrez fue inventado en la India. Cuando el rey hindú Sheram lo conoció, quedó maravillado de lo ingenioso que era y de la variedad de posiciones que en él son posibles. Al enterarse de que el inventor era uno de sus súbditos, el rey lo mandó llamar con objeto de recompensarle personalmente por su acertado invento.
 
El inventor, llamado Seta, presentóse ante el soberano. Era un sabio vestido con modestia, que vivía gracias a los medios que le proporcionaban sus discípulos.


—Seta, quiero recompensarte dignamente por el ingenioso juego que has inventado —dijo el rey.

El sabio contestó con una inclinación.

—Soy bastante rico como para poder cumplir tu deseo más elevado —continuó diciendo el rey—. Di la recompensa que te satisfaga y la recibirás.

Seta continuó callado.

—No seas tímido —le animó el rey—. Expresa tu deseo. No escatimaré nada para satisfacerlo.

—Grande es tu magnanimidad, soberano. Pero concédeme un corto plazo para meditar la respuesta. Mañana, tras maduras reflexiones, te comunicaré mi petición.


Cuando al día siguiente Seta se presentó de nuevo ante el trono, dejó maravillado al rey con su petición, sin precedente por su modestia.


—Soberano —dijo Seta—, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero del ajedrez.

— ¿Un simple grano de trigo? —contestó admirado el rey.

—Sí, soberano. Por la segunda casilla, ordena que me den dos granos; por la tercera, 4; por la cuarta, 8; por la quinta, 16; por la sexta, 32... y así hasta coompletar las 64 casillas del tablero.

Basta —interrumpióle irritado el rey—. Recibirás el trigo correspondiente a las 64 casillas del tablero de acuerdo con tu deseo: por cada casilla doble cantidad que por la precedente. Pero has de saber que tu petición es indigna de mi generosidad. Al pedirme tan mísera recompensa, menosprecias, irreverente, mi benevolencia. En verdad que, como sabio que eres, deberías haber dado mayor prueba de respeto ante la bondad de tu soberano. Retírate. Mis servidores te sacarán un saco con el trigo que solicitas.


Seta sonrió, abandonó la sala y quedó esperando a la puerta del palacio.


Durante la comida, el rey acordóse del inventor del ajedrez y envió a que se enteraran de si habían ya entregado al irreflexivo Seta su mezquina recompensa.





Por la segunda casilla, ordena que me den dos granos




—Soberano, están cumpliendo tu orden —fue la respuesta—. Los matemáticos de la corte calculan el número de granos que le corresponde.

El rey frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que tardaran tanto en cumplir sus órdenes.

Por la noche, al retirarse a descansar, el rey preguntó de nuevo cuánto tiempo hacía que Seta había abandonado el palacio con su saco de trigo.

—Soberano —le contestaron—, tus matemáticos trabajan sin descanso y esperan terminar los cálculos al amanecer.

— ¿Por qué va tan despacio este asunto? —gritó iracundo el rey—. Que mañana, antes de que me despierte, hayan entregado a Seta hasta el último grano de trigo. No acostumbro a dar dos veces una misma orden.


Por la mañana comunicaron al rey que el matemático mayor de la corte solicitaba audiencia para presentarle un informe muy importante.

El rey mandó que le hicieran entrar.

Antes de comenzar tu informe —le dijo Sheram—, quiero saber si se ha entregado por fin a Seta la mísera recompensa que ha solicitado.

—Precisamente por eso me he atrevido a presentarme tan temprano —contestó el anciano—. Hemos calculado escrupulosamente la cantidad total de granos que desea recibir Seta. Resulta una cifra tan enorme...

—Sea cual fuere su magnitud —le interrumpió con altivez el rey— mis graneros no empobrecerán. He prometido darle esa recompensa, y por lo tanto, hay que entregársela.


Soberano, no depende de tu voluntad el cumplir semejante deseo. En todos tus graneros no existe la cantidad de trigo que exige Seta. Tampoco existe en los graneros de todo el reino. Hasta los graneros del mundo entero son insuficientes. Si deseas entregar sin falta la recompensa prometida, ordena que todos los reinos de la Tierra se conviertan en labrantíos, manda desecar los mares y océanos, ordena fundir el hielo y la nieve que cubren los lejanos desiertos del Norte. Que todo el espacio sea totalmente sembrado de trigo, y ordena que toda la cosecha obtenida en estos campos sea entregada a Seta. Sólo entonces recibirá su recompensa.


El rey escuchaba lleno de asombro las palabras del anciano sabio.

—Dime cuál es esa cifra tan monstruosa —dijo reflexionando.

— ¡Oh, soberano! Dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince:



18 446 744 073 709 551 615.



(FIN)

Para hacernos una idea de la inmensidad de esta cifra, calculemos aproximadamente la magnitud del granero capaz de almacenar esta cantidad de trigo. Es sabido que un metro cúbico de trigo contiene cerca de 15 millones de granos. En ese caso, la recompensa del inventor del ajedrez deberá ocupar un volumen aproximado de 12 000 000 000 000 m3, o lo que es lo mismo, 12 000 km3. Si el granero tuviera 4 m de alto y 10 m de ancho, su longitud habría de ser de 300 000 000 km, o sea, el doble de la distancia que separa la Tierra del Sol.


El rey hindú, naturalmente, no pudo entregar semejante recompensa.