domingo, 30 de septiembre de 2018

El picapedrero






Hace muchos años que vivió en el Japón un pobre picapedrero llamado Hafiz. Diariamente Hafiz golpeaba con su pesado martillo y un cincel cortando la roca en la ladera de las montañas.

¡Zas, zas! Sonaba el afilado cincel, mientras volaban en su derredor los fragmentos de piedra.

¡Zas, zas!

Algunas veces Hafiz cortaba losas para lápidas mortuorias y otras veces se utilizaban sus piedras para grandes edificios. Por algún tiempo estuvo contento y feliz con su trabajo; pero un día llevó una lápida a la casa de un hombre rico, y al ver todas las bellas cosas de que este hombre disfrutaba, se volvió envidioso e infeliz.

-No comprendo por qué paso mis días desbastando y labrando rocas, -refunfuñó, -en tanto que este rico vive en su bella casa, sin tener otra cosa que hacer que darse gusta en todo.-

A medida que trabajaba asiduamente en la roca, se tornaba cada vez más descontento e inquieto. Por último, arrojó su martillo, gruñendo: -¡Cómo me gustaría ser un hombre rico!-

Escuchóse repentinamente un ruido semejante al de un fuerte viento, y después que todo quedó en silencio se oyó una voz que decía:

-Hafiz, escucha;
Lo que deseas lo tendrás:
¡Un hombre rico tú serás!

Ahora bien, Hafiz había oído relatar extraños cuentos de un espíritu que hacía cosas maravillosas; pero no había creído nunca en él; y cuando escuchó el sonido miró a su alrededor sin ver a nadie y creyó que había estado soñando. –No hay tal espíritu de la montaña,- pensó.

Levantó sus herramientas y regresó a su casa; pero con gran sorpresa suya advirtió que, en lugar de su vieja choza, se levantaba una mansión rodeada de un bello jardín, y todo en ella y tanto dentro como fuera, tan completo como en la casa del rico hombre al que había tendí envidia.

Hafiz fue muy feliz en su nueva casa; disfrutaba una vida de suntuosidad, sin hacer nada.

Un día que estaba mirando hacia la calle, vio al Rey paseando en su carruaje dorado, tirado por ocho briosos caballos blancos. Los guardas cabalgaban a ambos lados del carruaje. Todos ellos iban vestidos con telas de plata y terciopelo azul. Era muy cálido y los criados sostenían una amplia sombrilla dorada sobre el Rey, para protegerlo de los rayos de sol.

Cuando Hafiz vio al Rey y su séquito, se sintió envidioso e infeliz.

-Debe ser maravillosos ser un Rey y gobernar a todo el pueblo, -exclamó. -¡Cómo me gustaría ser un Rey y pasearme en un carruaje dorado, bajo una sombrilla dorada!-

Entonces escuchó el ruido impetuoso del viento, y cuando todo quedó quieto, oyó una voz que decía solemnemente:

-Hafiz, escucha;
Lo que deseas lo tendrás:
¡Un Rey serás!-

Y Hafiz se convirtió en un Rey y su casa se transformó en un palacio real.

Una mañana de verano, cuando el sol abrasaba, Hafiz, el Rey, estaba paseando en su carruaje dorado, tirado por ocho caballos. Los sirvientes sostenían sobre su cabeza la sombrilla dorada, pero no obstante él sentía el calor del sol. Miró al pasto, marchito y tostado por los ardientes rayos del sol. Las florecillas estaban marchitándose al lado del camino y comprendió que el sol estaba quemando su rostro y oscureciéndolo más cada día.

Exclamó colérico: -¡El sol es más poderosos que yo! Yo me siento acalorado y cansado cuando recibo los ardientes rayos del sol; así que el sol es más poderoso que un Rey. ¡Cómo me gustaría ser el sol!

Cuando dijo eso se escuchó un sonido rugiente, semejante al de un poderoso viento bajando de las montañas, y en un tono profundo dijo una voz solemne:

-Hafiz, escucha;
Lo que deseas lo tendrás:
¡El Sol serás!-

Y Hafiz se convirtió en Sol Dorado

Estaba orgulloso de su poder y enviaba sus brillantes rayos a los céspedes y a los campos, quemando las cosechas. El quemaba los rostros tanto de los ricos como de los pobres.

Pero un día cubrió su rostro una gran nube oscura ocultándole la tierra. Hafiz se enojó mucho y prorrumpió:

-¿Es la Nube más poderosa que el Sol? La Nube detiene mis brillantes rayos y no los deja llegar a la tierra. ¿Será más fuerte que yo? ¡Cuánto desearía ser la Nube!-

Una vez más se alzó un viento poderoso, y cuando todo estuvo quieto se oyó la solemne voz que decía:

-Hafiz, escucha;
Lo que deseas lo tendrás:
¡Nube serás!-

Entonces Hafiz se transformó en una Nube y mandó su lluvia a la tierra seca. Detuvo los rayos del Sol y toda la tierra reverdeció otra vez. Pero eso no fue bastante, porque regocijándose con su nuevo poder envió tanta lluvia a la tierra que los ríos se salieron de madre, los arrozales se arruinaron y las crecientes barrieron pueblos y ciudades. Había una gran roca sobre la ladera de la montaña, la cual no fue dañada por estos torrentes; y como Hafiz, la Nube, miró a la roca, se encolerizó.

-¿Es más fuerte que yo esa roca que está allá abajo? ¡Cómo quisiera ser una roca!

Y se volvió a levantar un fuerte viento, escuchándose sobre la tempestad una fuerte voz que decía:

-Hafiz, escúchame;
tu deseo concederé:
¡en roca te convertiré!-

Entonces Hafiz se convirtió en la Roca y se regocijó de su poder. –Que la lluvia se precipite sobre mí,- dijo con soberbia: -La lluvia no me puede mover. Que el sol lance sobre mí sus más ardientes rayos. ¡No podrá quemarme mi tostarme, porque soy una Roca, más fuerte que todo el mundo!-

Pero un día oyó un ruido: ¡zas, zas, zas!, al mismo tiempo que su pesado martillo hundía un cincel en sus flancos. ¡Zas! ¡zas! ¡zas! Cada golpe del martillo hacía una profunda grieta en los flancos de la Roca.

Hafiz miró hacia abajo y vio a un pequeño cantero trabajando sobre la superficie lisa de la roca.

-¿Será posible que un simple hombre sea más fuerte que una enorme roca? ¡Cómo desearía ser ese hombre!- gimió Hafiz.

Entonces el viento se precipitó hacia debajo de la montaña y una voz muy alta se dejó oír repetida varias voces por el eco:

-Hafiz, escúchame;
tu deseo yo cumpliré:
¡Sé tú, tú mismo!-

Y he ahí Hafiz, un pobre picapedrero martillando la roca para conseguir el pan de cada día. Su casa era una pobre choza, su alimento pobre y escaso, su cama dura; pero mientras golpeaba la roca con su martillo: ¡zas! ¡zas! Pudo oír que la roca decía: El Rey era más poderoso que el hombre rico; el Sol, más fuerte que el Rey; la Nube era más poderosa que el Sol; la Roca, más fuerte que la Nube; pero Hafiz, el cantero, es más poderoso que todos.-

FIN
Tomado de: Duraznito y otros cuentos del Viejo Japón, de: Georgina Faulkner.





martes, 11 de septiembre de 2018

El músico y la serpiente






Había una vez un músico que tocaba el pandero. Hacía más de seis meses que no ganaba dinero. Se le ensombreció el semblante, cogió el pandero y se fue al campo. Caminó cosa de dos horas; era verano y el sol le daba fuerte en la cabeza. A lo lejos vio un árbol y una fuente. Se acercó al árbol, bebió agua de la fuente, se sentó y descansó debajo del árbol. Sacó pan de la faltriquera y comió. Se animó un poco, cogió el pandero y empezó a tocar.

Mientras estaba tocando, la tierra empezó a temblar. De repente, se abrió un agujero y salió una serpiente que empezó a bailar. El músico se asustó mucho y empezó a tocar más fuerte, y la serpiente estuvo bailando media hora. Después, la serpiente dejó de bailar, abrió la boca, le escupió dos monedas de oro y regresó a su agujero. El músico cogió las monedas, compró muchas cosas y se fue a su casa.

Al día siguiente volvió al mismo lugar, empezó a tocar y otra vez salió la serpiente y se puso a bailar. Después le escupió otras dos monedas. El músico hizo cada día lo mismo durante diez años, hasta que se hizo muy rico. Un día cayo gravemente enfermo, y cuando ya estaba a punto de morirse, llamó a su hijo y le dijo:

-Te voy a contar un secreto; pero no se lo digas a nadie. Tienes que coger este pandero e irte muy lejos al campo, a dos horas de aquí. Verás un árbol y una fuente. Tienes que sentarte allí y ponerte a tocar. Saldrá una serpiente; pero no te asustes: al cabo de media hora te va a echar dos monedas de oro.

El hijo cogió el pandero y se fue al campo, al lugar que le había dicho su padre. Sacó el pandero y empezó a tocar. Mientras estaba tocando, salió una serpiente bailando. Bailó durante media hora, después paró, abrió la boca, le escupió dos monedas y se fue al agujero. El músico cogió el dinero y se fue a su casa. Al día siguiente regresó. Cogió un cuchillo grande, se lo escondió en la espalda y se puso a tocar. Se dijo el músico:
-Esta serpiente está llena de dinero, en vez de cogerle dos monedas al día, la mataré y lo cogeré todo de una vez.

Se sentó y empezó a tocar. La serpiente salió a bailar, y él cogió el cuchillo, le dio un golpe en la cola y se la cortó. La serpiente, al ver que le había cortado la cola, le miró a la cara y le dijo:
-Yo ahora te mataría; pero por consideración a tu padre no te mataré. No vuelvas más por aquí.

La escupió y le volvió la cara del revés. El muchacho se fue a su casa y se quedó con la cabeza de lado para toda la vida.

Ellos tengan bien y nosotros también.

FIN

(Contado por Nissim Baruh de Haskoy, de 45 años)

Tomado de: Cuentos ladinos, relatos Sefardí. Año 2001


jueves, 2 de agosto de 2018

Dos veces los mismos frijoles, cuento del Tío Lino.





La Tía Chuspe había cocinao frijoles pal almuerzo, pero como faltó la leña quedaron medio crudos.

A la hora de comelos el Tío Lino los pasó entero-entero porque tamién ya le faltaban las muelas. Diun rato le llamó el cuerpo y el Tío hizo su necesidá tras del cerco nomá. Más tardecito un budo (*) questaba poray luego-luego se comió los frijoles questaban enteritos.

Tarde ya, el Tío agarró su escopeta y se fue a cazar; eneso questaba vido al budo y ¡pum! lo mató. Entón lo llevó paque lo cocine la Chuspe. Das das la Tía lo peló apurada porque era ya la oración.

Diun rato la Tía Chuspe lo llamó al Tío a merendar y le dio su buen mate de arroz de trigo con guiso de budo.

-Hoy sí sian cocinao los frijoles -le dijo el Tío.
-Diónde será frijoles -le respondió la Tía- si sólo he cocinao arroz de trigo con el budo que trajiste.
-Entón ¿quiápasao? -dijo él revolviendo con su cuchara la comida- ¿no vayaser que tiolvidaste de sacale el buche al budo? -y ahí nomá soltó el grito enojadote- ¡No ves, so ajo, ya miciste comer dos veces los mismos frijoles!

FIN

Nota: 
Budo(*) Voz onomatopéyica que alude al ave semejante a una paloma, pero de mayor tamaño.

Llamar el cuerpo (**) Eufemismo, equivale a defecar.




martes, 31 de julio de 2018

La vieja y el diablo.


Había una vez una pobre y vieja viuda. Un día estaba sentada en el quicio de su casa y pensaba: "Estoy sola y débil. No puedo trabajar en el campo. Si no hay quien me ayude, tendré que morirme de hambre. ¡Ojalá alguien, aunque fuera el mismísimo diablo, me ayudara!

En ese mismo momento se le apareció un hombre, que era el diablo, y le dijo:

-¡Buenos días, viejita!
-¡Buenos días!
-He sabido que necesitas a alguien que te ayude a arar el campo.
-Sí lo necesito.
-Yo puedo hacerlo -dijo el diablo, y en menos que canta un gallo aró todo el campo.
-¿Y qué vamos a sembrar? -preguntó el diablo.
-Sembraremos zanahorias -contestó la anciana-. Las zanahorias crecen muy bien y las hojas todavía mejor. Pero ¿cómo vamos a dividir la cosecha?

El diablo no sabía nada de sembrados, y dijo:
-Lo que está por encima de la tierra, será para mí, lo que queda por debajo, será para tí.
-¡Muy bien, de acuerdo! -sonrió la vieja.

Sembraron las semillas, pasó el tiempo y cosecharon las zanahorias. El diablo recogió las hojas y las llevó en una carreta a su casa en el infierno.

Al verlo los demás diablos, se echaron a reír:
-¡Pero si serás estúpido! Hasta una viejita te puede engañar. Debiste dejarle a ella lo que está por encima de la tierra, y tú llevarte lo que está por debajo.
-No hay problema -contestó el diablo-. El próximo año yo la engañaré.





En la época de la siembra, el diablo volvió a presentarse en la casa de la anciana y se comprometió a trabajar de nuevo. Aró el campo y preguntó:
-¿Qué vamos a sembrar?
-Sembraremos trigo -contestó la vieja.

Sembraron. El diablo trabajó muy duro y cuidó el campo. Llegada la cosecha, el diablo dijo:
-Esta vez, vamos a repartir de otra manera: Tu te quedarás con lo que está por encima de la tierra, y yo con lo que se encuentra por debajo.
-Como tu digas -contestó la anciana, y empezó a recoger la cosecha de trigo, las amontonó en una carreta y las llevó al infierno. Allí los demás diablos s echaron a reír y empezaron a burlarse de él.
-¡Eres una vergüenza para todos nosotros! ¿Cómo puede ser que no seas capaz de engañar a una simple anciana?

El diablo se disgustó muchísimo y decidió matar a la vieja. Llegó a casa de la anciana y ésta le preguntó:
-¿A qué viniste?
-¡Quiero matarte!
-¡Oh!, tú eres mucho más fuerte que yo, la lucha será desigual. Si quieres vencerme como es debido, tenemos que poner unas reglas de combate.
-¿Cómo así? ¿Qué reglas?
-Primero escogeremos las armas. ¿Qué quieres, el tridente para alzar la paja o el rodillo para amasar el pan?
-El rodillo es cosa de mujeres. ¡Quiero el tridente!
-Como tu digas. Entonces, yo usaré el rodillo. Y vamos a pelear aquí, en la casa.

La casa era muy pequeña y el tridente casi no cabía en ella, de manera que el diablo no pudo usarlo. Mientras tanto, la vieja lo molió a golpes de rodillo.

Pasado un tiempo, el diablo gritó:

-¡Vieja, debemos cambiar de reglas! ¡Dame el rodillo y toma el tridente! ¡Y vamos afuera, a la calle!
-Como tú digas -contestó la anciana.

Cambiaron de armas y salieron a la calle.

Allí la mujer empezó a chuzarlo con el largo tridente y el pobre diablo no lo alcanzaba con el rodillo.

Por fin el diablo, herido, escapó y juró no acercarse más a la vieja.

Regresó al infierno y de allí los diablos lo echaron porque la vieja lo había engañado y pegado.

Caminó, triste, por la tierra y encontró a un hombre tan pobre, que por no tener parcela que sembrar, arrancaba las raíces de los árboles talados para conseguir campo.

El diablo se convirtió en hombe y dijo:
-¡Buenas tardes!
-¡Buenas!
-Necesito trabajo. ¡Me darás algo de comer si te saco estas raíces?
-¡Claro que sí!

El diablo empezó a trabajar y arrancó todas las raíces en un día.

El hombre se lo llevó a su casa porque no sabía que se trataba del diablo.

Llegaron de noche a la casa oscura y pobre. Allí los esperaban la mujer y los hijos del campesino, todos con hambre.

Apenas el hombre entró, los hijos empezaron a llorar:
-¡papá, papá, queremos comer!

El campesino, malhumorado, les gritó:
-¡Coman al mismísimo diablo!

Al oírlo, el diablo salió corriendo.

FIN

Tomado de: Diablos, de Natalia Pikouch. Ediciones EDILUX. Año 1994.

martes, 27 de marzo de 2018

La verdadera desdicha






Como se acercase la Pascua, Jesús dijo a sus discípulos:

-Calzaos vuestras sandalias de becerro, vestíos vuestras túnicas de lino, atad en vuestro báculo una ampolleta de aceite, porque esta noche buscaremos en tierra de Galilea una verdadera desdicha.

-Señor, como dices se hará -le respondieron.

Y el Rabí desapareció en el valle profundo. A lo lejos, sobre el cielo casi negro, los montes mostraban aún sus crestas, mientras al lado opuesto no se veía sino la negrura impenetrable de las quebradas y de las arboledas de sicomoros. Y al débil resplandor de una hoguera, en torno de la cual calentábanse los discípulos, veíanse unas casitas blancas como lienzo puesto a secar...

Hubo un gran silencio. La rojiza llamarada prestaba resplandores fantásticos a los rostros venerables, daba de lleno en la abultada frente de Pedro surcada por dos arugas profundas; de los demás se veían fragmentos de túnicas, pliegues profundos ennegrecidos aún por la noche; cabezas agobiadas dejando caer la barba de plata sobre el pecho; frentes sostenidas por fuertes manos; extremos de báculos interrogando el vacío. Se oía el aleteo de las águilas "¿Una desgracia?" exclamó Pedro. Desde que El está con nosotros, ¿cuál ha sido la que sus augustas manos no hyan hecho desaparecer? ¿Qué fiebre no ha extinguido? ¿Qué humor no ha extirpado? ¿Qué lengua torpe no ha facilitado? ¿Qué pierna paralítica no ha movido? ¿Qué cadaver no ha animado? ¿Qué extinta pupila no ha abierto a la luz?... Acaso hay desde el mar hasta la Siria, desde Cafarnaum, hasta Tophel una sola alma que no haya acudido a su divino poder. Que no se haya conmovido ante su mansedumbre. Que no guarde en su interior un recuerdo imborrable del Rabí. Y ahora, de qué desdicha nos habla.

Calló. Sus ojos profundos indagaban el espacio negro en derredor; pasóse ambas manos por la barba, y de pronto dijo; levantándose:

-Vamos.

Los demás discípulos le imitaron apoyándose en sus báculos. Pusiéronse en marcha hacia el pueblo. Salía en ese momento una media luna delgada como el gajo de una fruta. A su difumada luz caminaron los apóstoles agobiados y lentos, mientras la arboleda de sicomoros salía de la negrura y a lo lejos veíanse más claramente los Montes del Carmelo, sobre cuyas crestas aleteaban las águilas.

Partieron. Iba en medio Jesús envuelto en su túnica azul, de blanca apariencia entre el claro de la luna que bañaba tenuamente la aridez del paisaje. Sus cabellos le batían la espalda y penetraban entre los pliegues de su vestidura. Tenía los brazos caídos delante del cuerpo y las manos enlazadas en esa actitud del que espera algo triste. Por debajo, a ras del suelo, se vía asomar y desparecer el extremo de su pie. Rodeábanle los discípulos vestidos de blanco como los escenios y allí en la noche entre las pedregosas laderas que orillasn el Mar Muerto, tenían el aspecto de aparecidos. Pedro, Andrés y Santiago, uno de los de Zebedeo, iban delante. Atrás venían Juan, Felipe de Bethsaida, Nathaniel, Didymo y Tadeo. El de Kerioth venía el último con una túnica oscura a la usanza de los de Hebrón. Caminaban en derechura a unos cubos de piedra de fúnebre apariencia, que se veían cercanos. El horizonte se alargaba detrás, estrecho entre sinuosas líneas.

Cuando estuvieron delante del primer cubo de piedra, el Nazareno se adelantó, y asomándose por un estrecho agujero por el que apenas cabía su cabeza, dijo:

-¡La Paz sea con vosotros!

Entonces brilló una luz, se abrió una puerta y voces confusas salieron de dentro.

-¿Señor, eres tú? ¡Bien venido seas!

Jesús volviéndose a sus discípulos, dijo:

-¡Entrad!

Penetraron a una habitación sin más muebles que una estera, un cántaro y un poyo de piedra. Una mujer velada y un anciano envuelto en un pellejo de camello, se prosternaron.

-Busco -dijo el Maestro, mirando a ambos- una desdicha, la más garnde, la más honda, la más trágica, aquella que más conmueva, que más consterne, que más lágrimas haya hecho verter. Quiero encontrarla para derramar sobre ella mi gracia.

-¡Oh, Señor! -dijéronle entreambos- entra con nosotros allí y la verás.

Entraron Jesús y sus discípulos en el aposento cercano y vieron a un mancebo atado de pies y manos, los ojos girando en las órbitas como dos furibundos globos, la boca espumajosa, debatiéndose como un pez fuera de su elemento.

-Señor -dijo el anciano de la piel de camello señalando al mancebo- aquí la tienes. Ahuyenta al enemigo malo...!

Jesucristo sonrió. Por su rostro se difundió una palidez de bienaventuranza que extrañó a sus discípulos. Entonces el anciando dijo:

-Señor: no consideras la mayor desgracia estar poseído del demonio a esta edad en que podía ser nuestro sostén...? Ve, Señor, nuestros años... no podemos ya... Haz el milagro, Señor...

-Todos sereís conmigo en breve -dijo.

Y salió. Los discípulos le siguieron silenciosos ante la pareja atónita. Se pusieron en marcha. Entonces volviéndose a ellos:

-Sé lo que pensaís, corazones débiles, pero os aseguro que aún hay mayor desdicha...

La luna avanzaba. De atrás de los cubos de piedra salía salía un olor de podredumbre que disipaba el vientecillo fresco de la noche.

Al llegar al segundo cubo volvió a llamar. Ladraban los perros fatídicamente. Volaban las águilas.

-¡La Paz sea con vosotros!

Nadie respondió. Entraron no obstante. Esta vez el cuadro era distinto. Una anciana semi desnuda yacía sobre una estera rodeada de chiquillos dormidos. Apenas vio al Señor quiso articular algo, pero no pudo. Sus ojillos brillaron con la intensidad angustiosa del que se ahoga sin remedio. Era muda y tullida. En torno los pequeñuelos dormían casi sobre ella, indiferentes. Tenían la lividez de la infancia que ayuna; algunos presentaban las mejillas húmedas por cosas sucias que habían comido. Otros a quienes sorprendió el sueño mordiscando un mendrugo, lo asían fuertemente. El Rabí, sonrió con dulzura y salió.

Mientras caminaban volvióse a ellos y les habló así:

-¡Almas de poca fe! ¿Aún también vosotros sois sin entendimiento? Os aseguro que éstos gozarán de mi padre. Aún hay mayor desdicha...

Y fueron al tercer cubo.

Había una niña muerta. Estaba en su lecho de esparto. Tenía los negros ojos abiertos y en la palidez del rostro parecían más negros aún. Tres mujeres con la cabeza en desorden se retorcían desesperadamente junto al féretro. E cuanto entraron al aposento Jesús y los suyos, levantáronse las tres mujeres y exhalaron el mismo grito.

-¡Rabí, resucítala!

Cristo volvió a sonreír son su misma dulcísima sonrisa y sali´dejando consternadas a las tres mujeres. Los apóstoles cabizbajos le seguían. Y así recorrieron toda esa comarca de desolación y de peste, encontrando paráliticos, ciegos, cojos, mudos, poseídos, todas las variantes de la desgracia, todos los matices de la angustia, todos los tonos de la queja, todas las crispaturas de la congoja, todas las tristezas, todas las desolaciones, los lutos, las iras, las hambres y las amarguras desparramadas en ese país de parias. Y así anduvieron bajo la luna por senderos áridos y espinosos apenas conturbados por el ladrido fúnebre de los perros. Y salieron de allí y llegaron a otra comarca y de allí a otras más, encontrando siempre nuevas desgracias. Y Jesús sonriendo siempre, decía a los suyos:

-Os aseguro que aún hay mayor desdicha.

Pero la grosera arcilla de los discípulos rebelóse y de entre el grupo taciturno salió una voz decidida, dura e irónica que habló así:

-No te conocemos esta noche Rabí. Nos haces dudar de tu poder divino. ¿Acaso has perdido ya tu virtud?

Entonces el Rabí extendiendo la mano dijo:

-He allí la verdadera desdicha. El que dudará no gozará de mi padre.

Y poniendo la mano sobre la cabeza del incrédulo:

-Cree -le dijo. Y desapareció.

FIN

Manuel Beingolea.

miércoles, 7 de febrero de 2018

El Maestro Dongguo



Hace mucho tiempo, en una aldea de la lejana China, vivía un venerable anciano al que llamaban el Maestro Dongguo. En una ocasión, emprendió un largo viaje y después de caminar varias leguas se perdió. Buscando el camino en medio de un espeso bosque, encontró un lobo que venía corriendo.

-Maestro -dijo este con voz fatigada-, ayúdame, unos cazadores me persiguen y quieren matarme.

El maestro Dongguo, que tenían corazón generoso, se apiadó de él y le dijo:

-¡Métete en este saco!

El lobo así lo hizo y al poco tiempo llegaron los cazadores.

-Anciano, ¿no has visto pasar por aquí a un lobo? -preguntaron.

-¿Un lobo? No, no lo he visto -mintió el viejo Maestro.

Cuando los cazadores se marcharon, el Maestro Dongguo abrió el saco dijo:

-Amigo lobo, el peligro ha pasado. Ya puedes salir.

El lobo salió del saco y el Maestro Dongguo montó sobre su burro y se dispuso a continuar el viaje. Pero el lobo, tirándole de los bajos de las vestiduras se lo impidió diciendo:

-Dame algo de comer. Me muero de hambre.

El maestro Dongguo buscó en su bolsa y sacó la única galleta que tenía para él. El lobo, al verla, dijo con voz burlona y ojos brillantes:

-Usted perdone, Maestro, pero desde que mi madre me echó al mundo no como más que carne.

El maestro Dongguo, temiendo que el lobo quisiera comerse a su borrico, se puso delante de él para protegerlo.

-Con un burro no me basta -gruñó el lobo enseñando sus dientes.

El burro, espantado, huyó veloz como alma que lleva el diablo y el lobo se dispuso a saltar sobre el Maestro.

-¡Detente, desgraciado! ¿Cómo puedes ser tan ingrato? Yo te ayudo y tu a cambio me quieres comer. ¿Es que no tienes conciencia? -le reprochó el venerable anciano.

-¡Al diablo con mi conciencia! -dijo el lobo mientras reía a carcajadas-. A mi lo único que me importa es llenar el estómago.

El Maestro Dongguo pidió socorro, pero, para su desgracia, los cazadores estaban ya muy lejos y por allí no había nadie. Entonces para ganar tiempo, propuso al lobo que antes de comerle consultara con un melocotonero, una vaca y un campesino sobre si debía o no hacerlo.

-Si los tres te dan la razón, yo me dejaré comer sin protestar -le aseguró el anciano.

-Está bien -dijo el lobo. Y se pusieron los dos en camino.

Al rato, en un huerto abandonado, encontraron un viejo melocotonero y el lobo le pidió su opinión.

El melocotonero, como todos los viejos, comenzó a recordar su juventud. Entonces daba muchos frutos y los niños venían a recogerlos y él les decía: "Que cada uno coma lo que quiera" Y ensimismado en sus recuerdos, dejó escapar esas palabras en voz alta.

El Maestro se entristeció y el lobo, relamiéndose, dijo:

-Como ves, el primero está de acuerdo conmigo.

Siguieron caminando y en una verde pradera encontraron una vieja vaca. El lobo, de inmediato, la consultó.

La vieja vaca también sentía nostalgia de los tiempos en que daba mucha leche y decía al que la ordeñaba: "¡Toma, toma cuanto quieras!"

-Ya son dos los que están de acuerdo conmigo. Para qué vamos a perder más tiempo -dijo al lobo. Y se dispuso a abalanzarse sobre el anciano.

-¡Espera! -le detuvo el Maestro Dongguo-. Debes cumplir tu palabra. Aun nos queda por consultar a un campesino.

El lobo de muy mala gana aceptó y siguieron andando hasta que encontraron a un viejo campesino que plantaba arroz. Y el Maestro, sin dejar hablar al animal, le contó cómo había salvado la vida del lobo metiéndole en un saco.

-Ahora, el lobo me quiere comer. ¿Te parece que es eso justo? -terminó preguntando al Maestro Dongguo.

El viejo campesino se rascó la cabeza, y dijo que no podía creer que un animal tan grande hubiera podido meterse en un saco tan pequeño. Y le pidió al lobo que se lo demostrara antes de darle su opinión.

El lobo, que estaba hambriento y deseaba terminar aquel asunto cuanto antes, se metió en el saco. Y, cuando estaba dentro, el viejo campesino ató la boca del saco con una cuerda y comenzó a a golpearlo hasta que el animal dejó de moverse. Entonces sacó al lobo de una pata y se dispuso a terminar con su vida. El Maestro Dongguo pensaba que el castigo había sido muy severo. Sintió lástima y pidió que le perdonara.

En eso llegó una mujer llorando y, al ver al lobo, dijo:

-¡Ese es el lobo que ha devorado a mi hijo!

Y el Maestro Dongguo ya no tuvo compasión del lobo.

Y así acaba este cuento.
Igual que me lo contaron os lo cuento.

(Cuento popular chino)

Tomado de: Déjame que te cuente, cincuenta cuentos de animales para niños. Ediciones SM.

lunes, 29 de enero de 2018

La historia de Yerusok


Yerusok vivía en el corazón de la Gran Estepa, con la única compañía, desde la muerte de su esposa, de su hijo, Faygal.

La esposa de Yerusok había muerto teniendo su hijo Faygal unos pocos meses. La pobreza había sido la causa. Las tierras de la estepa eran míseras, y si un año no había lluvias, apenas si daban para su sustento. Por ello, a medida que Faygal crecía, más y más odiaba su condición humilde, hasta que aquella circunstancia le impidió ser feliz. Su padre lo sabía, y le veía crecer comprendiendo que tarde o temprano, Faygal se iría en busca de mejores oportunidades.

La adolescencia acababa de brotar en él como una fruta jugosa cuando se despidió de su padre y emprendió el camino. Antes de hacerlo, Yerusok le entregó su único tesoro, una simple moneda, la misma que antaño le había dado su padre a él. Aquella moneda estaba destinada a ser una ayuda decisiva en caso de un gran apuro.

Sin embargo, Faygal rehusó la moneda que le tendía su padre. Le dijo: "Quiero partir de cero, y puede que a ti te haga falta algún día". El padre, al oír esto, temió que su hijo no regresara jamás. Pero este le tranquilizó. Le aseguró que regresaría, que un día le vería llegar por el camino de Oriente y sentarse a la mesa para tomar el plato de sopa con el que su padre le recibiría. Dicho esto, los dos se abrazaron, y Faygal partió rumbo a su destino.

El primer día que Yerusok pasó solo fue el más penoso de su vida. La primera semana, la más terrible. El primer mes, el más duro. El primer año, el más largo. Cada día, al salir el sol, Yerusok preparaba un tazón de sopa y lo ponía sobre la mesa. Tras ello, atendía el campo y los animales, mirando de tanto en tanto al camino de Oriente con la esperanza de ver aparecer por él a su hijo. Ningún día dejó de preparar aquel tazón de sopa. Ningún día dejó de mirar al camino. Así poco a poco el tiempo fue pasando inexorable, y los días, las semanas, los meses, los años se amontonaron en el recuerdo dolorido de Yerusok. De esta forma pasaron cuatro lustros.

Un día apareció alguien en lo alto del camino de Oriente. A Yerusok se le encogió el corazón. El sol le daba en los ojos, así que no podía ver si se trataba de su hijo. Esperó temblando hasta tenerlo delante. Pero no era Faygal, sino un joven desconocido para él. Tan joven que incluso se parecía a Faygal. Le dijo que se llamaba Mayarik, y al ver el tazón de sopa en la mesa le pidió que se lo diera, pues estaba muerto de hambre. "No, no puedo darte lo que me pides", respondió Yerusok. "Este tazón y lo único que poseo, una moneda, son para mi hijo, que un día partió en busca de fortuna y de volver como prometió. Imagínate que ese día sea hoy...". El llamado Mayarik expuso entonces: "Si tu hijo marchó hace tiempo y hubiese hecho fortuna, ya habría regresado. Y en el caso de que no la hubiera hecho, también. ¿Por qué sigues, pues, esperando?

Yerusok se echó a llorar y, compasivo, le dio a Mayarik el plato de sopa y algo más: la moneda. Luego le dijo: "Tienes razón. Ahora sé que mi hijo está a punto de regresar. Si lo hace rico, no necesitaremos la moneda. Y si lo hace pobre, no querrá volver a marcharse de aquí y tampoco nos sería necesaria. A ti, en cambio, te irá bien para comenzar tu fortuna. Así que vete, porque he de preparar un nuevo tazón de sopa para Faygal, no sea que aparezca de un momento a otro".

Mayarik se marchó con la moneda, y para Yerusok comenzó una nueva espera. Tan confiado estaba en el regreso de Faygal, que aquel día no trabajó, ni lo hizo aquella semana; pero después... El tiempo volvió a transcurrir inexorable: pasaron más días, más semanas, más meses y más años. Otros cuatro lustros, para ser exactos. Y ni un solo día dejó Yerusok de preparar su tazón de sopa para el regreso de Faygal. Ni uno solo. Hasta que una mañana...

Por el camino de Oriente y con ropas que mostraban su posición acomodada. Cuando su padre le vio, los dos se abrazaron llorando y, después, Faygal se sentó a la mesa para tomar su tazón de sopa. Entonces le dijo a su padre que había hecho fortuna de forma honrada, y que era rico. El padre le preguntó si también era feliz, a lo que Faygal no respondió, pero su mirada se perdió en el horizonte. Un rato después, le dijo a Yarusok: "Todo en la vida me ha sido fácil, padre. A los pocos días de irme, conocí a la más hermosa de las muchachas y la hice mi esposa. Con ella tuve un hijo varón que colmó mi hogar de felicidad. El trabajo me impidió, sin embargo, disfrutar de ese bien. Obligaciones y más obligaciones me retuvieron al frente de mis negocios. Ni siquiera me di cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, hasta que un día mi hijo me dijo que quería seguir mi ejemplo y marchar en pos de fortuna. Le dejé partir, orgulloso, y el me aseguró que volvería, pero... no lo hizo. Cada amanecer y cada anochecer, subía a la torre más alta de mi palacio para otear los cuatro puntos cardinales. Y mientras pensaba en la promesa de mi hijo, pensaba también en la que te hice a ti y no cumplí. Pero no podía irme, tenía miedo de que, estando fuera, regresara mi propio hijo... Un día comprendí que si mi dolor era insoportable después de veinte años sin él, el tuyo sin mí después de cuarenta años debía de ser aún peor. Por eso he vuelto padre. Y te pido perdón por mi tardanza". Yerusok dijo entonces: "Sabía que regresarías; no me quedaba la menor duda, pasara el tiempo que pasara" Y Faygal repuso: "También yo estaba seguro de que volvería mi hijo". "Sin embargo, ¿ahora no crees que vuelva?", preguntó Yerusok. "Se que lo hará, padre. Estoy seguro. Por ello debo partir de inmediato, para estar en casa cuando lo haga. Temo que si no me encuentra, vuelva a irse. He viajado toda la noche, y partiré al amanecer de nuevo", manifestó Faygal.

Yerusok y Faygal hablaron todo el día, especialmente el segundo narrando su vida paso a paso. Al llegar la noche, pese a lo mucho que deseaba el hijo continuar con la conversación, no pudo evitar quedarse dormido, a causa del agotamiento y de la paz que reinaba en su ánimo. Por el contrario, su padre no lo hizo. Permaneció junto a él velando su sueño. Y al amanecer, antes de despertarle, sucedió algo. Algo increíble.

Abrió la puerta de su casa para permitir la entrada de la luz del sol y allí, ante él, apareció un hombre. Un hombre del que vagamente recordaba Yerusok sus rasgos, pues sólo le había visto una vez, veinte años antes.

Mayarik, aquel muchacho al que había entregado su única moneda. Y lo primero que hizo el recién llegado fue preguntarle si su hijo había regresado. Yerusok le dijo que sí, y que había hecho fortuna. Mayarik dijo entonces: "Me alegro por ti, pero lo cierto es que venía a devolverte aquella moneda, y mucho más, por si tu hijo aún no había regresado. Gracias a ella yo también hice fortuna, y te lo debo a ti. Solo siento no poder quedarme. Tengo mucha prisa". Yerusok le preguntó el motivo de esa prisa, y Mayarik dijo: "Yo también le prometí a mi padre regresar un día, y todavía no lo he hecho. Pero antes de ir a reunirme con él, pensé que tu eras más anciano y que te debía algo. Éste es, pues, el motivo de que...", "no recuerdo tu nombre, ¿cómo te llamas?", preguntó Yerusok al joven, pero...

En ese instante se abrió la puerta de la habitación y Faygal apareció por ella. Los dos hombres. el hijo de Yerusok y el visitante, se miraron apenas una fracción de segundo. Entonces, Faygal exclamó: "¡Hijo!", "¡Padre!", exclamó Mayarik. Y en el momento de abrazarse, emocionados, todo se hizo claro, evidente, y miraron también a Yerusok con amor.





FIN
Tomado de: Las historias perdidas de Jordi Sierra i Fabra. Ediciones SM, año 2003.