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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Mi Ceibo

 
Para llegar al trabajo, el bus me llevaba por la avenida Canaval y Moreyra. Allí veía en la berma central una fila de árboles. Algunos ventrudos otros con el tallo delgaducho. Sea que fuera invierno o verano, me alegraba la mañana, el saludar con la mirada a mis amigos.
Un día me sorprendieron. Sobre el grass que rodeaba su base, habían flores. Los árboles estaban de fiesta. La vida se celebraba. Los pétalos rojos, se acomodaban como cuentas de collar alrededor del tronco.

Ese árbol me gustó. Me fui a los lugares donde vendían plantas y describía mi árbol, pero nadie me daba razón de su nombre. Decidí entonces irme a las florerías que están en la Vía de Evitamiento. Una florista, atendiendo a mi descripción, me dijo: “Ese árbol se llama Ceibo”. Yo le pedí que me consiguiera uno. Dejé un adelanto y regresé a la semana siguiente. Me entregó un ceibito listo para sembrar.
Llegué a mi casa y seguí las recomendaciones para plantarlo. Luego lo regué. Y le hablé sobre el bus y sus congéneres ya crecidos que yo saludaba cada mañana.

Han pasado diez años desde que el Ceibo llegó a casa. Ahora está mucho más alto que yo. Lo he visto florecer hasta en seis oportunidades y cada vez que eso ocurre, el alma se me alegra.

Cuando estaba niño, comenzó a torcerse. Estaba creciendo inclinado. Pude haberlo dejado así, que ejerza su libertad. Pero ya de mayor, el peso podía doblarlo y caer. Le puse un madero al costado. El “ceibito” corrigió su postura y ahora crece mirando hacia el cielo.

Hace un ratito, hice un alto en mi escritura. Fui a la ventana y vi al Ceibo. Le saludé.




FIN

lunes, 22 de abril de 2013

CEIBO


Hace diez años sembré un árbol. Su nombre: Ceibo. Hace un tiempito, escribí sobre él. Conté como es que le conocí, y como firmé un pacto de hermandad con él, cuando una mañana le vi florecer de rosado, y me dije: ese árbol, es bien árbol.

Así que busqué un plantoncito. Un ceibo recién nacido. Lo llevé a casa, hice un hoyito, lo puse en la tierra húmeda y comenzó a echar sus raíces. El ceibo, empezaba su historia.

Tiempo después, me enteré que ese árbol era una deidad para los sabios Mayas. Es el madero nacional para los guatemaltecos, y en el país de los chapines, está protegido por ley. En esa tierra tuve oportunidad de ver ceibos gigantescos. Una carretera, tuvo que curvar su trazo, debido a que el que iba a tener, según lo planeado por los ingenieros, llegaba a uno de esos árboles que por decenas de años iba creciendo en medio del bosque. El no variar el trazo de la obra, implicaba echar abajo a una deidad Maya.

Una chica llegó a casa y vio a mi ceibo, que ya estaba jovencito. Algo de su país se cruzaba con ella por estas latitudes. Fue toda una sorpresa, para quien tomó la decisión de vivir aquí.

Pero, el tiempo pasó y la chapina, una mañana partió.

Hoy domingo, he visto al ceibo. Se está cubriendo de flores rosadas. Se está vistiendo de fiesta. Mirarle me llena de alegría… él me sigue dando su compañía.


domingo, 9 de diciembre de 2012

Mi Ceibo



Para llegar al trabajo, el bus me llevaba por la avenida Canaval y Moreyra. Allí veía en la berma central una fila de árboles. Algunos ventrudos otros con el tallo delgaducho. Sea que fuera invierno o verano, me alegraba la mañana, el saludar con la mirada a mis amigos.

Un día me sorprendieron. Sobre el grass que rodeaba su base, habían flores. Los árboles estaban de fiesta. La vida se
celebraba. Los pétalos rojos, se acomodaban como cuentas de collar alrededor del tronco.

Ese árbol me gustó. Me fui a los lugares donde vendían plantas y describía mi árbol, pero nadie me daba razón de su nombre. Decidí entonces irme a las florerías que están en la Vía de Evitamiento. Una florista, atendiendo a mi descripción, me dijo: "Ese árbol se llama Ceibo". Yo le pedí que me consiguiera uno. Dejé un adelanto y regresé a la semana siguiente. Me entregó un ceibito listo para plantar.

Llegué a mi casa y seguí las recomendaciones para plantarlo. Luego lo regué. Y le hablé sobre el bus y sus congéneres ya crecidos que yo saludaba cada mañana.

Han pasado diez años desde que el Ceibo llegó a casa. Ahora está mucho más alto que yo. Lo he visto florecer hasta en seis oportunidades y cada vez que eso ocurre, el alma se me alegra.

Cuando estaba niño, comenzó a torcerse. Estaba creciendo inclinado. Pude haberlo dejado así, que ejerza su libertad. Pero ya de mayor, el peso podía doblarlo y caer. Le puse un madero al costado. El "ceibito" corrigió su postura y ahora crece mirando hacia el cielo.

De las tres cosas que dicen todo hombre debe hacer en la vida, yo solo he cumplido hasta ahora una: La de plantar un árbol... Dios quiera que pueda avanzar con las otras dos. En todo caso, que se haga su voluntad y no la mía.





(La ilustración del árbol es de Ramsés)