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viernes, 11 de abril de 2014

Tigre






Una hormiga se subió a un tigre. Caminó, pero se perdió en una raya. Otra hormiga también trepó e igualmente se perdió en una raya del tigre. Muchas hormigas terparon para buscar a las dos compañeras, pero también se perdieron en las rayas.

Entonces, todas las hormigas decidieron picar al felino. Este se rascó con tal furia que las hormigas cayeron quedando liberadas, pero también cayeron las rayas.

(FIN)


Este relato lo escuché oralmente en una charla sobre textos imprescindibles para niños y jóvenes. El relato es de autoría de un niño de diez años. Desconozco el nombre del escritor.




miércoles, 9 de abril de 2014

Donde el zahorí lector oirá hablar de cierta celebérrima moneda




 
La imagen es del BLOG: amigosdevilla.it



Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la Guardia de Asalto para fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo setiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.


Hacia las siete de ese friolento crepúsculo, el traje negro se detuvo, consultó el Longines y enfiló hacia un caserón de tres pisos. Mientras el pie izquierdo se demoraba en el aire y el derecho oprimía el segundo de los tres escalones que unen la plaza al sardinel, una moneda de bronce se deslizó del bolsillo izquierdo del pantalón, rodó tintineando y se detuvo en la primera grada. Don Herón de los Ríos, el Alcalde, que hacía rato esperaba lanzar respetuosamente un sombrerazo, gritó: “¡Don Paco, se le ha caído un sol!”


El traje negro no se volvió.


El Alcalde de Yanahuanca, los comerciantes y la chiquillería se aproximaron. Encendida por los finales oros del crepúsculo, la moneda ardía. El Alcalde, oscurecido por una severidad que no pertenecía al anochecer, clavó los ojos en la moneda y levantó el índice: “¡Que nadie la toque!” La noticia se propaló vertiginosamente. Todas las casas de la provincia de Yanahuanca se escalofriaron con la nueva de que el doctor don Francisco Montenegro, Juez de Primera Instancia, había extraviado un sol.


Los amantes del bochinche, los enamorados y los borrachos se desprendieron de las primeras oscuridades para admirarla. “¡Es el sol del doctor!”, susurraban exaltados. Al día siguiente, temprano, los comerciantes de la plaza la desgastaron con temerosas miradas. “¡Es el sol del doctor!”, se conmovían. Gravemente instruidos por el Director de la Escuela -“No vaya a ser que una imprudencia conduzca a vuestros padres a la cárcel”-, los escolares la admiraron al mediodía: la moneda tomaba sol sobre las mismas desteñidas hojas de eucalipto. Hacia las cuatro, un rapaz de ocho años se atrevió a arañarla con un palito: en esa frontera se detuvo el coraje de la provincia.


Nadie volvió a tocarla durante los doce meses siguientes. Sosegada la agitación de las primeras semanas, la provincia se acostumbró a convivir con la moneda. Los comerciantes de la plaza, responsables de primera línea, vigilaban con tentaculares miradas a los curiosos. Precaución inútil: el último lameculos de la provincia sabía que apoderarse de esa moneda, teóricamente equivalente a cinco galletas de soda o a un puñado de duraznos, significaría algo peor que un carcelazo. La moneda llegó a ser una atracción. El pueblo se acostumbró a salir de paseo para mirarla. Los enamorados se citaban alrededor de sus fulguraciones.


El único que no se enteró que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda destinada a probar la honradez de la altiva provincia fue el doctor Montenegro.


Todos los crepúsculos cumplía veinte vueltas exactas. Todas las tardes repetía los doscientos cincuenta y seis pasos que constituyen la vuelta del polvoriento cuadrado. A las cuatro, la plaza hierve; a las cinco todavía es un lugar público, pero a las seis es un desierto. Ninguna ley prohíbe pasearse a esa hora, pero sea porque el cansancio acomete a los paseantes, sea porque sus estómagos reclaman la cena, a las seis la plaza se deshabita. El medio cuerpo de un hombre achaparrado, tripudo, de pequeños ojos extraviados en un rostro cetrino, emerge a las cinco al balcón de un caserón de tres pisos de ventanas siempre veladas por una espesa neblina de visillos. Durante sesenta minutos, ese caballero casi desprovisto de labios contempla, absolutamente inmóvil, el desastre del sol. ¿Qué comarcas recorre su imaginación? ¿Enumera sus propiedades? ¿Recuenta sus rebaños? ¿Prepara pesadas condenas? ¿Visita a sus enemigos? ¡Quién sabe! Cincuenta y nueve minutos después de iniciada su entrevista solar, el Magistrado autoriza a su ojo derecho a consultar el Longines, baja la escalera, cruza el portón azul y gravemente enfila hacia la plaza. Ya está deshabitada. Hasta los perros saben que de seis a siete no se ladra allí.


Noventa y siete días después del anochecer en que rodó la moneda del doctor, la cantina de don Glicerio Cisneros vomitó un racimo de borrachos. Mal aconsejado por un aguardiente de culebra, Encarnación López se había propuesto apoderarse de aquel mitológico sol. Se tambalearon hacia la plaza. Eran las diez de la noche. Mascullando obscenidades, Encarnación iluminó el sol con su linterna de pilas. Los ebrios seguían sus movimientos imantados. Encarnación recogió la moneda, la calentó en la palma de la mano, se la metió en el bolsillo y se difuminó bajo la luna.


Pasada la resaca, por los labios de yeso de su mujer, Encarnación conoció al día siguiente el bárbaro tamaño de su coraje. Entre puertas que se cerraban presurosas se trastabilló hacia la plaza, lívido como la cera de cincuenta centavos que su mujer encendía ante el Señor de los Milagros. Sólo cuando descubrió que él mismo, sonámbulo, había depositado la moneda en el primer escalón, recuperó el color.


El invierno, las pesadas lluvias, la primavera, el desgarrado otoño y de nuevo la estación de las heladas circunvolaron la moneda. Y se dio el caso de que una provincia cuya desaforada profesión era el abigeato, se laqueó de una imprevista honradez. Todos sabían que en la plaza de Yanahuanca existía una moneda idéntica a cualquier otra circulante, un sol que en el anverso mostraba al árbol de la quina, la llama y el cuerno de la abundancia del escudo de la República, y en el reverso exhibía la caución moral del Banco Central de Reserva del Perú. Pero nadie se atrevía a tocarla. El repentino florecimiento de las buenas costumbres inflamó el orgullo de los viejos. Todas las tardes auscultaban a los niños que volvían de la escuela. “¿Y la moneda del doctor?” “¡Sigue en su sitio!” “Nadie la ha tocado.” “Tres arrieros de Pillao la estuvieron admirando.” Los ancianos levantaban el índice, con una mezcla de severidad y orgullo: “¡Así debe ser; la gente honrada no necesita candados!”


A pie o a caballo, la celebridad de la moneda recorrió caseríos desparramados en diez leguas. Temerosos de que una imprudencia provocara en los pueblos pestes peores que el mal de ojo, los teniente-gobernadores advirtieron, de casa en casa, que en la plaza de Armas de Yanahuanca envejecía una moneda intocable. ¡No fuera que algún comemierda bajara a la provincia a comprar fósforos y “descubriera” el sol! La fiesta de Santa Rosa, el aniversario de la Batalla de Ayacucho, el Día de los Difuntos, la Santa Navidad, la Misa del Gallo, el Día de los Inocentes, el Año Nuevo, la Pascua de Reyes, los Carnavales, el Miércoles de Ceniza, la Semana Santa, y, de nuevo, el aniversario de la Independencia Nacional sobrevolaron la moneda. Nadie la tocó. No bien llegaban los forasteros, la chiquillería los enloquecía: “¡Cuidado, señores, con la moneda del doctor!” Los fuereños sonreían burlones, pero la borrascosa cara de los comerciantes los enfriaba. Pero un agente viajero, engreído con la representación de una casa mayorista de Huancayo (dicho sea de paso: jamás volvió a recibir una orden de compra en Yanahuanca), preguntó con una sonrisita: “¿Cómo sigue de salud la moneda?” Consagración Mejorada le contestó: “Si usted no vive aquí, mejor que no abra la boca”. “Yo vivo en cualquier parte”, contestó el bellaco, avanzando. Consagración –que en el nombre llevaba el destino– le trancó la calle con sus dos metros: “Atrévase a tocarla”, tronó. El de la sonrisita se congeló. Consagración, que en el fondo era un cordero, se retiró confuso. En la esquina lo felicitó el Alcalde: “¡Así hay que ser: derecho!” Esa misma noche, en todos los fogones, se supo que Consagración, cuya única hazaña conocida era beberse sin parar una botella de aguardiente, había salvado al pueblo. En esa esquina lo parió la suerte. Porque no bien amaneció, los comerciantes de la plaza de Armas, orgullosos de que un yanahuanquino le hubiera parado el macho a un badulaque huancaíno, lo contrataron para descargar, por cien soles mensuales, las mercaderías.


La víspera de la fiesta de Santa Rosa, patrona de la Policía, descubridora de misterios, casi a la misma hora en que, un año antes, la extraviara, los ojos de ratón del doctor Montenegro sorprendieron una moneda. El traje negro se detuvo delante del celebérrimo escalón. Un murmullo escalofrió la plaza. El traje negro recogió el sol y se alejó. Contento de su buena suerte, esa noche reveló en el club: “¡Señores, me he encontrado un sol en la plaza!”


La provincia suspiró.
(FIN) 

Nota: este es el relato inicial de la novela de Manuel Scorza: Redoble por Rancas

martes, 8 de abril de 2014

Redoble por Rancas

 
Hola Amigos...pues aquí nuevamente. Uno de los libros, de cuya lectura, guardo muy grato recuerdo es: Redoble Por Rancas, escrito por Manuel Scorza, novelista peruano, de la llamada generación del 60. El escribió una serie novelística conocida como La Guerra Silenciosa, compuesta de cinco volúmenes o Cantares, tal como le llama el autor.
 



(Redoble Por Rancas, Plaza&Janés. Edición 1983, impreso en España)
 

Redoble por Rancas, es el primer cantar y la trama, transcurre en el departamento de Cerro de Pasco, localidad de Yanahuanca, ahora: Región Pasco.

Desde las primeras lineas, uno queda "enganchado" a la novela. Es de antología el relato primero, titulado: Donde el Zahorí Lector, Oirá Hablar de Cierta Celebérrima Moneda. Leí el texto del cuento en la escuela. Tiempo después, accedí al libro.

Al terminar la lectura del libro, decidí viajar a Cerro de Pasco...quería conocer los lugares que se describen en la novela...y para allá me fui.
Nunca antes había estado en Pasco. Lugar de mucho frio, ya que es una ciudad que está en el orden de los cuatro mil metros de altura. Ya en Cerro de Pasco, la ciudad capital de la región, conocí el Bosque de Piedras de Huayllay, lugar donde abundan formaciónes petreas, de caprichosas siluetas: figuras de animales, construcciones ciclópeas y también siluetas de personas.

La tarde del segundo día juntamente con un amigo, decidí pasar a Yanahuanca, zona de quebrada donde hace mucho calor. Es un valle estrecho a orillas del rio Huallaga, que en la novela recibe el nombre de Chaupihuarango. Llegamos como a las cuatro de la tarde de un Sábado Santo. Nos instalamos en un hotel, donde para ir al segundo piso  uno tenía que salir del edificio y subir por una escalera que estaba fuera del local. Recordé el célebre Hotel El Mundial, construido por el albañil olvidadizo, el cual terminada su obra, se dio cuenta que faltaba la escalera que conectara al segundo piso, y quedó como única solución, construirla como agregado, pero fuera del hotel... Justamente el Hotel El Mundial y el albañil son relatados en la novela Redoble por Rancas.
 
 
 

A eso de las seis con el pueblo en silencio, vi aparecer a un señor que llevaba una matraca de madera. Podría hasta decir que era una campana de palo. Es que en Semana Santa se está de duelo hasta antes de la Pascua de Resurección. Este señor corría por la plaza y por las calles aledañas. LLamaba con su tocar a que las personas salieran de sus casas. Finalmente terminó frente al local de la iglesia, se arrodilló en las gradas y tocó la campana de palo una vez mas. En eso, se abrieron las puertas del templo...era el llamado para la misa de Vigilia Pascual. Que hermosa experiencia tuve ese día.
 
A la mañana siguiente, decidí ir con mi amigo hacía Tambochaca, zona donde hay unos baños termales. Para llegar hasta allá, pasamos por Huarautambo. Esta justamente es otra localidad muy nombrada en la novela. Estaba cumplíéndose el propósito de mi visita. Recorría Yanahuanca de la mano de Scorza.

Nos retrasamos y cuando volvimos al hotel, el bus ya había partido para Cerro. Quedaba como único medio de transporte de ese Domingo de Pascua, viajar en un camioncito. Si mal no recuerdo, era uno modelo D300. Contratamos nuestro cupo y subimos. Me deleitaba viajando entre tumbos observando el verdor del valle. Pasamos por Chinche y Chipipata, localidades que también aparecen en la novela.

El camioncito comenzaba a subir la cuesta. Estábamos en una zona de calor y había que trepar hasta la cordillera, para llegar a Cerro. Por ser domingo, el camión, se constituyó en único medio de transporte que transitaba por esos rumbos. A cada avance se iba incrementando el número de pasajeros que con sus bultos, ya superaban la capacidad del D300. La gente seguía subiendo. Había quienes se ubicaron sobre el techo de la cabina, ya que la tolva estaba repleta. No obstante, los pasajeros seguían trepándose. Vi gente que se sentaba en la misma baranda del camión, con una pierna dentro de la tolva y la otra al aire...jamás viajé en movilidad tan llena.
 
 
 
 
Llegamos a la puna. Una pampa inmensa se extendía al frente del camioncito. De pronto se desató una tormenta. Vi a lo lejos como las ovejas que estaban pastando desperdigadas se apelotonaron y se movían como un gigantesco ovillo. Comenzó a caer nieve. La pampa, se puso blanca como el algodón. El D300, hacía mas lento su avanzar. Rayos surcaban el cielo y el retumbar de los truenos me hacían ya dudar de la bondad de mi viaje scorziano. Cesó la tormenta, quedó blanca la pampa, llena de nieve. Vi unas llamas que empezaron a saltar a medida que pasaba el camión. Era como que bailaban. Gracias Scorza, no he vuelto a ver, danza más magistral.

Voy llegando al final de este post, que mas que glosar la novela, resultó el contar mi experiencia en Cerro. Fin amigos. Gracias por llegar hasta aquí. Les debo el cuento de la celebérrima moneda.

Saludos

domingo, 6 de abril de 2014

Equilibrista






Eran ya las siete de la noche y me dirigía a casa. Cruzo la avenida Guzmán Blanco y avanzo como al toreo. Los vehículos nunca ceden el paso. Los choferes que los conducen siempre consideran que ellos son primero. Cruzo, y avanzo a la primera cuadra de la Brasil. Una chica vestida con sombrero de copa aprovecha el rojo del semáforo y tensa una soga entre dos postes. Hace una señal a los autos que están detenidos y sube. Está a poco más de un metro de altura. Es equilibrista. Da un paso sobre la cuerda, se detiene y lanza al aire unas botellas que lleva bajo el brazo. Faltan todavía unos 15 segundos. Desciende. Saluda a su púbico y sombrero en mano, solicita la solidaridad de sus espectadores. El semáforo cambia a verde, los autos avanzan.

Ella ha calculado que solo necesita de 50 segundos para hacer su espectáculo. Vez tras vez y noche tras noche Micaela muestra su equilibrio sobre una soga tensada en una calle de esta coronada villa, conocida como Lima.








Nota: El dibujo de la chica equlibrista en azul es del BLOG: http://lauraruggeri-illustrations.blogspot.com

jueves, 3 de abril de 2014

Luces en el canal


"En la vida las cosas pasaban y había que aceptarlas. Aunque parecieran increíbles."
(Jaap Dussel)


Hola amigos lectores de Narracentro, hoy comparto con ustedes mi hallazgo de una hermosa historia. Aquí les dejo mi "experiencia" lectoril.

"Luces en el canal" de David Fernández Sifres, es un relato que una vez empezado a leer, pues no se para hasta llegar al punto final. Es la historia de un gran secreto y de eventos increíbles que pasan en la vida y que no se cuestionan, ya que solo hay que aceptarlas.

Es un relato que trata de un canal y de una embarcación que es a la vez vivienda. De bicicletas, de cigueñas, de atardeceres. También de pesca, aunque no necesariamente de peces. Pero sobre todo es una historia que se construye en la identidad, esto es de aceptar y reconocer al otro, sin importar las diferencias.

En fin, Luces en el canal, es un libro que se disfruta.



 


"Luces en el canal" de David Fernández Sifres, obtuvo el premio Barco de Vapor 2013. Editorial SM.

Mudanza


Hubo un pueblecito en Armenia que iba a desaparecer. Los vecinos se organizaron para la mudanza y cargaron con todas sus pertenencias. No habían camiones, el traslado al nuevo pueblo se haría a pie y a lomo de bestia. Lo más valioso era la biblioteca. Ningún poblado tenía biblioteca más inmensa que aquella, pero al no poder moverla, pues se quedaría y se perdería. Los vecinos dejaron sus cosas personales, y adultos y niños llenaron sus bolsos, mochilas, talegos y petacas. Cargaron con los libros y así partieron. La biblioteca se salvó... Es real esta historia.


 Autor: Carlos Torres







(La imagen es del blog: self_loving.blogspot.com)

martes, 1 de abril de 2014

Cuento circular









Un señor toma un tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.


Julio Cortázar, Material plástico



Nota: La imagen del vendedor de periódicos es del blog: Posting My Life