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lunes, 20 de junio de 2016

Niña Bonita


Había una vez una niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.

Su cabello era rizado y negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega con la lluvia. 

A su mamá le encantaba peinarla y a veces le hacía unas trencitas todas adornadas con cintas de colores. Y la niña bonita terminaba pareciendo una princesa de las tierras de África o un hada de los reinos de la luna.

Al lado de la casa de la niña bonita vivía un conejo blanco, de orejas color de rosa, ojos muy rojos y hocico tembloroso. El conejo pensaba que la niña bonita era la persona más linda que había visto en toda su vida. Y decía:

-Cuando yo me case, quiero tener una hija negrita y bonita, tan linda como ella...

Por eso un día fue adonde la niña y le preguntó:

-Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?

La niña no sabía, pero inventó.

-Ah, debe ser que de chiquita me cayó encima un frasco de tinta negra.

El conejo fue a buscar un frasco de tinta negra. Se lo echó encima y se puso negro y muy contento. Pero cayó un aguacero que le lavó toda la negrura y el conejo quedó blanco otra vez. Entonces, regresó adonde la niña y le preguntó:

-Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?

La niña no sabía, pero inventó.

-Ah, debe ser que de chiquita tomé mucho café negro. El conejo fue a su casa. Tomó tanto café que perdió el sueño y pasó toda la noche haciendo pipí. Pero no se puso negro.

Regresó entonces adonde la niña y le preguntó otra vez:

-Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?

La niña no sabía pero inventó.

-Ah, debe ser que de chiquita comí mucha uva negra.

El conejo fue a buscar una cesta de uvas negras y comió y comió hasta quedar atiborrado de uvas, tanto que casi no podía moverse.

Le dolía la barriga y pasó toda la noche haciendo pupú. Pero no se puso nada negro.

Cuando mejoró, regresó adonde la niña y le preguntó una vez más: 

-Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?

La niña no sabía y ya iba a ponerse a inventar algo de unos frijoles negros cuando su mamá, que era una mujer linda y risueña, dijo:

-Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía.

Ahí el conejo, que era bonito pero no tanto, se dio cuenta de que la madre debía estar diciendo la verdad, porque la gente se parece siempre a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos y hasta los parientes lejanos. Y si el quería tener una hija negrita y linda como la niña bonita, tenía que buscar una coneja negra para casars. No tuvo que buscar mucho. Muy pronto encontró una coneja oscura como la noche que hallaba a ese conejo blanco muy simpático. Se enamoraron, se casaron y tuvieron un montón de hijos, porque cuando los conejos se ponen a tener hijos, no paran más. Tuvieron conejitos para todos los gustos: blancos, bien blancos, blancos medio grises, blancos manchados de negro, negros manchados de blanco, y hasta una conejita negra, bien negrita. Y la niña bonita fue la madrina de la conejita negra.

Cuando la conejita salía a pasear siempre había alguien que le preguntaba:

-Coneja negrita, ¿cuál es tu secreto para ser tan bonita?

Y ella respondió:

-Ningún secreto. Encantos de mi madre, que ahora son míos.


Niña bonita, de: Ana María Machado.

Tomado de: "Buenas palabras, malas palabras." Ana maría Machado. Editorial Sudamericana. Año 1988. Páginas 66, 67 y 68.

Los mejores amigos del mundo







En la ciudad de Esmirna, cerca del mar Egeo, vivían dos comerciantes muy amigos: Faruk y Amet.

Un día Amet vendió sus bienes para ir a La Meca pues como buen musulmán, no quería morir sin haber rezado ante la Caaba, famoso santuario árabe. Fue a despedirse de su amigo Faruk y le dijo:

-Vengo a despedirme querido amigo, y a pedirte un favor.
-Tu dirás Amet.
-Quiero que me guardes lo único que me he reservado.
-¿Qué es lo que te haz reservado querido Amet?
-Cien libras de acero
-Descuida Amet; las guardaré como si fueran mías.

Al día siguiente, trajeron el acero de Amet, y mientras este creyente partía para La Meca, Faruk hizo guardar las cien libras de acero en su sótano.

Pasó un tiempo y Amet estuvo de regreso. De inmediato fue a visitar a su amigo Faruk para que le devolviese el acero.

-¿No sabes la tremenda desgracia mi querido Amet? -díjole Faruk-. Una mañana fui a ver tu acero en el sótano y encontré sólo restos. ¿Qué había ocurrido? Que unas hormigas gigantes se comieron tu acero. Si lo dudas, podemos ir al sótano.

Amet como es obvio, no creyó semejante disparate, pero, disimulando su pensamiento le contestó:

-Creo lo que me afirmas Faruk, pues ya se que a las hormigas gigantes les gusta mucho el acero y que se lo comen como si fuera chocolate. Olvídate del asunto mi caro amigo.

Faruk se alegró al ver como su amigo se creyó la mentira. Amet se fue, pero al salir de la casa observó que el hijo de Faruk estaba jugando en medio de la calle. Lo llamó y díjole:

-¿Quieres venir conmigo? Te voy a obsequiar en mi casa unos lindos juguetes.

El chico lo siguió sin que nadie lo viera y al día siguiente vino Faruk hecho un mar de lágrimas a refugiarse en los brazos de su amigo Amet en pos de consuelo.

-¿Pero qué te ocurre querido amigo? -le preguntó Amet, mostrándose sereno.
-Ha desaparecido mi hijo y nadie me da razón de él.
-Temo darte una mala noticia -díjole Amet- Ayer precisamente cuando salía de tu casa vi un gavilán que se llevaba a un niño. ¿No será el tuyo?
-¿Cómo se te ocurre Amet? Te burlas de mi congoja. Un gavilán que pesa media libra, ¿podrá llevarse por los aires a un niño que pesa por lo menos cuarenta?
-No se por qué no puede llevarse -le dijo Amet- un gavilán a un niño por los aires, en una ciudad donde las hormigas se comen cien libras de acero como si fueran chocolate.

Faruk comprendió que Amet jamás creyó el cuento del acero y las hormigas, y le dijo para enternecerlo:

-Amigo mío, yo siempre te quise.
-Yo también a ti Faruk.
-Quiero confesarte que en verdad las hormigas no devoraron tu acero.
-Tampoco el gavilán se llevó a tu hijo -repuso Amet.
-Yo, en verdad, vendí tu acero.
-Y yo, en verdad, robé a tu hijo.
-¡Devuélveme pronto a mi hijo!
-¡Dame mi acero!
-Así lo haré Amet, si me perdonas.
-Faruk, si me perdonas también tú, tendrás ahora mismo a tu hijo.

Faruk devolvió el acero sustraído y Amet entregó al hijo secuestrado. Y los dos hombres se abrazaron y volvieron a ser los mejores amigos del mundo.

Tomado de: Cuentos Escogidos, volumen VI. Ediciones Coquito, páginas: 47 a la 50.

Saludos amigos.

lunes, 13 de junio de 2016

Porque el gallo canta tres veces






En tiempos muy antiguos, el Gallo tenía la cola más bonita del mundo: azul, con adornos de colores, tornasolados reflejos y caprichosos dibujos, mientras que el Pavo Real iba con el trasero al aire. Las cuatro plumitas que llevaba atrás no eran dignas del nombre de "cola".

El Pavo Real le tenía envidia al Gallo. Un día, fue a verle y le rogó:

-Gallo, ¡eh Gallo! préstame tu cola, pues tengo que ir a una boda y quisiera engalanarme.
-¡Que ocurrencia! -contestó el Gallo- ¡Las colas no se prestan nunca!
-Pero si yo te la devolveré... -afirmó el Pavo Real.
-¿Y cuándo me la devolverás?
-Depende de como sea la boda: puede que vuelva al anochecer, o a media noche. O a lo mejor, ¡estamos divirtiéndonos hasta la madrugada!
-Bueno, pero no mas tarde -dijo el Gallo-. Por que si no, por la mañana las gallinas se reirán de mi.

El Pavo Real le prometió que se la devolvería sin falta. El Gallo le entregó su cola. El Pavo Real se engalanó con ella y desapareció.

Estuvo el Gallo esperando y esperando a que el Pavo Real volviera de la boda. Llegó el anochecer, el sol se había ya ocultado, y el Pavo Real seguía sin venir.

Saltó el Gallo a lo alto de la cerca y empezó a llamar a gritos al Pavo Real. Pero este no venía. Medio dormido, el Gallo no paraba de pensar en su cola. Cuando quiso darse cuenta, era ya media noche, todo estaba en tinieblas, no se veía ni gota. Entonces sobresaltado, empezó a lanzar ki-ki-ri-kis. Estuvo largo rato grita que te grita, pero el Pavo Real no apareció.

Volvió a quedarse adormilado el Gallo, pero el recuerdo de la cola no le dejaba dormir a gusto. Soñaba que el Pavo Real volvía de la boda y que unos bandoleros salían al camino, le atacaban y le quitaban la cola del gallo.

Al amanecer, el Gallo se levantó de un salto. ¿Habría venido el Pavo Real? ¡No, no había venido! Y de nuevo empezó a llamar a gritos:

-¡ki-ki-ri-ki ¡Pavito bonito! ¡Ven aquí!

¡Que había de venir! Durante la noche, había llegado hasta la misma India y se había instalado allí. Y ahora, ¡Hazlo regresar de tan lejos!

Muchos años han pasado, muchas cosas han sucedido, al Gallo le ha crecido ya una nueva cola, pero por más esfuerzos que hace, no puede calmar su dolor.

Por eso, desde entonces, todas las noches canta tres veces, pensando: "¿Quién sabe? Puede que, a lo mejor, me devuelve el Pavo Real mi antigua cola..."


FIN

Tomado de: Las canciones del lobo de Boris Zakoder. Editorial Progreso, año 1973.