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viernes, 24 de octubre de 2014

La muerte




...Y mientras la señora muerte dormía, entré en mi casa y en mis recuerdos, y clarito comencé a entender el mensaje de mi abuela. Me acordé de cuando vine a visitarla, unos meses antes de su partida, ella también había estado gozando de la mecedora: esto es lo que he aprendido de la vida, me dijo. Cuando a alguien ya le toca irse, debe comerse la memoria, ir borrando poco a poco el rastro de los años, y por eso los viejos nos sentamos aquí a olvidar, y a olvidarnos. Y me contó que después de cada siesta la mecedora le comía el recuerdo de un rostro, de una voz o de algún nombre: se me va, se me borra, se hace aire. Justo en ese momento, entendí por qué la muerte se había olvidado del padre Fernando, y comencé a adivinar sus próximos olvidos, y supe que el humor y el amor me vienen de familia, y sentí que alguien me sonreía desde el cielo, y un pájaro se hizo aire y olvido, y entonces el pájaro se fue volando y escuché el murmullo de una apacible siesta en la mecedora, y comencé a pensar lo que le estoy diciendo: por fin he conocido a la muerte, y es toda una dama.


Fragmento del cuento: "La Muerte se confiesa", de: Eduardo González Viaña. Tomado de: "Florcita y los invasores". Editora El Ovalo S.A. Agosto 2009



Soy Narrador. Para funciones y presentaciones, contactarme al fono 996583864, o escribir a: ctorres1000@yahoo.es

domingo, 2 de diciembre de 2012

El Titiritero y la Muerte







Era un titiritero que nunca había llegado tarde a una función de títeres.

Un domingo se levantó a las ocho de la mañana. Sintió un fuerte dolor en el pecho, como si una aguja le hubiese atravezado el corazón. Se miró en un espejo. Estaba muy pálido.

Tenía que hacer una función a las once de la mañana. Salió de su casa a las nueve y cuarto. Llevaba el teatro al hombro y una maleta con los títeres en una mano. Caminó un trecho y otra vez volvió a sentir el frío de la aguja en el corazón.

El titiritero vio que la Muerte estaba delante de él.

Puso la maleta en el suelo. La abrió. Sacó un títere con un sombrero y una capa. Era el anunciador. Lo calzó en la mano derecha. Se arrodilló con el teatro al hombro. Movió al títere y le dijo a la Muerte con la voz del Anunciador:

-Respetable señora: le ruego espere unos minutos. El tiempo necesario para hacer un llamado telefónico. El jamás llegó tarde a un espectáculo y quiere justificarse. ¿Comprende?

El Anunciador inclinó la cabeza saludando a la Muerte. Ella dio un paso atrás.

El titiritero guardó al Anunciador en la maleta. Cruzó la calle. En la esquina había un teléfono público. Metió una moneda en la ranura, marcó un número y dijo:

-Habla el titiritero para que lo disculpen. Hoy no puede hacer la función.

Después volvió a cruzar la calle. Llevaba el teatro al hombro y la maleta en la mano. Sabía quien lo estaba esperando en la verdea de enfrente.




Tomado de: "Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote". Autor: Javier Villafañe. Editorial Seix Barral, año 1983, páginas 83 y 84.