miércoles, 1 de febrero de 2017

Ayahuasca







Antiguamente el pueblo Awajun tomaba ayahuasca para visionar el futuro. Así sabían cómo enfrentar a sus enemigos. Quienes querían tener visiones debían antes dietarse –controlar el consumo de ciertas comidas y bebidas, así como mantener abstinencia sexual- y tomar la ayahuasca varias veces.

2
El Waimaku –Hombre de alto mando- cantando y tocando el Tuntui –tambor Awajun también conocido como manguare-, preparaba ayahusca y luego hacía que su gente la bebiese. Todos entonces se ponían borrachos y el cuerpo les temblaba porque el brebaje los ponía débiles. Luego apoyados en un bastón se dirigían hasta una catarata y dormían al pie de ella buscando alcanzar su Ajutap – Poder-.

3
Cuando amanecía el Waimaku les preguntaba si habían adquirido el Ajutap. Todos tenían que decir la verdad, y los que no habían logrado conseguirlo estaban obligados a seguir intentándolo para convertirse en buenos luchadores. Los que poseían el Ajutap confesaban, uno a uno al Waimaku, sus visiones y como habían sentido el poder del temblor, el de hacer caer el sol y la luna, el de la candela, de la lluvia, del frío, del tigre o el poder del sueño.

4
Cada visión de un guerrero tenía su significado y frase invocatoria. El hombre que tenía el poder del temblor decía: ¡Chuu, chuu wiya nugka pegag, pegag wajaun winmag tau! -¡Yo he visto que la tierra tiembla!- Cuando decía eso la tierra temblaba y las casas se destruían. Los enemigos entonces huían corriendo, y el guerrero con el poder del temblor mataba a todos los hombres, menos a las mujeres y los niños porque así lo mandan las normas Awajun.

5
El guerrero que tenía el poder del sueño, atacaba de noche haciendo dormir profundamente al enemigo, y luego empezaba a matarlos sin que nadie lo supiera.

6
Estos son los poderes de la ayahuasca, por eso los Awajun hasta hoy la tomamos. Ella nos ayuda a predecir el futuro, encontrar nuestras familias perdidas en el bosque, curar a los enfermos y luchar contra los enemigos.

FIN

Tomado de: Relatos Amazónicos Ikamia Augmatbau. Año 2004. Páginas 27 a 34

miércoles, 25 de enero de 2017

Las primeras flores de la primavera,






Un día, Gugece encontró siete kopeks. Se guardó las monedas en el más hondo de sus bolsillos y se estuvo tres días sin tocarlas.

Se acercaba ese día que se da una vez al año, en el que todos los hombres hacen regalos a todas las mujeres, la fiesta del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Guguce fue el primero de los hombres de su pueblo en aparecer en la tienda. Por el camino se le había ocurrido comprar a su mamá un automóvil. Y en el automóvil él, Guguce, llevaría a su mamá al mercado. El chico entró en la tienda frotándose las manos. Pero no halló allí lo que buscaba. En los automóviles que allí vendían no cabía ni siquiera él, Gugece, y tanto menos su mamá.

Con este motivo Gugece se compró un botón. Ahora le quedaban tres kopeks. Ya que tenía un botón, había que comprar un vestido. Y no cualquier vestido, sino precisamente azul. Pero no había a la venta vestidos azules. ¿Tal vez se llevara aquellos zapatos de tacón alto? Gugece estuvo a punto de pedirlos a la dependienta, pero no sabía que número precisaba.

Se fue a su casa, esperó a la noche, a que su madre se acostase a dormir. Y para que se durmiera antes, Gugese se puso a contarle el cuento de la princesa. La mamá se durmió a la mitad del cuento, y la otra mitad se quedó en la cabeza de Gugece. Bueno, que espere la princesa a su príncipe hasta la próxima vez. A Gugece le preocupaba otra cosa.
Salió de puntillas del dormitorio y volvió con un hilo en la mano. Pero cuando aplicaba el hilo al pie de su mamá, esta movió una mano. Tomó Gugece la mano de su madre en la suya y se puso a mecerla:

La noche es tranquila y la camita blanda, Duérmete, mano, duérmete.

Y, al son de la canción, la mano se durmió enseguida. Le midió Gugece a su mamá la planta del pie, se acostó en la cama y puso el hilo bajo la almohada.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo Gugece fue ir a la tienda. Probó con el hilo todos los zapatos y eligió los mejores. Pero cuando supo lo que costaban, se rascó tras la oreja derecha, sacó los tres kopeks, los volvió a contar, se rascó ahora tras la oreja izquierda, dejó los zapatos en el mostrador y salió de la tienda.

De haber estado ustedes allí, hubieseis visto cómo salió Gugece del pueblo, como anduvo por el camino, como se ocultó tras la colina su gorro de aguda punta, sin aparecer durante mucho rato. Y luego, hubieseis visto como bajaba de la colina con una brazada de campanillas de las nieves. Sus zapatos se habían puesto perezosos y molestaban a las piernas al andar, y el gorro estaba tan cansado que se bamboleaba sobre la cabeza. Pero Gugece era muchos más fuerte que los desdichados zapatos y el gorro. Trajo las flores derecho a la tienda. El mayor de los ramos lo regaló a la dependienta, los demás, a todos cuantos había en ella.

Era la primera vez que la gente veía las campanillas aquel año. Todos hicieron grandes elogios de Gugece, y la dependienta hasta le acarició el gorro, si bien éste nada tenía que ver. Entonces, Gugece, ante los ojos de la dependienta, sacó los tres kopeks, los volvió a contar tres veces, miró a los zapatos y exhaló un suspiro. Pero la dependienta no se dio cuenta de nada.

El sol ya declinaba, se hacinaban unas nubes blancas, y Gugece aún estaba sin regalo para su mamá. "No le hace -se calmaba el mismo-. Mañana me levantaré en cuanto amanezca e iré en busca de campanillas de las nieves."

Pero al atardecer, empezaron a girar tras las ventanas copos de nieve tan grandes cual Gugece jamás los viera. El cielo se oscureció, las colinas se pusieron blancas, y el muchacho se durmió. Su mamá lo halló dormido junto a la ventana. En una mano tenía los tres kopeks y al botón. Un botón maravilloso. Precisamente el que a la mamá le hacía tanta falta.

FIN

Las primeras flores de la primavera,
(Spiridón Vangueli)

Tomado de MOSAICO, de relatos de los escritores de la URSS. Año 1983. Páginas 41 a 44.

miércoles, 11 de enero de 2017

El sastre y el zapatero




Érase que se era un sastre que debía dinero a todos los vecinos de su pueblo, y como ganaba tan poco porque el pueblo era muy pobre y apenas se hacían trajes allí, no lo podía pagar por más ahorros que hacía. Entonces un día, cansado ya de cavilar, dijo:

-Como nunca podré pagar todas mis deudas, mejor es morir; así me lo perdonarán todo.

Se hizo el muerto y mandó a su mujer a que saliera a la puerta a llorar a grandes gritos. Acudieron todos los vecinos y, creyendo el caso de verdad, consolaban a la mujer diciéndole que le perdonaban todas las deudas de su marido.

Pero un zapatero, muy pobre y con una pata de palo, empezó a decir:

-A mí me debe un real, y no se lo perdono.

Por la noche llevaron al mentiroso sastre debajo de los porches de la plaza, según era costumbre hacerlo, para esperar que llegara la hora de la sepultura. Iba el sastre metido en la caja sin moverse, riéndose por lo bien que le había salido la trampa y porque pensaban en el susto que se iban a llevar los vecinos del pueblo cuando en el momento de ir a enterrarle saliera de la caja como que había resucitado.

Dejaron la caja en la plaza y al poco tiempo se presentó el zapatero que era medio tonto, a pedir su dinero al sastre. Levantó la tapa de la caja y empezó a decir a grandes voces:
-Dame el real, sastre de los demonios, dame el real.

En eso llegaron unos ladrones, y el zapatero muerto de miedo, se escondió en el zaguán de una casa. Comenzaron ellos a repartirse el dinero que habían robado por todos los pueblos del contorno. Lo dividieron entre siete montones, aunque ellos no eran más que seis, y dijo el capitán:

-El montón de más lo dejaremos en esta caja para viático del alma de este pobre diablo de sastre.

Pero no se decidían a hacerlo, hasta que el más pequeño dijo:

-Dame el montón y yo le pondré pues veo que todos tenéis miedo.

Llegóse a la caja y levantó la mano para cumplir lo prometido, pero el sastre se incorporó de un salto diciendo:
-Ayudadme aquí, todos los sastres.

Y dijo el zapatero desde el zaguán:

-Allí vamos todos juntos.





Los ladrones echaron a correr horrorizados y dejaron allí el dinero, que se repartieron equitativamente el zapatero y el sastre. Ya iban a macharse, cuando el zapatero se acordó del real que le debía al sastre, y empezó a decir:

-Dame el real, dame el real.

Los ladrones mientas tanto, habían dejado de correr y el capitán dijo:

-Parece mentira que hayamos querido ser generosos, nosotros a los que tanto nos gusta el dinero. Será menester que vaya uno donde está el sastre para que sepamos en que quedó aquello.

Fue uno y cuando llegó a la puerta oyó decir al zapatero:
-Dame el real, dame el real.

El ladrón dio la vuelta a todo correr y temblando de pies a cabeza, dijo a sus compañeros:

-Vámonos, que aquello está lleno de pedigüeños. Son tantos que en el reparto del dinero tocan a real.

Y echaron todos a correr como galgo tras la liebre y sin atreverse a volver la cabeza atrás.

El zapatero y el sastre quedaron ricos para toda la vida y el segundo pudo pagar sus deudas a los vecinos del pueblo.

FIN

miércoles, 7 de diciembre de 2016

CARTA DE AMOR A UN TRAPEZOIDE








Querido trapezoide:

Le sorprenderá que por primera vez alguien le haga una declaración de amor y ésta no provenga de una figura plana. Su pertinaz vivencia en el plano le ha mantenido siempre al margen de lo que ocurre por arriba o por abajo, enfrente o detrás. Digámoslo claramente: yo lo conocí hace años pero usted aún no se había enterado, hasta hoy, de mi presencia. Debo pues empezar por el principio y darle noticia de cómo fue nuestro primer encuentro.

Ocurrió una tarde de otoño lluviosa. Una de estas tardes de octubre en que llueve a cántaros, los cristales de los colegios quedan humedecidos y los escolares sin recreo. Usted estaba quieto en una página avanzada de un libro grueso que era nuestra pesadilla continua. Me acuerdo aún perfectamente. Página 77, al final hacia la derecha, Fue al abrir esta página, siguiendo la orden directa de la señorita Francisca, nuestra maestra, cuando lo vi por primera vez. Allí estaba usted entre los de su familia, un cuadrado, un rectángulo, un paralelogramo, un trapecio, un rombo, un romboide,... y ¡el trapezoide!. Un perfil grueso delimitaba sus desiguales lados y sus extraños ángulos. La señorita Francisca se fue exaltando a medida que nos iba narrando las grandes virtudes de sus colegas cuadriláteros... que si igualdades laterales, que si paralelismos, que si ángulos, que si diagonales... y el rato fue pasando y la señorita seguía sin decir nada. Como las señoritas acostumbran a no explicar lo más interesante, a mí se me ocurrió preguntarle
-Señorita... ¿y el trapezoide? 

-Éste -replicó la maestra- éste es el que no tiene nada 
-¿Nada de nada? - le repliqué 
-Sí, nada de nada - me contestó

... y sonó el timbre. Quedé fascinado: usted era un pobre, muy pobre cuadrilátero. Estaba allí, tenía nombre, pero nada más. Por eso a la mañana siguiente volví a insistir en el tema a la señorita.

-Así debe ser muy fácil trabajar con los trapezoides -le dije - ya que como no tienen nada de nada no se podrá calcular tampoco nada de nada.

-¡Al contrario! Estos son, los más difíciles de calcular. Ya lo verá cuando sea mayor.

Durante aquella época yo creí intuir que matemáticas y cosas sexuales debían tener algo en común pues siempre se nos pedía esperar a ser mayores para “verlo”.

A usted ya no lo vi más, hasta que en Bachillerato don Ramiro nos obsequió con una fórmula muy larga para calcular su área. Esto me enfadó enormemente. Usted había pasado del "nada de nada” al "todo de todo". A partir de entonces empecé a pronunciar su "oide” final con especial desprecio “¡trapez­-OIDE!".

Nuestro siguiente encuentro tuvo lugar en una calle. De pronto miro el pavimento y descubro con horror que le estoy pisando. Di un salto y me quedé mirando. ¡Que maravilla! Después de tantos años sobre mosaicos llenos de ángulos rectos allí estaba usted. El "nada de nada” era ahora una loseta. Dibujé aquel suelo y entonces marqué los puntos medios de sus lados y empecé a trazar rectas y una maravilla de paralelogramos nacieron enmarcando su repetición. La señorita Francisca tenía razón en lo difícil que es tratarlo pero no la tenía en le del "nada de nada”.

Y ahora al final de la declaración sólo me queda pedirle una cosa. Por favor no diga nunca a nadie que yo hice esta declaración. Guarde esto en el centro del paralelogramo inscrito que le acompaña. Yo guardaré su recuerdo, dibujándolo en todas las reuniones. Los amores imposibles al menos tienen la virtud de ser duraderos. Suyo.

Claudi Alsina

martes, 6 de diciembre de 2016

Manchitas







Ella gustaba que la llamaran Luciérnaga. Es que en una oportunidad la llevaron de viaje a la selva, y una noche vio millares de puntitos luminosos que flotaban en el aire. Le dijeron que esas luminiscencias saltarinas eran las luciérnagas.

Luciérnaga tenía siete años. Una mañana lluviosa al mirar por su ventana vio un perrito que se apretaba contra la fachada, es que buscaba cobijo. Cuando la lluvia cesó, la niña abrió la ventana y descubrió que el perrito continuaba allí. A medio día Luciérnaga salió con su mamá. Vio al perro que se mantenía debajo de la ventana. Era de pelambre blanca con sus manchitas marrones. Ella le pasó la voz y el perrito agitó la colita. Ya de regreso a casa se acercó al animalito. Lo cargó y le dijo a su mamá: Es bonito, hay que darle una casa. La mamá inicialmente se resistió, pero pasados unos minutos convino en que se adoptara al perro de manchas marones. Le pusieron de nombre Manchitas.
Manchitas se alegró. Ladró y saltó de puro contento. Ahora gozaba de la compañía de una familia. Pero he aquí que el perrito tenía muchas pulgas. Fue bañado con pulcritud, y las pulgas desaparecieron de su cuerpo.

Al día siguiente, una señora llegó de visita a casa. Pasados unos minutos empezó a rascarse el brazo, los hombros, las piernas. Las pulgas habían invadido la sala. Por la noche mientras la familia veía televisión, el papá de Luciérnaga se rascaba los brazos. Eran las pulgas. Lo peor fue que invadieron también el dormitorio y la cocina. ¿Y ahora?

Luciérnaga se sentía responsable. Si ella no hubiera traído al manchitas la casa no se hubiera llenado de pulgas. Una vecina aconsejó un preparado, este consistía en agua caliente con un poco de aceite de oliva y unas gotas de lavanda. La vecina afirmaba que era un remedio eficaz y había que rociarlo en las esquinas de las habitaciones. No funcionó.

Una tía recomendó ahogar las pulgas con detergente. Para esto se colocaba una vela encendida en medio de un recipiente el cual se llenaba de agua con detergente. El truco era hacerlo de noche, entonces se apagaba la luz y las pulgas serían atraídas por el brillo de la llama. Se hizo el ensayo, efectivamente una fila de pulgas iban saltando al interior del recipiente, algunas se ahogaban, pero otras flotaban y hasta parecía que nadaban. El caso, es que la plaga continuó.

Un día, Luciérnaga escuchó en el colegio el cuento del Flautista de Hamelín. Era la historia en la que un joven tocando melodías con su flauta liberó de una plaga de ratas a la ciudad. Es que los roedores quedaron hipnotizados con la melodía del flautista y comenzaron a seguirlo y este avanzaba en dirección del bosque y finalmente la plaga terminó ahogada en un río.

Luciérnaga se dijo, haré como el flautista, pero ella no tenía flauta alguna, además no sabía tocar melodías. Eso sí, tenía un tambor de esos de cuerpo de metal y se imaginó que si una flauta funciona, pues un tambor también. Todo consistía en practicar y encontrar la melodía que hipnotizara a las pulgas. Así que se puso a ensayar. Fueron días y días. El manchitas siempre le acompañaba. A veces parecía como que marchaba al son del tan tan tan.

Una tarde, al tocar el tamborcito, se vio en el piso como una mancha marrón que se mecía al ritmo del sonido. Las pulgas disfrutaban del compás. Luciérnaga había encontrado la percusión ideal. Fue a buscar a su abuelita y le contó su hallazgo. La abuela le dijo, prepara todo y el domingo te acompaño.
Llegado el domingo, nieta y abuela se levantaron tempranito. Avisaron que irían a buscar el pan, pero en una panadería muy lejana, donde se decía que vendían unos cariocas que no solo eran crocantes a las mordidas sino que tenían sabor a mantequilla. Luciérnaga sacó el tambor y se puso a tocar. La abuela sostuvo la puerta que daba a la calle para que no se cerrara. Se escuchaba el tan tan tan. Las pulgas saltando seguían al compás, iban por las calles abuela y nieta y las pulgas detrás. Caminaron varias cuadras hasta llegar a una avenida por donde circulaba un viejo canal de regadío. Cruzaron las dos caminantes un puentecito de madera. Luciérnaga seguía tocando, ahora con la cara frente al canal. Las pulgas siguieron la percusión y terminaron ahogadas en el agua de regadío. Esa fue el final.

Regresaron a casa, con una bolsa llena de pan, un frasco de mermelada y también queso. Había algo que celebrar el término de la plaga de pulgas.

Han pasado muchos años desde que ocurrió esta historia. Luciérnaga ahora ha formado una organización para proteger a canes y felinos. El objetivo es crear conciencia entre las personas para que cuiden a sus mascotas.

FIN.
Autor: Carlos Torres.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La "Pishta"





-"Nuestros mayores desfloraban el sexo de los chicos varones. Muchos morían por eso. Después se hizo lo mismo con las mujercitas y ellas no se morían. Cuando son madres, después de las "Pishta" tampoco se mueren. Así afirmó una vieja shipiva la Tita Nunshán Huasarama, que aseguraba ser la nieta de un patrón- huiracucha. Sería por eso que se mostraba solícita ante los blancos y mestizos. Sus hijos y sus nietos eran igualmente solícitos y hospitalarios con las "nahuas" (gente de otra raza). Ellos hicieron posible que espectáramos, una y otra vez, la sangrienta y brutal "Pishta" de los shipivos del Pisqui.

La "Pishta" es el preludio de la fecundidad selvática. Un rito sagrado que los shipivos conservan desde la noche de los tiempos. Es un culto a Eros y a la maternidad precoz. Es el holocausto de las vírgenes sacrificadas en aras al vínculo conyugal. Es el paso inicial al tiempo del amor prematuro: un proceso acelerado hacia las funciones naturales de la procreación.

Ese preludio de la fecundidad se origina en el ansia de preservar la vida de las madres jóvenes para perpetuar la especie siguiendo los ritos ancestrales de la tribu y no trasgredir los secretos de la fatalidad recibidos como herencia vital.

Para rendir culto a Eros y a la Maternidad la familia de los shipivos dedica muchas lunas a prepararse para la tradicional "Pishta". Meses tras meses hacen acopio de bebidas exultantes, de animales salvajes criados con afán, de adornos y aderezos personales para la gran orgía, para los duelos sangrientos, para los desenfrenos báquicos. Dentro de ese cuadro siniestro se realiza el sacrificio de las vírgenes para que el dios amor sea propicio.

Toda la molicie de los shipivos se quiebra ante el incentivo de asistir a ese drama tremendo, a la fiesta de las fiestas, a la cruel barbarie de la "Pishta". Los esfuerzos y energías de hombres y mujeres se unifican allí. Burdos trapiches de masas horizontales crujen día y noche moliendo montañas de caña dulce. Extraen el jugo que ha de convertirse en guarapo burbujeante y en "ventisho" avinagrado. Niños ventrudos y glotones se dan su hartazgo de caldo dulzón. Las complacientes abuelas, madres y tías hierven los torrentes del trapiche en odres negros para fermentarlos en inmensos cántaros reforzados con geométricas ligaduras en previsión para que no escaseen. Abundan los catadores que entre prueba y prueba dan buena cuenta del guarapo destinado a la "Pishta". Mas trabajo, nuevas moliendas, relevo de gente para superar las deficiencias, para reponer el licor consumido a destiempo.

Tambores, bombos y timbales renuevan por doquier. Irrumpe la alegre sinfonía en la casona donde se realizará la "Pishta"; esta luna o la otra luna tal vez. Nadie sabe cuando, ni los propios organizadores. Pero el llamado de los tamboriles sigue resonando, como un mensaje distendido sobre la fronda rumorosa y las brisas del río, como lanzando a todos los ámbitos la invitación: ¡Que vengan todos... que vengan todos... todos a danzar... todos a beber! Otros bombos y tambores transmiten el llamado en cadena infinita hasta el último confín. Como un manguaré amazónico alertan y alborotan a todos los que escuchan y vislumbran el vuelo de una paloma mensajera. 

Generando así el ambiente de fiesta, zarpa el "Chaniti" (los heraldos de la "Pishta"). Unos van aguas arriba y aguas abajo -los otros- a tambor batiente y bocina en boca, con su cantar de sirena fascinante. Los ceremoniosos heraldos llegan a las casonas de los grupos familiares distantes con su típico atuendo personal: pañuelo blanco ceñido a la frente chata y suelto atrás, flotando como alas blancas de garzas prisioneras que intentaron su vuelo a playas lejanas; lucen cushmas o "taris" recién salidos del telar hogareño, amplios collares polícromos de chaquira primorosamente combinada pecheras de espejeantes abalorios ostentando medallones de plata. Las tembletas o "curis" de metal pulimentado pende de la nariz y del labio inferior dibujando un signo de admiración de una escritura que el "Chaniti" desconoce. Los "ushates" o corvos, brillantes y filudos, van terciados a las espaldas. Con esa indumentaria y con la macana en alto el heraldo salta a tierra, ágil y sereno, sin inmutarse ante el vocerío ensordecedor de los visitados.

Con aparente hostilidad y actitudes agresivas bien fingidas los dueños de casa reciben al "Chaniti". como en son de guerra que se aplaca ante el sortilegio de las pequeñas dosis de guarapo.

-Está fuerte... está bueno... con eso nos emborrachamos... es el comentario gozoso de los invitados.

¿Cuándo podemos ir a la "Pishta"? -¿Ahora? -¿Mañana?
-Iremos cuando regrese de hacer el convite en la última casa.
-Yo quiero ir... a ver a mis otras mujeres.
-¡Mentiroso! -Te cortarán la cabeza sus maridos.
¿Verdad? -¡Que me corten!, para eso soy muy macho.

El "Chaniti" parte dejando tras de sí un duelo verbal entre tantos maridos y mujeres, entre los arrestos varoniles de los socarrones y los gimoteos de sus consortes. Se ha prendido ya la chispa del desasosiego y todos ansían que el "Chaniti" no tarde mucho. Hay vehemencia por partir rumbo a la "Pishta"

El escenario de la "Pishta" se ha dispuesto prolijamente. Ya están listas las escalinatas del puerto. El amplio patio invita al ceremonial. Las ventrudas tinajas de guarapo esperan a los consumidores. Una cruz blanca de palo de balsa se yergue, como lugar del sacrificio de las huanganas en la noche del festín.

A tambor batiente y bocina en boca el "Chaniti" anuncia su retorno. Inmensas caravanas de canoas repletas de indios nerviosos se detienen en las cercanías para vestirse con sus mejores galas. En la casona de la "Pishta" resuena incesante el son alborozado de los timbales, repitiendo su onomatopéyica invitación: ¡Que vengan todos... que vengan todos...! -Todos a beber... todos a beber...

El desembarco de la caravana parece un conato de lucha feroz entre invasores y defensores. La algarabía se intensifica cuando resuena la voz de bienvenida: "Wuecán bakebú" (vengan muchachos); Wucán nun kaibibú (vengan nuestros paisanos); hué papá yuri (ven abuelo); hué chay (ven cuñado). Hombres y mujeres se enlazan en amplios cordones de fraternidad encaminándose hacia los tinajones repletos de licor exultante. Cada cual se sirve a su antojo, locupletando los ceramios especiales hechos para la "Pishta". Las libaciones desatan la euforia salvaje entre estruendosas carcajadas y hurras chillonas.

Las pequeñas vírgenes que van a ser sacrificadas forman conjuntos  danzarines hasta caer rendidas en el frenesí de sus danzas. Ellas imprimen en vértigo al coro que se distiende y apretuja, se une y se deshace, siguiendo el tintintín de sus cascabeles que lucen como cordón nupcial. Cantan y bailan dando calor y vida a sus sonajas metálicas y a las campanillas vegetales dispuestas en brazaletes, collares y zarcillos, siguiendo el ritmo de esas panderetas accionadas por las contorsiones de músculos y caderas dan nuevos giros a la danza, siempre cambiante, siempre a trote ligero, siempre dislocada por la caprichosa dirección impuesta por las pequeñas novias, ávidas de placer y predispuestas al marido que las espera en el cadalso de la "Pishta".

Vencidas por la embriaguez de la danza, las vírgenes disuelven el coro prorrumpiendo atiplados gritos de victoria. Las viejas madrinas, las expertas cirujanas, avezadas en la crueldad de sacrificar vírgenes tan tiernas, las acunan amorosas en sus faldas. 

Los hombres dejan sus veleidades báquicas para cumplir con el ceremonial de los pífanos. A paso tardo arrancan las notas discordantes de sus cañas huecas. Recorren el escenario como invitación para que los otros se acoplen al coro para entonar la clásica canción litúrgica, llena de ovaciones del pasado, de sátiras y de ironías. Invocan al gran Dios, se burlan de la llegada de los hombres blancos y rematan en angustiosos clamores:

"Deja que venga el gran dios; deja que venga el gran dios.
Todos los veranos llegan garzas blancas.
Desde lejos vienen pensando.
Todos los inviernos garzas negras van.
Vengan... vengan y vuelvan todos"

Las mujeres danzan y cantan haciendo reverencias a la luna. Simbolizan la fortaleza del varón en la vida legendaria del motelo: Y ellos cantan la gracia y el encanto de ellas comparándolas con los monos astutos.

Terminan las danzas con estrepitosas exclamaciones de júbilo. Atropelladamente retornan a los bebedores, allí se desata la locuacidad de los beodos, cual bandadas de loros y paucares parleros, augurando la próxima tempestad. Unos decantan sus proezas pasadas; otros proclaman su coraje imbatible ante hombres y fieras. Se lanzan retos a través de riñas, rematando en conatos de lucha plural.

-¿Quién puede amansarme a golpes?
-¡El tigre no es furioso... Yo soy más furioso que él!
-Tú eres inútil y cobarde, eres como las mujeres.
-¡Atashay Chamá! Soy un hombre. Soy marido de tu mujer.
-Ven acá Puecón Biri (pajarito brillante). ¡Di su verdad!
-¡Mentira! -Solo una vez abusó de mi, en otra Pishta.
-¿Eres burlador, eres valiente? ¡Entrega la cabeza cobarde!

Injuriando y blasfemando el ofendido se abalanza contra su rival con el "ushati" en alto. La presunta víctima baja la cerviz, sereno y callado. Súbitamente varias mujeres se interponen entre ambos y los separan atándoles de la cintura a los macizos pilares. No crean las amenazas ni los arrebatos bravucones. Sus impulsos  y bríos dan en tierra con los ardorosos luchadores. Se incorporan vuelven a caer hasta que las ligaduras ceden a sus esfuerzos. El marido burlado con un salto felino zanja una y otra vez la testa del burlador, quien levanta la frente altiva, cubierta de sangre, recitando en voz alta su condición de seductor que paga así el amor prohibido, sin rehuir el duelo ni sus dolores. Ha cancelado en público, la ofensa inferida. Con un alarde inútil de hombres pide a gritos destemplados que le den de beber. Pero cae exánime entre los brazos del círculo de mujeres que las socorren.

La sangre vertida enardece los ánimos y se extiende la lucha por doquier: hombres contra hombres, mujeres contra mujeres, bandos irreconciliables que defienden tanto al burlado como al burlador. Mas leña ponen en la hoguera las histéricas hijas de Eva. Se mechan retorciendo las hirsutas grenchas y ruedan nen un cuerpo a cuerpo delirante, con olvido supremo de recatos, pudores y verguenzas femeninas.

Aquí y allá se ha generalizado la lucha campal. En vano las ancianas previsoras han ocultado las macanas. Pelean a trompones limpios, duelos horrendos con filudos "ushatis", exaltan las pasiones crispadas de odio, se enardecen ante la complicidad de las luces y las sombras del crepúsculo teñido de rojo y de manchas. Las frenéticas riñas se tornan ciegas: un amigo maltrata a otro, este hijo hiere al padre, jóvenes derriban a viejos. El paroxismo, la lujuria y un verdadero caos han impuesto el imperio de la orgía brutal. La furia salvaje va dejando tras de si espectros bañados en charcos de sangre, gentes agónicas sin memoria del dolor; ecce homos yacentes de aspecto macabro, ahogándose en los estertores de la muerte.

Bramidos ensordecedores, quejidos angustiosos, imploraciones sordas, todo se junta en una sinfonía diabólica, cobrando en las gargantas humanas acentos escalofriantes de silbidos de serpientes, de bramido de otorongos, de traqueteo de colmillos de huanganas enloquecidas. La selva misma parece estremecerse de espanto y se convierte en caja de resonancia de esa tempestad de pasiones y orgías sin freno, que agitan y sacuden las cimientes del bosque estremecido de horror.

En ese marco tenebroso, engastados por pasiones desenfrenadas por histerismo que todo lo absorbe y anonada, por los más execrales excesos báquicos, se cumple el rito del sacrificio de las bestias salvajes, de las huanganas que de tiernas fueran amamantadas en los exuberantes pesones de las indias. El pelotón de cazadores está ya dispuesto con arcos tendidos y flechas agudas dirigidas hacia la víctima propiciatoria que ha de morir al pie de la cruz en holocausto al tótem de la casa y en obsequio al instinto carnívoro de la tribu. Los dardos atraviesan la dura carne dela bestia arrancándole alaridos dolorosos. Se debate en la agonía con dentelladas sonoras, intentando atrapar entre sus colmillos espumosos a sus victimarios. Y así trémulo de rabia, sacudiendo las flechas que se agitan como largos dedos abiertos hacia el infinito, el primer matador carga su ofrenda y la arroja sobre una amplia estera. Las mujeres se sientan sobre la bestia convulsionada y una a una van extrayendo las flechas para devolvérselas a los cazadores como trofeos bien ganados.

Sin esperar que la muerte acabe con la bestia, las mujeres descuartizan con gran precipitación. Las mas atrevidas arrebatan las mejores tronchas y se genera así otra manzana de la discordia.

Las que arrebatan las mejores tronchas las exhiben en alto y con jactancia y como retando exhiben en alto y con jactancia y como retando pregonan su triunfo: ¡Oigan... Oigan! ¡Yo he llevado la carne! ¡Yo he llevado la carne! Una avalancha de mujeres disfrutan la presa codiciada en duros combates, extersionándose las revueltas cabelleras. Ululantes se disputan la carne que pasa de mano en man, llena de polvo, de sudor y de babas.

Siguen las libaciones, las riñas, los duelos, los cortes, las batallas campales. Un coro de niños ejecuta su ronda infantil repitiendo su cándida ilusión: "Mi tirante de oro... mi tirante de oro. Mi motor con alas. Mi vapor con alas. Tiene diez motores. Tiene diez chimeneas. Tiene diez alas". -Ante ese estímulo se reinician nuevos cordones de danzantes, cadenciosos al principio y agresivos después. Se despliegan en marchas envolventes chocan se repelan, diluyéndose en parejas tambaleantes que se caen y revuelcan en un espasmo de asfixias y agonías generales. La salvaje bacanal y la orgía de lodo y sangre se engasta en el afán libidinoso apenas contenido y desatado ya en una marejada grosera de fieras que se enlazan y se devoran en las sombras de la noche.

Mas allá de esa turbonada de erotismo bestial de ese remolino infrahumano, bajo las matas de los plátanos que circundan el bullente escenario de la "Pishta", se ha levantado el ara silvestre para el sacrificio de las vírgenes. Los jóvenes pretendientes  con una quietud de íconos grotescos, mantienen en alto las antorchas o "shupihuis" de copal para que las viejas sacrificadoras emplean su función ritual . Las asistentes mantienen los fogones y todos los instrumentos burdos para el sacrificio.

Las infelices criaturas yacen en los brazos de sus madrinas. Sus endebles muslos están ya atados sobre unas canaletas de palo de balsa y leves estremecimientos intentan su protesta inútil. La famélica arpía ha cubierto con su pelambre enmarañanada el campo de la operación. Su diestra sarnosa ha comenzado a extirpar el clítoris vaginal con una filuda astilla de paca cortante. Tenues palpitaciones de un dolor estrangulado por la catalepsia provocada por brebajes y menjunjes de la farmacopea india se acallan con el desmayo total de la pequeña víctima cuya sangre virginal tiñe la mano implacable de la bruja. Con un riego de agua tibia y aplicando el cauterio de cáscaras de plátano asado a la brasa, la sacerdotisa logra contener la hemorragia. Un sacudimiento, un hondo suspiro y un sollozo estrangulado hacen tremolar el cuerpecito desgarrado de la víctima, sumida en las faldas de la madrina y entre el espectro de la avezada vieja que ha consumado tantos sacrificios al amor y a la fecundidad precoz de la tribu.

Otra sacerdotisa simiesca y diabólica está repitiendo mas allá idéntica crueldad, ante la mirada idiotizada de pretendientes y madrinas convertidos en sombras siniestras apenas iluminadas por las antorchas de copal, hechas de aumerio y hambre de aquel culto primitivo y sus rituales horrorosos de barbarie sin igual. Y cuando las vírgenes inmoladas van saliendo del influjo del narcótico, nuevas dosis del guarapo avinagrado prorrogan su insensibilidad. Las mismas sacerdotisas rematan el ceremonial aplicando una sonda vaginal de barro recocido, sujeto con ligas ásperas a los muslos y a la cintura. Se ha cumplido así la ofrenda de las vírgenes inmoladas en el holocausto de los males tutelares de la tribu. Las hijas del Sol y de la Luna; las víctimas propiciatorias del erotismo de concupiscencia y la fecundidad tropical han penetrado ya por los umbrales de la barbarie en el templo del amor prematuro, en los secretos de la vida conyugal, en el arcano de la vida y de la muerte del destino humano.

El alba sorprende a las sacerdotisas al pie del ara del sacrificio de las vírgenes. Las madrinas entregan sus preciosas cargas a los pretendientes que han sellado ya el ritual del matrimonio. También ellos han participado en la orgía de sangre, han rendido culto a la procreación en tanto que los otros solo han hecho ofrendas a Baco para saciar sus apetitos de lujuria y de lodo sin participar en el acto culminante y cruelísimo de la Pishta.

"Antes las madres jóvenes morían al dar a luz. Con la Pishta todas alumbran sin dolor y sin peligro de muerte" -es la afirmación rotunda de las sacerdotisas, de las madrinas y comadronas, que callan sus secretos de reducir el feto en el vientre de las madre.

FIN

Mitos y Leyendas, mitología Chama, de: Francisco Odicio Román. Año 1969. Páginas 49 a 60.












miércoles, 26 de octubre de 2016

La manzana de la discordia







Júpiter, el padre de todos los dioses, se enamoró de Tetis, bellísima diosa del Olimpo, pero por prudencia no quiso hacerla su esposa sin antes consultar a quien únicamente podía vaticinarle el futuro, que era el Hado, representado por las tres hermanas Parcas.

El Hado le dijo a Júpiter que Tetis estaba destinada a tener un hijo, que habría de superar notablemente a su padre. Esto preocupó mucho a Júpiter, que renunció a su proyecto de casarse con Tetis, pues de ninguna manera quería tener un hijo que lo destronara como a él había destronado a su padre. La mano de su amada fue ofrecida por él entonces a Peleo, quien hacía tiempo la venía pretendiendo sin éxito, porque en la competencia con el omnipotente dios Júpiter, Peleo como pobre mortal, no tenía posibilidad alguna de salir vencedor.

Júpiter le prometió a Tetis obsequiarla con un suntuoso banquete y acudir a la boda con todos sus dioses, si ella aceptaba a Peleo, y así se arregló el asunto. Júpiter y toda su corte acudieron a la brillantísima fiesta de los esponsales y todo salió a las mil maravillas. Por la confusión de tan complicada fiesta, o deliberadamente, dejaron de invitar a Eris, que es la diosa de la discordia, y ésta, con sobrada razón, se indignó ante tal desaire y se propuso vengarse, rompiendo la dulce armonía de tan agradable fiesta, fomentando entre los concurrentes la discordia.

Para ello, llevó una manzana de oro en la que había una inscripción que decía: "A la más bella de todas", y la arrojó sobre la mesa en medio de los asombrados concurrentes,

Todas las diosas se abalanzaron a cogerla, pero poco a poco fueron retirándose, hasta que dejaron solas a las tres reconocidas como las más bellas y poderosas, que eran Minerva, diosa de la sabiduría, cuyo saber era superior a su belleza; Juno quien alegaba que era la mujer de Júpiter, y por tanto la reina de todas las diosas, que por su excelsa jerarquía tenía derechos sobre todas las demás; y Venus, la cual, sonriendo maliciosamente, dijo: ¿Quién podría aspirar con mayor derecho a esa distinción que la diosa del amor y de la belleza?

Y aquí vino el problema. La discusión entre estas tres diosas no logró resolverlo y ellas apelaron a los otros invitados para que éstos formaran un jurado que fallara cuál era la más bella de las tres.

Y entonces, como ahora, nadie quiso intervenir en el asunto, pues el favorecer a una se ganaba la enemistad de las otras dos, y muy elegantemente se desentendieron.

Ante esa situación, a Júpiter, que tampoco quería intervenir, se le ocurrió enviar a las diosas contendientes al monte Ida, donde un hermoso pastor llamado Paris cuidaba sus ovejas y éste, sin duda, era quien podría juzgar desapasionadamente el caso. Y allá se fueron las tres diosas a presentarle su problema al pastor Paris. Mercurio fue comisionado para llevar la manzana y acompañar a las diosas.

Tal como hacen hoy en la Tierra los negociantes, cada una de las diosas llamó aparte a Paris y le hizo ofertas, tratando hábilmente de sobronarlo.

Juno, la primera, le dijo que como ella era la mujer del todopoderoso Júpiter, era también reina de las diosas y podía ofrecerle a él toda clase de poderes y riquezas.

Minerva, la diosa de la sabiduría y de la guerra, por su parte, le ofreció gloria y renombre y buen éxito en la guerra, si él fallaba en su favor.

Venus, la diosa de la belleza y del amor, le dijo que su oferta consistía en ayudarle en sus empresas amorosas, y a conseguirle por esposa a la mujer más bella que él encontrara en su vida.

El joven humilde pastor no anhelaba riquezas que desconocía, ni le interesaba el poder que le ofrecía Juno, tampoco le hacía falta para nada la gloria, el renombre y los éxitos guerreros que le daría Minerva. Nada de esto necesitaba en su tranquila montaña de Ida, donde vivía sereno y sin ambiciones, cuidando de sus rebaños.

La promesa de Venus no le pareció mala. Esto era mucho mejor para un alma romántica, como la suya, y aunque de amor no sabía mucho todavía, tenía, sin embargo, el pálpito de que le iba a ser muy grato. Pensó también que cuando estuviera en posesión de lo que las otras dos diosas le ofrecían, querría utilizarlo indirectamente para lograr lo que Venus le ofrecía directamente. De eso no tenía la menor duda.

Y así fue como en su célebre juicio decidió en favor de Venus, ganándose con esto el odio inmortal de las dos diosas vencidas.

Y así terminó el primer concurso de belleza de que tenemos noticia, en el que se utilizaron tácticas muy parecidas a las que emplean hoy los mortales en varios países.

FIN