martes, 19 de julio de 2022
Las dos ranas
Sucedió que vivían en el Japón dos ranas. Una de ellas vivía en una zanja a un lado del camino y cerca de la ciudad de Osaka, la cual estaba en la costa del mar, mientras que la otra vivía en un pequeño arroyo que corría a través de la ciudad de Kioto.
Estas ranas vivían tan alejadas, que nunca habían oído hablar la una de la otra; pero un día, por extraño que parezca, se les metió en la cabeza la idea de que les gustaría ver un poco de mundo.
-Salta, salta; cuanto más saltares, llegarás a Kioto antes de que te pares, -cantó la rana, que vivía en la zanja de Osaka; mientras que precisamente al mismo tiempo estaba cantando la otra rana de Kioto:
-Salta, salta, cuanto más saltares, llegarás a Osaka antes de que te pares.
Y ese mismo día, ambas partieron -brinca, brinca lo más que brincares- por el camino que corría entre Kioto y Osaka. Una de las ranas partió de una ciudad y la otra de la otra ciudad.
Sabían muy poco acerca de viajes y el camino les pareció mucho más largo de lo que habían pensado; pero poco a poco avanzaron brincando constantemente al compás de su canto.
Hacia la mitad del camino, entre las dos ciudades, se alzaba una alta montaña por la que había que subir.
-Ranita, salta que salta, que así llegarás a la parte más alta, -cantaron ambas ranas.
Necesitaron muchos brincos para alcanzar la cima de la montaña; pero, finalmente, con un gran salto se encontraron en la cumbre. Cada una de ellas se sorprendió grandemente al ver ante si a otra rana.
-¡O-ha-yo (buenos días), honorable amiga! -dijo la rana procedente de Osaka. -¿A dónde vas brincando tan aprisa y de que ciudad vienes?
-¡O-ha-yo, honorable amiga! -contestó la otra; -yo soy de Kioto y vengo brincando con el objeto de visitar Osaka. ¿A dónde vas tú?
-¡Esto es muy raro! -dijo la primera rana. -Soy de Osaka, y estoy saltando ahora para ver a Kioto, por que creo que es tiempo de que conozca algo más de este maravilloso país.
-Sí, yo pienso lo mismo, y es por esto que he emprendido este viaje, -dijo la segunda rana-. Pero ahora que nos hemos encontrado, descansemos bajo este alto pino, porque estoy sin aliento de tanto subir.
-Sí, -convino la otra-, estoy muy cansada también. ¡Qué bello sería que pudiéramos ver desde la cima de esta montaña esas ciudades, y así no tendríamos que brincar hasta tan lejos!
-¡Lástima que no seamos grandes! -dijo la rana de Osaka-, entonces veríamos las dos ciudades desde aquí.
-¡Oh! podemos fácilmente hacernos más altas, -dijo la rana de Kioto-. Podemos levantarnos sobre nuestras patas traseras y recargarnos la una en la otra para guardar el equilibrio, mientras estiramos nuestras cabezas tan alto como nos sea posible. Entonces cada una de nosotras puede mirar para abajo y ver la ciudad hacia la cual se dirige.
-¡Vaya qué idea más excelente! -dijo la rana de Osaka, y levantándose inmediatamente sobre sus patas traseras puso las delanteras en los hombros de su amiga.
La rana de Kioto se paró igualmente, y helas ahí alargándose lo más que podían mientras se sostenían recíprocamente, de manera que no pudieran caerse.
La rana de Osaka volvió su nariz hacia Kioto, en tanto que la de Kioto lo hizo hacia Osaka; pero estas tontas olvidaron que sus grandes ojos saltones estaban en la parte posterior de sus cabezas, y aunque sus narices apuntaban hacia los lugares a donde querían dirigirse, sus ojos en realidad miraban para atrás, hacia los lugares de donde provenían.
¡Ay de mí; ay de mí! -gritó la rana de Osaka-: Kioto es exactamente igual a Osaka. Es indudable que no vale la pena brincar para allá. Regresaré a mi casa.
-¡Ay de mí; ay de mí! -gritó a su vez la rana de Kioto-, yo puedo decir lo mismo, porque si hubiera sabido que Osaka era justamente como Kioto, nunca hubiera dejado mi casa y saltado sobre todo este largo y aburrido camino.
Entonces cada una de las ranas apartó sus patas delanteras de los hombros de la otra.
¡Sa-yo-na-ra (Adios), honorable amiga! -dijo la rana de Osaka-, deseo que tenga usted un feliz viaje de regreso a casa.
¡Sa-yo-na-ra, honorable amiga! -contestó la rana de Kioto-, le deseo que llegue usted bien a su casa.
Y ambas a la vez bajaron la falda de la montaña a saltos y, salta que salta, salta que salta, regresaron nuevamente a sus propios hogares, y creyeron hasta el fin de sus días que Osaka y Kioto, que son realmente dos lugares completamente distintos entre s{i, se parecían tanto como dos guisantes de una misma vaina.
FIN
Tomado de: Duraznito, de Georgina Faulkner. Año 1956.
“El Yerno de la Pachamama” Adaptada por Cynthia Hoetzer
Había una vez un joven muy, muy pobre a quien le gustaba cazar vicuñas. Pasó todo un día caminando por el cerro y por la tarde se sentó para descansar un poco. Estaba por dormirse cuando de repente, se le apareció una chica muy linda. Era bellísima, pequeña, con ojos negros muy grandes y pestañas largas. La chica le hizo pensar en una vicuña. Llevaba un vestido nuevo y aretes de plata. Ella se acercó y le preguntó al joven:
–¿Qué estás haciendo acá?
– Estoy cazando vicuñas– le respondió a la chica.
– ¿Por qué quieres matar a las vicuñas? ¿Qué mal te han
hecho? – le dijo con voz triste.
– Soy pobre, por eso las mato. Vendo su cuero y su lana para poder comer- le explicó el joven.
Entonces la chica le dijo:
–Cásate conmigo y serás rico. No tendrás que matar
más vicuñas - Al chico le pareció una buena idea y aceptó.
–Tenemos que pedir permiso a mi madre primero. Ella está aquí cerca, entre los cerros. Ella es la Pachamama– dijo la chica.
Después de caminar un poco, encontraron una roca grande y allí apareció una mujer vieja, alta, y flaca. Era la Pachamama.
– Cásate con mi hija si quieres – le dijo al joven – pero te quiero decir dos cosas.
Primero, quiero que la trates bien y segundo, debes comprender que mi hija nunca come. Ahora puedes ir con ella y mañana se despertarán en una casa linda.
Al día siguiente la joven pareja se despertó en una casa hermosa en las montañas. Tenían muebles de madera, espejos dorados, almohadas blancas, y mantas de lana fina de muchos colores. Además tenían platos de oro, cucharas y cuchillos de plata, y un armario lleno de ropa nueva. Por primera vez en su vida el joven se vistió de traje blanco, botas de cuero negro, un sombrero bueno y un poncho de lana de vicuña.
Allá, en su tierra, tenían abundancia de maíz, habas, papas, ovejas, y una manada de llamas. ¡Qué feliz estaba el joven con su vida nueva!
Pasó el tiempo y la pareja tuvo un hijo y después una hija. Eran idénticos a su madre: hermosos, con ojos grandes y pestañas largas. El joven estaba contento, pero se preocupaba porque su mujer nunca comía. Tenían bastante comida pero ella nunca quería comerla.
Tampoco comían sus hijos. Esto lo preocupaba muchísimo así que un día decidió seguirla para ver dónde y cómo pasaba el día. Se escondió detrás de unas rocas grandes en el cerro. Pasó un rato y el joven vio a su mujer y sus hijos. Los siguió por el cerro, escondiéndose detrás de rocas y plantas cuando fue necesario.
Vio algo muy extraño. Su mujer y sus hijos se arrodillaron en el campo, inclinaron las cabezas, y apoyaron sus manos en la tierra. Después de un momento así, sus cuellos empezaron a crecer y los brazos y las manos se alargaron. Desapreció su pelo y su ropa y los tres se convirtieron en vicuñas. ¡Empezaron a comer el pasto! ¡Qué contentos estaban así!
El joven se puso de pie y gritó
–¡Me has engañado! ¡No eres una mujer, eres una vicuña!
Le tiró una piedra y las tres vicuñas salieron corriendo
mientras el hombre las perseguía gritando y quejándose
– ¡Vuelvan! ¡Vengan acá! – gritaba en voz alta.
Pero las tres vicuñas escaparon en la niebla del cerro. El hombre las siguió corriendo, gritando, resbalando, y cayendo en el camino. Por fin se cansó y se sentó abrigado en su poncho fino porque hacía mucho calor. Se durmió así y cuando se despertó, el poncho no estaba. Tampoco tenía sus botas. En cambio llevaba sus sandalias viejas. ¡Adiós a su traje blanco, sus botas negras, y su sombrero bueno! Se quedó como al principio, con su ropa pobre y en el mismo lugar donde vio a la hija de la Pachamama por primera vez.
Nunca pudo encontrarla otra vez, ni a sus hijos, ni la casa bonita. Cuando volvió a su pueblo y contó su historia a sus amigos, nadie lo creyó. Pensaban que lo había soñado todo.
Aunque el joven insistía que habían pasado tres o cuatro
años, le aseguraron sus amigos que había salido esa misma mañana a cazar vicuñas.
FIN
domingo, 17 de julio de 2022
Una Historia China
Hace muchos años vivía en China un joven llamado Mogo, que se ganaba la vida picando piedras en las calles, bajo el sol y la lluvia.
Resultaba muy duro su trabajo, pero Mogo era sano y fuerte: podría haber sido feliz. Sin embargo estaba muy disconforme con su suerte y no hacía más que quejarse de la mañana a la noche.
Su ángel guardián veía con pesar cómo su protegido despreciaba todo lo bueno que le había ofrendado el Señor y envidiaba a los que eran más que él: temía que el alma de Mogo se desfigurase y terminara por dañarse.
Por eso una noche que el picapedrero dormía el ángel extendió sus grandes alas blancas y se elevó hacia el Cielo. Se prosternó ante el Señor y le suplicó que concediera a Mogo la gracia de convertirse en un poderoso caballero, de manera que no tuviera que envidiar a nadie y salvar así su alma.
-Lo concedo –respondió el Señor-. Y de ahora Mogo tendrá todo lo que desee.
Al día siguiente Mogo estaba dedicado a su trabajo, cuando de pronto quedó envuelto en una nube de polvo levantada por un grupo de jinetes que escoltaban una litera en la que viajaba un noble, cuyo traje bordado en oro y piedras preciosas brillaba al sol.
Pasándose la
mano por el rostro sudoroso y sucio, Mogo dijo con amargura:
-¿Por qué no
seré noble yo también?
-¡Lo serás! –murmuró su ángel invisible con intima alegría.
Y Mogo fue dueño de un palacio suntuoso y de tierras interminables, y tuvo servidores y caballos.
Acostumbraba salir todos los días con su impresionante cortejo para ver cómo la gente, sobre todo sus antiguos compañeros se alineaba respetuosamente al borde de la calle.
Una tarde de verano recorría la campiña con su escolta. El calor era insoportable, y bajo su sombrilla dorada Mogo sudaba ni más ni menos que cuando picaba piedras. Entonces pensó que en realdad no era el más poderoso del mundo: sobre él había príncipes y emperadores, y aún más alto que éstos estaba el sol, que no obedecía a nadie y era el rey del firmamento.
-¡Ay, ángel mío!,
¿por qué no seré el sol? –lamentóse Mogo.
-¡Pues lo serás! –exclamó el ángel dulcemente, pero con gran tristeza ante tanta ambición.
Y Mogo fue el sol, como era su deseo.
Mientras brillaba en el cielo en todo su esplendor, orgulloso de poder madurar las cosechas y las frutas en la tierra o de quemarlas a su antojo, un punto negro avanzaba hacia él.
La mancha oscura crecía mientras avanzaba. Resultó ser una nube grande que extendía sus negros velos ante el disco luminoso del sol. El astro rey lanzaba sus rayos más potentes contra la nube que lo ofuscaba, tratando de incendiarla. Pero las tinieblas se hicieron más intensas y descendió la noche.
-¡Ángel! –Bramó
Mogo- ¡La nube es más fuerte! ¡Quiero ser nube!
-¡Lo serás! –respondió el ángel.
Mogo, siendo nube, se desencadenó.
-¡Soy
potente! –gritaba, oscureciendo el sol.
-¡Soy invencible! –tronaba, persiguiendo con ahínco las olas.
Pero en la costa desierta del océano se alzaba una roca inmensa de granito, anciana como el mundo.
A Mogo le pareció que la roca lo desafiaba y desencadenó una terrible tempestad. Las olas enormes y furiosas, golpeaban contra la roca como si hubieran querido arrancarla de la costa para sumergirla en el seno del mar.
Pero, firme e impasible allí estaba la roca.
-¡Ángel! –Sollozaba Mogo- ¡La roca es más fuerte que la nube! ¡Quiero ser roca!
Y Mogo fue roca.
-¡Quién podrá ganarme ahora? –decía.
Una mañana, Mogo sintió un dolor agudo en sus raíces de piedra, y en seguida un desgarrón como si una parte de su cuerpo de granito se desprendiese de él- Luego sintió golpes sordos, insistentes, y más desgarrones… Loco de espanto, gritó:
-¡Alguien me
está matando, ángel! ¡Yo quiero ser como él!
-¡Y lo serás! –exclamó el ángel llorando.
Y así fue
como Mogo volvió a ser picapedrero.
FIN
miércoles, 8 de junio de 2022
El zorro y el buitre
Antiguamente todos los animales hablaban, tenían sus primos, sus sobrinos, sus compadres.
Un día el zorro se encuentra con su sobrino el buitre y le dice:
-¿Qué haces sobrino?
-Aquí estoy -le contesta-; qué nublado está el día.
-¿Y cómo vos, sobrino, tienes la dicha de volar tan alto y conoces todos los lugares?
-Cosa fácil -se dice que le contesta el buitre-: consígase dos lapas (bases de calabaza, muy grandes, se usan como platos), dos piyolas (pitas, o cuerdas) y una guatopa (aguja de coser, muy grande)
El zorro ilusionado por conocer los lugares, lo saca de donde sea las cosas pedidas por su sobrino:
-Ya, aquí están las lapas y las piyolas, enséñame a volar.
Entonces el buitre le cosió las lapas muy fuerte a sus costillas del zorro; le dolían sus costillas y gritaba:
-¡Ay, ay, ayayau, sobrino, no me piques con esa guatopaza!
-Aguántate, tío, con esto va usted a volar.
-¿Ya? -así preguntaba el zorro.
-Espérese un momentito -le contesta el buitre-. Ya ahora si ya estamos listos para volar. Haga usted la prueba.
-No puedo -le contesta el zorro.
-Entonces le voy a cargar hasta que vea lugares, luego le suelto y usted vuela. Échate tío en mi espalda y yo vuelo -le dice el buitre.
Entonces el zorro se echó a su espalda y comenzó a volar.
-¿Ya viste lugares? -le pregunta.
-Todavía -contestó el zorro.
-¿Ya viste lugares o todavía?
-Ya, ahora ya. Suéltame sobrino.
Y lo soltó.
Entonces el zorro baja en tremenda velocidad y grita de miedo:
-¡Me mato, me mato, tiendan mantas, tiendan pellejos!
Y cuando se cayó al suelo la gente lo molió a palos, y decían:
-¡éste ha sido el maldecido que se ha comido nuestras ovejas y nuestras pobres gallinas!
FIN
Contado por José Rufino Rodríguez Silva, de La Collona.
Los siete consejos
Un joven viajó a la costa a trabajar y llegó donde un viejito. Ahí trabajó siete años y cuando se llegó el plazo para que se regresara, el patrón le dijo:
-Te doy ocho días para que tú escojas entre siete consejos o siete costales de plata.
Entonces el joven preguntaba a muchos de sus amigos cuál sería mejor, los siete consejos o los siete costales de plata. Todos le decían que la plata; pero el último día le dice un viejito:
-Los siete consejos te resulta más.
Y se fue, el día ocho le dice a su patrón:
-Quiero los siete consejos.
-Entonces ven acá -le contestó el patrón-. Escucha: no preguntes sin que esté en tu necesidad; no dejes lo viejo por lo nuevo; no firmes papel sin que lo leas; no tomes agua sin ver; la cólera de ahora guárdala para mañana; los secretos de tu pecho nunca cuentes a tu amigo. Siete consejos, siete virtudes ganarás.
Después de recibir estos consejos, el joven se despidió y, ande y ande, llegó a una casa donde lo estaban pegando a una señorita. Se acordó del primer consejo, no preguntó. Salió de ahí y habían dos caminos, uno nuevo y uno viejo: siguió por el viejo. Lo llevaron a un tribunal y quisieron que firme un papel, lo leyó y no firmó. Le invitaron a tomar agua y no tomó sin ver: era sangre. Entonces tuvo cólera, pero lo guardó para el día siguiente. Se encontraba con sus amigos y le preguntaban qué es lo que había ganado y él les decía:
-De siete consejos, siete virtudes.
Cuando estaba caminando por un camino bonito se encontró con una señorita, la cual le dijo:
-Amor de mis amores, vida de mi vida, tú me salvaste con los siete consejos: estaban pegándome y tú no preguntaste por qué; caminaste por el camino que era viejo y fue mi encanto; no firmaste el papel porque era la sentencia de mi muerte; no tomaste lo que te dieron, porque fue mi sangre; tuviste cólera y lo guardaste para el día siguiente; te preguntaron secretos y no contaste. Siete consejos, siete virtudes ganaste; treinta costales de plata te lo darán al llegar a tu casa, sube a mi carro y vamos juntos.
Caminaron un trecho y mandaron avisar que los esperaran y, cuando llegaron, celebraron una gran fiesta por su regreso, que con siete consejos sacó treinta sacos de plata, hubo casamiento y vivieron muy felices.
FIN
Recogido por José Cotrina Honorio, de San Marcos.
El viajero negociante
Dicen que en aquellos tiempos había un viajero que andaba negociando y era de buen corazón.
Dicen que una vez, al hacerse tarde en el camino, tuvo que quedarse en la noche en una cueva que había junto al camino. Estaba durmiendo y resulta que, a eso de la medianoche, llegaron una tanda de gente y él creyó que eran matones o los diablos, porque llegaron con un muerto y ahí descansaron un rato y se fueron; pero al momento de salir, uno de ellos se topó en un chucho que tenía la cueva y se fue quejándose de dolor.
El negociante, que no se había movido nada para que no lo sintieran los bandidos, amaneció lleno de susto y se fue a jalar sus animales de carga para seguir su viaje. Al salir de la cueva se topó con el chucho, entonces, acordándose de lo que le sucedió al otro individuo, agarró una piedra y se puso a quebrar ese chucho y, cuando logró romperlo, comenzó a vaciarse el dinero que había en la cueva. Dejando toda clase de negocios que llevaba, regresó a su casa con sus animales de carga llenos de dinero y desde ese momento vivió feliz con su familia.
Contado por María Figueroa, de la Congona.
sábado, 21 de mayo de 2022
EL ÁRBOL SECO QUE VOLVIÓ A DAR FLOR
En la lejana Corea reinaba hace muchísimos años, según cuentan las leyendas, un alegre emperador que gustaba de ofrecer fastuosas fiestas en su palacio. Cualquier acontecimiento se celebraba ruidosamente, con gran derroche de luces, licores y música. Pero en medio de todo aquel lujo inútil, alguien sufría pensando en el pueblo que sólo conocía el hambre y la pobreza: era Sun-Hyen, hombre de confianza del monarca y de corazón tan grande como su propia fortuna. El pueblo conocía sus virtudes y le quería.
Un día, vio en un miserable callejón a tres personas que habían muerto de hambre. Sun-Hyen decidió hablar con el emperador. Este no era malo, sólo ligero de espíritu, y Sun-Hyen pensó que escucharía su consejo. Así fue. Emocionado por el relato, dio orden inmediatamente de terminar con las fiestas, para destinar ese dinero al socorro de su pueblo.
Pero Sun Hyen tenía enemigos en el palacio que lo envidiaban. Y hubo uno, el primer ministro, que aprovechó aquella ocasión para librarse de él. Para ello, hizo correr una carta con la firma de Sun-Hyen, en que se hablaba muy mal del emperador. La carta cayó en manos del jefe supremo de la guardia del monarca, y Sun-Hyen fue condenado al destierro. Su fiel esposa le acompañó. Juntos siguieron viviendo en la isla que ahora les servía de morada, y casi eran allí más felices que en la agitada vida del palacio. Pero una triste noticia ensombreció un día el alma de Sun-Hyen: el emperador había muerto, y el primer ministro se había adueñado del poder, haciéndose cargo del pequeño príncipe Ki-Si.
Poco tiempo después, la esposa de Sun-Hyen tuvo una niña y murió, Sun-Hyen volcó todo su cariño en la pequeña, que el cabo de los años se transformó en una hermosa jovencita, de tez transparente y dulces ojos almendrados. La bonita Tcheng-Y quería mucho a su padre, y era su única alegría, además de su sostén. Porque el bueno de Sun-Hyen había llorado tanto al morir su esposa adorada que sus ojos quedaron para siempre sin luz.
Un día en que Tcheng-Y demoró más que de costumbre en volver a su casa, su padre salió en su busca. Como sus ojos no veían, extravió el camino, y hubiera estado a punto de morir ahogado en un lago, de no haber aparecido providencialmente un joven que lo detuvo. Era discípulo de un penitente que vivía en aquellas soledades, y observando a Sun-Hyen le dijo que advertía en su rostro las señales que indicaban un gran porvenir. Si le daba trescientas bolsas de trigo, él rezaría para que ese destino se cumpliera y además, sus ojos volverían a ver. Sun-Hyen firmó un contrato por la entrega del trigo. Ya se arreglaría para conseguirlo.
Pero no le fue fácil, y en la imposibilidad de cumplir lo que había prometido, Sun-Hyen se fue consumiendo de tristeza. Su hija lo advirtió y tanto preguntó que al fin lo supo todo. Tcheng-Y oró fervorosamente, se quedó dormida, y en sueños alguien le dijo que debía aceptar la oferta que le harían al cabo de unos días. No tardó en presentarse la ocasión. Caminaba Tcheng-Y por el pueblo una tarde, cuando un comerciante cuyo barco debía partir al día siguiente, le hizo una oferta, común en aquellos tiempos y en aquellos mares.
Los mercaderes solían comprar en los puertos alguna muchacha joven, porque, en caso de tormenta, la sacrificaban arrojándola al mar para aplacar su furia. Tcheng-Y aceptó ir en su nave a cambio de trescientas bolsas de trigo, que entregó al joven discípulo.
Pero no atreviéndose a decirle la verdad a su padre, sólo le habló de una breve separación y de su pronto regreso. Dejó a Sun-Hyan a cargo de unos buenos vecinos, y partió confiada en su sueño.
El barco en que viajaba Tcheng-Y fue sorprendido por una espantosa tormenta, y no tardaron los tripulantes en recurrir a ella para aplacarla. La joven se engalanó y con una sonrisa, se arrojó al mar. Cuando creyó que se hundiría para siempre, sintió que pisaba suelo firme: había caído sobre una enorme tortuga que nadaba en medio del temporal. La tortuga sorteó hábilmente los peligros del mar embravecido, y llegó a las costas de una isla. Allí, siguiendo una corriente de agua, se introdujo en una oscura caverna, hasta que dejó a Tcheng-Y en lugar seguro.
Techeng-Y temblaba de frío y de miedo en aquella oscuridad.
Pero un rayo de sol pasó a través de una grieta del techo, y la joven vio dos pequeñas vasijas de cristal que contenían un líquido. Tenía sed y bebió. Inmediatamente se sintió llena de nuevas fuerzas y de una extraña felicidad. Trató de llegar, trepando por las piedras, hasta el rayo de luz, y vio que la salida era el hueco de un árbol que crecía en un maravilloso jardín. Por aquel jardín, rodeado de murallas más altas que las de cualquier prisión, vagaba melancólico el príncipe Ki-Si. Allí lo había encerrado el perverso primer ministro.
Ki-Si sentía que se moría de tristeza. Pero en ese momento, una mariposa muy bella atrajo su atención, y corriendo tras ella, la vio posarse en el viejo tronco hendido, donde, con gran sorpresa, se encontró frente a la bonita Techeng-Y. Los jóvenes sonrieron y se tendieron las manos para sellar su amistad. Pronto conocieron mutuamente su historia, tan triste la del uno como la del otro. Pero una nueva confianza nacía en sus corazones, ahora que estaban juntos. Se amaron desde el primer momento, y decidieron casarse cumpliendo la ceremonia ritual: bebieron vino en el mismo vaso y pronunciaron fervorosamente sus oraciones.
Pero una noche, Ki-Si tuvo un sueño extraño y creyó presentir que el primer ministro quería matarlo. Confió su temor a Tcheng-Y, y decidieron huir. Pero para confundir al perverso ministro, que ignoraba la presencia de la joven, prendieron fuego a la casita donde vivían prisioneros y huyeron hacia el mar a través de la caverna. Cuando los soldados de la custodia apagaron el incendio, comunicaron al ministro que el príncipe había muerto.
Ki-Si y Tcheng-Y volvieron a su patria en una barca que milagrosamente los esperaba en la boca de la gruta. Cuando Ki-Si se dio a conocer su pueblo lo aclamó con entusiasmo, y pronto volvió a ocupar su trono, en tanto que el odiado ministro caía prisionero.
Pero Techeng-Y lloraba pensando en su padre. Y Ki-Si, que la adoraba, ideó la manera de encontrarlo. Hizo saber que un día determinado de ese mes, el rey invitaba a un banquete a todos los ciegos del país. Innumerables fueron los invitados que se presentaron. Pero uno de ellos tenía un aspecto tan miserable, que la dama de honor que los hacía pasar, se apartó de él con repugnancia.
-Os causo repulsión –dijo el ciego, que lo advirtió-. Yo era un árbol frondoso que dio una sola flor, hermosísima. Pero el vendaval arrancó mi flor, y aquí me veis, seco, arrugado y despreciable.
La dama comprendió y dio aviso a la reina.
Tcheng-Y corrió a abrazarlo, y Sun Hyen lloró tanto de felicidad, que sus ojos volvieron otra vez a la luz: ya tenía su flor.
FIN


