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lunes, 19 de enero de 2015

¿Quién es el perdedor?


Si la desesperanza me copa, pues seré un perdedor.

Viajo en bus púbico, en unas camionetas rurales que aquí en Lima llamamos: Combi. Esta palabra ha hecho escuela entre nosotros. Se habla de cultura combi, que es la que actúa como transgresora y sin ley, porque la calle es dura y tienes que continuar.

Estaba en una combi. Esta tenía su cobrador, que a la vez es llamador de pasajeros. Saca la cara por la ventana y el aire le golpea el rostro. Tiene que anunciar su ruta y “arrebatar” el cliente a la combi colega. Pero a este cobrador, le faltaba un brazo. Con el brazo muñón, sostenía un letrero que anunciaba su recorrido. Además abría la puerta para la suba y baja de pasajeros, y cobrar el boletaje… ¿cómo la hacía?, pues con coraje. El no es un perdedor, está jugándole al sistema, con las reglas que este le impone y no se hace el rendido. Al final del día, una familia recibirá el fruto de su esfuerzo, y al día siguiente, vuelta al subir y bajar.

Si la desesperanza me copa, pues me quedo inmóvil y allí soy perdedor.

Iba por una zona no muy segura, llevando unas baterías que debía entregar. De pronto me asaltan. Me rebuscan los bolsillos. No hay mucho. Me sacan el celular y los facinerosos de pena me lo devuelven. Claro es un modelo muy antiguo, sin conexión a Internet, y que me sirve para lo que requiero: hacer y recibir llamadas. Me quedé sin plata. Por allí una señorita sin conocerme me prestó unas monedas y con eso regresar a casa.

Ahora caminaba con temor. Lima me gusta, pero en ocasiones te es agresiva. Miraba hacia un costado y al otro. Llego a un parque donde un vendedor callejero, provisto de un parlante y de una batería, vende discos compactos con clases para aprender a bailar salsa. Se anima y da una demostración de lo que hallarán en su grabación. Traza unos puntos en el suelo con una tiza y comienza su lección. Mentalmente voy dando los pasos. Ya en un momento, con la música encima, estoy moviéndome al ritmo que indica el maestro de la calle. De pronto como que me olvidé el mal rato… la vida continúa.

Autor: Carlos Torres.



viernes, 18 de julio de 2014

Refrigerio




Me quedé sin empleo. Yo, un especialista en la acumulación de energía con muchos años de experiencia en el tema de pilas y baterías estaba sin trabajo. Siempre me había preocupado por potenciar mis habilidades. Me documentaba y asistía a cursos. Era proactivo y asertivo. Podía leer catálogos y literatura técnica en inglés y conocía todo el proceso de producción de una batería. Nada de lo anterior fue suficiente, quedé parado.


Afronté la nueva situación reduciendo mis gastos. Para viajar,  prefería caminar. Mientras “patoneaba” recordaba el cuento: “Mi Gabán” de Gogol, donde el protagonista al no tener para pagar el traslado, caminaba y caminaba día tras día para llegar al trabajo. El, cuidaba el modo de caminar a fin de que la suela del zapato se gaste lo menos posible. Primero la punta del pie, luego la planta y finalmente el taco. Ese formato se lo había aconsejado el maestro arregla zapatos.


Una mañana tuve que salir muy temprano para realizar unas gestiones. A eso de las doce sentí hambre. En un mercado compré una mano de plátanos, y en una bodega una botella de agua mineral. Tenía ya mi menú. Luego de caminar por la avenida Arequipa llegué al Parque Washington. No había bancas que gozaran del cobijo de la sombra de un árbol, así que me ubiqué en una que miraba hacia la fachada de la Casa España, es que sobre la fachada estaba el rostro de Salvador Dalí y quería disfrutar de la vista. 


Comencé mi refrigerio. En eso se me acercó un policía y me pidió mis documentos. Me dijo que estaba sentado frente a una embajada,  y que él tenía instrucciones para velar por la seguridad. Se comunicó por radio:


-Informando que hay aquí uno sentado en una banca frente a la embajada.

- ¿Qué hace?

  
El agente me miró y dijo:


-Está comiendo plátanos.

-Pues que acabe y se retire.


Terminé mi frugal almuerzo y me levanté. Decidí cruzar la calle e ir al Centro Español, sabía de una exposición y visitarla haría como que disfruto de un buen postre. Fue mucho mejor. Me enteré de la programación  de un seminario internacional de ingreso libre, sobre José María Arguedas. Duraba de un lunes a un viernes y era todo el día. Yo no tenía empleo, entonces tenía el tiempo suficiente para asistir.


Días después conté a un amgo mi experiencia como comenzal de plátanos en un parque. Cuando terminé mi narración, él no paraba de reirse y me hizo reir a mi también.






(FIN)