martes, 11 de diciembre de 2012

Poesía

 
“Balada para el universo”
(drmc)

 
Gotean estrellas en los techos
mientras la noche tiende sus sábanas
y las lechuzas bailan con sus castañuelas
en un óleo de copas.
 
 
Mis pechos son una fiesta y
mi vagina es un tango- fusión- jazz.
 
 
Hoy vi tus ojos
y dentro de ellos los barcos
que flotan entre tus lágrimas
repletas de felicidad.
 
 
Al momento de apagar el faro
soñé con tu lengua nadando
a las orillas de mi poema…
 
 
El corazón es un paracaídas
que se abre al percibir la atmósfera
de tus latidos y deja de ser un pájaro azul
para ser un ave multicolor que sale
con su carnaval en cualquier momento.
 
 
Deseo recorrer tu cuerpo
como si fuera el cenit y el nadir,
conocer el secreto místico
que hace que tus poros se transformen
en el polen que me hará flor.
 
 
Tu nombre es el susurro
que despierta los tsunamis
de mi pasión
y va impregnándose
como un sol indeleble
en las paredes de mi memoria.
 
 
Dejas clavada en tu despedida
una melancólica cruz
y un astro dando vueltas
a mi alrededor.
 
 
¿A dónde se retiran
los tambores de tu espíritu
cuando cierras los ojos
y se silencian los violines
que brotan de tus labios?
 
 
¿A dónde se fue el polvillo
de los antiguos muros
después de haberme roto
la testa con la desordenada armonía
de tus melómanos oídos?
 
 
Escucho sobre amores supremos,
escucho un violonchelo gritar,
mientras yo estoy aquí,
tratando de dibujarte otro verso
hasta que vengas mañana
como un arroyo a bañarme de amor.
 
 
 
 
 
 
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Este poema, es una creación de la poetisa guatemalteca Diana Morales.

lunes, 10 de diciembre de 2012

domingo, 9 de diciembre de 2012

Mi Ceibo



Para llegar al trabajo, el bus me llevaba por la avenida Canaval y Moreyra. Allí veía en la berma central una fila de árboles. Algunos ventrudos otros con el tallo delgaducho. Sea que fuera invierno o verano, me alegraba la mañana, el saludar con la mirada a mis amigos.

Un día me sorprendieron. Sobre el grass que rodeaba su base, habían flores. Los árboles estaban de fiesta. La vida se
celebraba. Los pétalos rojos, se acomodaban como cuentas de collar alrededor del tronco.

Ese árbol me gustó. Me fui a los lugares donde vendían plantas y describía mi árbol, pero nadie me daba razón de su nombre. Decidí entonces irme a las florerías que están en la Vía de Evitamiento. Una florista, atendiendo a mi descripción, me dijo: "Ese árbol se llama Ceibo". Yo le pedí que me consiguiera uno. Dejé un adelanto y regresé a la semana siguiente. Me entregó un ceibito listo para plantar.

Llegué a mi casa y seguí las recomendaciones para plantarlo. Luego lo regué. Y le hablé sobre el bus y sus congéneres ya crecidos que yo saludaba cada mañana.

Han pasado diez años desde que el Ceibo llegó a casa. Ahora está mucho más alto que yo. Lo he visto florecer hasta en seis oportunidades y cada vez que eso ocurre, el alma se me alegra.

Cuando estaba niño, comenzó a torcerse. Estaba creciendo inclinado. Pude haberlo dejado así, que ejerza su libertad. Pero ya de mayor, el peso podía doblarlo y caer. Le puse un madero al costado. El "ceibito" corrigió su postura y ahora crece mirando hacia el cielo.

De las tres cosas que dicen todo hombre debe hacer en la vida, yo solo he cumplido hasta ahora una: La de plantar un árbol... Dios quiera que pueda avanzar con las otras dos. En todo caso, que se haga su voluntad y no la mía.





(La ilustración del árbol es de Ramsés)

jueves, 6 de diciembre de 2012

El Prototipo Quispe One


Autor: Oscar Tramontana
(Tomado de revista Ruedas & Tuercas Año 6 Nro. 123, diario El Comercio)



Desde que éramos bien chibolos, ya todos en Ancopata sabíamos que al Quispe le faltaba una tuerca, y que no era otra cosa que un gran soñador. Tenía sin embargo esa determinación en la mirada que hacía convincente todo lo que nos decía, y aunque parecía un poco loco, cuando entrabas en confianza notabas al toque que era buena gente, sencillo y trabajador. Nunca he conocido a una persona que sepa tanto de autos como mi amigo el Quispe...

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Sus papás habían fallecido y el Quispe vino a nuestro pueblo a vivir con una tía que, como no sabía nada de mecánica, había vendido el tallercito de su papá para, con ese dinero, meter al Quispe en nuestro colegio.

Desde el primer día de clases se convirtió en nuestro gran amigo. Ese día durante el recreo, trazó en la tierra una pista de carreras con obstáculos y todo, y nos llamó a todos los hombres del salón para decirnos que nos iba a enseñar a jugar a las carreras de autos. Sin que nadie se atreviese a contradecirlo, empezó a sacar de su mochila, envueltos en paja y papel periódico, los diez carritos de juguete que su padre le había dejado.

Primero los puso en fila en la vereda, y luego nos dijo que escogiéramos el que más nos gustase. Yo escogí un rojo y blanco con forma de alacrán que se llamaba "Tanderbir" y mis amigos otros con nombres divertidos como "Porch", "Escarabajo", "Mustan", "Mini" y "Langoryini". Jugamos durante todo el recreo y después del colegio, estuvimos jugando mucho más. El Quispe sabía un montón de cosas sobre autos y no se cansaba de contarnos. Su papá le había transmitido un amor muy grande a los autos y él estaba convencido que un día iba a construir su propio auto de verdad. Explicaba todo con tanto entusiasmo que, poco a poco, cada uno se sentía más compenetrado con el autito que había escogido aunque yo, por ejemplo, no entendía del todo porque mi carro el "Tanderbir", que según el Quispe tenía uno de los motores más grandes del mundo, no podía ganarle a su favorito, el "Yip Guilis", que tenía un motor más chico y menos poderoso. Entonces el Quispe se reía y me decía alguna locura como que la "carreodinámica", el "pesopotencia" o la "atracción de la doble suspensión"  y no quedaba otra que admitir que, de autos, este pata sabía un montón. Al final de la tarde, mientras caía la noche en las chacras y solo nos provocaba ir a casa para abrigarnos y dormir, el Quispe nos explicó que esos carritos eran réplicas exactas de autos que de verdad existían, y que un día nos iba a llevar a un sitio por donde pasaba una carrera verdadera, a solo tres horas de camino del pueblo. Esa noche soñé que con mi "Tanderbir", me iba hasta Lima a traer a mi mamá.




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Corría el mes de setiembre y finalmente llegó el gran día. Nos habíamos levantado a las 3 de la mañana y nos habíamos reunido en la placita de Ancopata. El Quispe traía una bolsita con quesito, y el resto pusimos pan, habas y choclo para el camino. Agua sobraba en los manantiales, así que empezamos a caminar detrás del Quispe, rumbo a la carretera de verdad. Estuvimos andando como dos horas escuchando los sonidos de la noche. El Quispe se sabía el camino de memoria y cuando empezó a amanecer, el frío desapareció y comenzamos a disfrutar de una embriagante sensación de aventura. El Quispe comenzó a contarnos que era "Caminos del Inca". Nos dijo que era una gran carrera de autos de todo tipo que venían desde Lima y que, después de "nosecuantos" miles de kilómetros, cruzaban casi toda la sierra para, finalmente regresar a la capital. El Quispe nos contó que él había visto la carrera con su papá, y que conocía un sitio donde los autos se veían como remolinos de viento que se comían el polvo y la distancia.

Cuando amaneció llegamos a la carretera y nos pusimos a bailar. Ese gran camino nos hacía pensar en viajes, en camiones cargados de verduras y en preciosos pueblecitos con comida rica, cariño y amistad. Seguimos el camino, trepamos un cerrito y nos pusimos a esperar.

El sol ya estaba bien arriba cuando aparecieron los primeros paisanos-tuerca. Así se les decía con cariño a los cholos que, como el Quispe y su papá, iban todos los años a ver Caminos del Inca. Algunos llevaban radio, y todos comentaban que en la etapa anterior, entre Huancayo y Ayacucho, un "Toita" se había caído al río, pero que el piloto seguía en carrera. El Quispe discutía sobre los autos favoritos para ganar, y al ver su entusiasmo, varios le dijeron que había salido igualito a su papá. De pronto uno de los paisanos gritó una frase que nos incendió la sangre: ¡Cooooche a la vista!

Todos nos pusimos de pie. Al principio no se veía nada, pero allí en medio del cerro, al fondo de la quebrada, se distinguía un puntito que levantaba una fina cortina de polvo. Era el primero de los autos, y venía bordeando los precipicios a una velocidad increíble. El Quispe fue el primero en reconocer al "Mustan", su favorito de este año. Julián que era el "dueño" del "Mustan" en nuestros juegos de recreo, se encendió de alegría y se puso a vitorear el paso rasante del animal rodante, las curvas impecables que trazaba en la tierra y el poderoso rugido de su motor envuelto en llamas. Durante casi dos horas, contemplamos extasiados la violenta arremetida de los 50 autos que pasaron junto a nosotros. Algunas veces los copilotos nos saludaban e incluso llegó un momento en que ya todo daba igual, en el que todos eran favoritos: el "Mustan" era hermano del "Escarabajo", el "Toita" y el Datsun eran hermanos del "For", y los pilotos de Caminos del Inca eran los seres más valientes y extraordinarios que habíamos visto en nuestras vidas. Cuando al caer la tarde, pasó el auto de cierre y todos nos disponíamos a regresar, en los ojos del Quispe percibimos un fuego que nuca antes le habíamos visto en la mirada. "Algún día -nos dijo solemnemente-, construiré mi propio auto de carreras".

Antes de partir, un paisano llamó al Quispe y le dijo que le había traído un regalo que le iba a gustar mucho. Se trataba de una de esas revistas que vienen con El Comercio, y al Quispe casi se le salían los ojos cuando vio la portada. Nadie leía tan bien como el Quispe y mucho menos yo, pero claramente alcancé a distinguir que la palabra "Ruedas" y la palabra "Tuercas" estaban impresas en la portada.


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No recuerdo exactamente cómo y cuando empezaron los experimentos del Quispe, pero recuerdo exactamente la tarde en que irrumpió en la placita de Ancopata, a 35 kilómetros por hora, a bordo del prototipo "Quispe One". Era domingo y todos salíamos de la capilla, cuando sentimos un ruido infernal. Detrás de una bandada de gallinas que salían despavoridas el Quispe apareció por la esquina del Estanco de la Sal con su primer carro. El timón era de bicicleta, los pedales eran un par de fierros soldados y los frenos -"sutilezas", diría mi amigo- simplemente no existían. El Quispe había ideado un sistema de refrigeración que le permitió vagar por la aldea como cinco o seis minutos sin quemar el motor, antes de empotrarse adrede contra el montón de chala que mi padre le daba a sus reses. El Quispe no salía de su asombro. Para él mas allá de las evidentes deficiencias del "Quispe One" -bautizado así en honor a uno de sus autos favoritos-, el experimento le había reportado la inmensa satisfacción de comprobar que era capaz de hacer funcionar un auto con sus propios recursos. El resto eran "sutilezas". No sé dónde sacó esa palabra el Quispe, supongo que de tanto leer Ruedas & Tuercas, aprendió algo de lenguaje técnico. Lo cierto es que, una vez terminado el experimento, el Quispe decidió que había llegado el momento de emprender su proyecto más ambicioso. El Quispe nos dijo que ya iba siendo hora de que algún peruano se decidiera a fabricar un automóvil hecho a la medida de nuestros caminos, de nuestras necesidades, y en esas estábamos cuando llegó el cura a corretearnos. A penas tuvimos tiempo de rescatar lo que quedaba del "Quispe One". Corrimos hasta la quebrada y nos bañamos en el río. Cuando atardeció, encendimos una fogata y nos quedamos hablando de autos hasta tarde. Al día siguiente, ya en el colegio, el Quispe nos enseñó sus revistas de autos. Las tenía todas porque cada dos miércoles caminaba hasta el pueblo -tres horas de ida y tres horas de vuelta-, para conseguir la última edición. Estaba orgulloso de su colección completa, y nos enseñaba fotos de nuestros autos favoritos. Se notaba que el Quispe las había estudiado mucho, ya que todas tenían varias partes subrayadas. 


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El día que el Quispe se despidió de nosotros, nos dijo que se iba a Huancayo, y que planeaba trabajar un montón para poder estudiar ingeniería mecánica en la Universidad Nacional. Nos dijo que era la única manera de realizar su sueño, que sabía perfectamente que le costaría muchísimo hacerlo realidad pero que sabía que tarde o temprano llegaría a construir su propio auto, que lo patentaría y que sería tan bueno que se vendería en todo el Perú. Luego abrió su mochila y empezó a repartir, uno a uno, sus adorados autitos de carreras, entregándonos a cada uno el auto de nuestra predilección. "Quiero que los guarden para que me recuerden, -nos dijo-. Un día, cuando mi sueño se cumpla, regresaré a Ancopata, y a cada uno de ustedes les regalaré uno de mis carros de verdad". Nos abrazó uno por uno y desapareció por el camino, silbando, envuelto en la bruma de sus propias ilusiones. 

Han pasado cinco años de esto y no tenemos muchas noticias del Quispe supimos eso sí, que se había graduado con honores y en tiempo récord tras presentar un brillante proyecto de motor que le valió un traslado a una universidad limeña. Seguro que no nos escribe porque está demasiado ocupado, en esa ciudad no debe haber tiempo para nada, pero de todos modos cada dos miércoles cuando alguno de nosotros trae del pueblo la última Ruedas & Tuercas, lo primero que hacemos es chequear las Notiruedas, para ver si por ahí nos enteramos cómo le va al Quispe. Hasta ahora no ha salido nada pero tenemos fe en nuestro amigo. Estamos seguros que, por ejemplo, el día que el Quispe sea famoso, la historia de su vida aparecerá en un número especial de su revista favorita, la única que es gratis y llega a lugares tan remotos como nuestra querida Ancopata. Es posible que salga un artículo en que se nos mencione a nosotros. Es posible que mencione el pequeño "Tánderbir" que hasta ahora tengo guardado, mientras espero que el Quispe venga y me lo cambie por uno de sus autos de verdad.






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He sentido el olor a gasolina en el aire y he salido corriendo al camino. Brillante, pintado con los colores de mi "Tánderbir" pero más parecido al famoso "Yip Guilis", el auto, el auto que me ha traído mi amigo el Quispe es absolutamente especial, y Ruedas & Tuercas, siempre cumplidora, ha publicado la historia de mi amigo en su edición de aniversario.

FIN




miércoles, 5 de diciembre de 2012

El "Gordo" Padilla



Fuente: Wikipedia
Todos los que tenemos pasión por los libros viejos nos hemos topado alguna vez con un personaje que parece salido de los dipsodas que la imaginación portentosa de Rabelais nos regaló: el gordo Padilla.
Padilla solía vender sus libros de segunda mano en Jesús María. De día a la espalda del Ministerio de Trabajo, en un puesto enorme y desordenado como él; de noche, en un remate en las inmediaciones del mercado del mismo distrito. Allí, en el puesto del gordo Padilla, compré algunos de mis mejores libros, entre fines de los ochenta y fines de los noventa. Debo a tal personaje auténticas joyas literarias, ediciones príncipe, y uno que otro catálogo de pinturas que jamás hubiera conseguido en otro lugar y a esos precios. Explicaré por qué. 
El gordo Padilla bebía de mañana. El gordo Padilla bebía por las tardes. El gordo, por las noches, a merced ya de Baco bramaba imprecaciones contra Dios, contra el mundo, contra la usura, contra sí mismo y –felizmente para sus clientes–, de rato en rato soltaba precios increíbles por sus libros: Malcolm Lowry, Bajo el volcán: 8 soles; Mito y epopeya, de George Dumezil: 15 soles; Los sonámbulos, Hermann Broch: 7 soles; César Moro, Poesía Completa: 8 soles; El Quijote, edición facsimilar en dos tomos: 18 soles; Luis Hernández, Poesía Completa: 10 soles. El gordo era (es), muy generoso, o la locura, esa vieja sinuosa y obsesiva, flirteaba descaradamente con él. 
Yo creo que ambas cosas son ciertas. Había que ver como regalaba libros a los niños de la calle y los invitaba a almorzar; y, por otro lado, con que suma incongruencia a veces quitaba el libro que acababa de vender a un cliente, para dárselo a otro, sin mediar explicación alguna.
Lamentablemente desde hace buen tiempo el puesto del gordo no está más. Algunos integrantes de esa comunidad implícita de “buceadores de libros” que hay en Lima (Marcel, Pepe Medina, Rivera, el “loco” Salazar, entre otros), afirman haberlo visto a la salida de la Filmoteca, muy de noche. Otros juran haberle comprado libros en no sé que calle de Independencia. Lo último que escuché de él es que aparecía esporádicamente en el mercado de Magdalena, bien vestido, limpio y cosas veredes, Sancho ¡sobrio! Yo no sé. En este país de “bolas” y chismes no todo se puede creer.
Fuente: WEB La Jornada
Mejor quedémonos con una conocida anécdota que habla de la extraña nobleza de nuestro personaje: una mañana de verano, Padilla terminaba de colocar sus libros sobre la mesa cuando apareció una chica cimbreante y voluptuosa, preguntando por un insulso libro de “autoayuda”. Casi inmediatamente nunca faltan, apareció un marchante ocasional que empezó a “afanar” a la cliente delante del gordo, con desparpajo supino. 
Padilla, al ver que la muchacha se incomodaba con el hecho, cogió un libro de tapas rojas, arrancó una de ellas y, sosteniéndola en el aire con indignación, soltó un silbido como de pito de referí, y luego exclamó: Tarjeta roja; expulsado el “jugador”. El flirtero ocasional, sorprendido y avergonzado, no tuvo más remedio que dar media vuelta y retirarse, mientras el librero y la mujer se mataban de la risa intercambiando miradas de connivencia. Éste es el gordo Padilla, vendedor de libros.






lunes, 3 de diciembre de 2012

Hambre de Literatura

Hay  estadísticas que afirman que en mi país, no se lee mucho, y a mas de eso, de lo escazo que se lee, pues los lectores entienden poco. Es lo que los especialistas llaman: Bajo nivel de comprensión lectora.   
 
En el Perú, desde hace ya dos gobiernos anteriores, el Ministerio de Educación, a implementado un programa llamado: Plan Lector, tanto para la escuela primaria, como para la secundaria. Se ha diseñado una curricula para incentivar la lectura entre los escolares.Lo anterior, ha generado la aparición de textos que acompañan ese proyecto. He visto algunos de esos títulos, pero de todos ellos, me quedo con unos libros desarrollados por Editorial San Marcos EIRL. En mi opinión, esta es una muy buena opción. Los títulos de esta editorial son diversos y cada ejemplar, trae la literatura propiamente dicha, acompañada de abundante ilustración y preguntas que posibilutan la interacción del autor con el lector. Si yo fuera escolar, me gustaría que me enseñen usando la metodología de estos libros.





 
Yo inicialmente leí uno de título: "Mi corazón, a veces salta como un sapo", es una antología de 36 poemas de amor. La selección, notas y actividades son de Gladys Flores Heredia. La primera edición es del año 2006. 







 
Otro texto es es: Vallejo antes de los quince. Hay una antología de prosa y verso del peruano escritor. Acompañan a cada poema una serie de viñetas con ilustraciones. Al final del libro hay un juego de "michi" y un Vallejograma... ¿Qué más se puede pedir para sentirse motivado a leer?

Disfruté también de: El Decamerón después de los quince, con juego de michi, ruleta literaria y Decagrama incluido. Ciertamente, Bocaccio estaría de plácemenes.








Hay un volumen que merecería un post aparte: Genealogía de los dioses y hombres de Huarochirí, es la versión de la serie, consagrada al ABC de la mitología andina. Este texto, originalmente en quechua, fue por primera vez traducido al castellano por José María Arguedas. Es el tratado del gran panteón de deidades pre-incas.








Conversando con algunos papás sobre libros escolares, me dijeron que desconocían esta serie de textos interactivos. Pregunté también a algunos alumnos, me dijeron que no habían escuchado hablar de esos títulos. De seguro ellos tienen otras opciones que les han hecho conoccer sus maestros.


Termino esta entrada, con el poema de mario Benedetti, citado en el libro: Mi corazón salta como un sapo:






Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro
Tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero.
y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.



Saludos amigos de Narracentro

domingo, 2 de diciembre de 2012

El Titiritero y la Muerte







Era un titiritero que nunca había llegado tarde a una función de títeres.

Un domingo se levantó a las ocho de la mañana. Sintió un fuerte dolor en el pecho, como si una aguja le hubiese atravezado el corazón. Se miró en un espejo. Estaba muy pálido.

Tenía que hacer una función a las once de la mañana. Salió de su casa a las nueve y cuarto. Llevaba el teatro al hombro y una maleta con los títeres en una mano. Caminó un trecho y otra vez volvió a sentir el frío de la aguja en el corazón.

El titiritero vio que la Muerte estaba delante de él.

Puso la maleta en el suelo. La abrió. Sacó un títere con un sombrero y una capa. Era el anunciador. Lo calzó en la mano derecha. Se arrodilló con el teatro al hombro. Movió al títere y le dijo a la Muerte con la voz del Anunciador:

-Respetable señora: le ruego espere unos minutos. El tiempo necesario para hacer un llamado telefónico. El jamás llegó tarde a un espectáculo y quiere justificarse. ¿Comprende?

El Anunciador inclinó la cabeza saludando a la Muerte. Ella dio un paso atrás.

El titiritero guardó al Anunciador en la maleta. Cruzó la calle. En la esquina había un teléfono público. Metió una moneda en la ranura, marcó un número y dijo:

-Habla el titiritero para que lo disculpen. Hoy no puede hacer la función.

Después volvió a cruzar la calle. Llevaba el teatro al hombro y la maleta en la mano. Sabía quien lo estaba esperando en la verdea de enfrente.




Tomado de: "Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote". Autor: Javier Villafañe. Editorial Seix Barral, año 1983, páginas 83 y 84.